jueves, 12 de septiembre de 2013

Desaparición. [Parte 1]

   Eran las 8:13 y Diana ya llegaba tarde al instituto pero no le importaba. Eran los primeros días, así que los profesores no le daban mucha importancia a los retrasos y a las faltas. 8:14 y ya veía la puerta del instituto así que aceleró un poco y entró con justo cuando sonaba la alarma. A primera hora tenía Biología, por eso había llegado casi corriendo. Entra a la clase con un "perdón" y se sienta en su sitio. La clase va sobre el sistema nervioso humano, así que toda la clase se aburre menos ella.
   A las 9:15 termina la clase y Diana sale a mover las piernas. Por el camino, un chico mayor le llama la atención y se da cuenta de que la mira. Él le hace un gesto para que la siga y ella mira a su alrededor distraídamente, y anda tras el chico. La lleva hasta una especie de azotea que Diana no sabía ni que existía; y tampoco sabía qué hacía siguiendo a un desconocido. Allí arriba, alguien se le acerca por detrás sin que le vea y la sujeta. El desconocido al que siguió le venda los ojos y le pone un espaladrapo en la boca, aunque Diana no iba a intentar gritar. Sabía que era inútil, puesto que estaban lejos de cualquier profesor y las clases ya habían empezado. Alguien le golpea la cabeza, haciendo que quede inconsciente en el suelo.

 * * * 

   Cuando la profesora de matemáticas se da cuenta de que Diana no está, pero sus cosas sí, pregunta a sus compañeros que si la han visto y todos niegan con la cabeza. Alertada, sale un momento a buscarla y a preguntarle a los demás profesores la habían visto, pero nada. Parece como si se hubiese desvanecido en el aire. Ésta se preocupa y baja a la conserjería a por el número de sus padres y preguntarle si ellos saben algo de ella. Su madre se preocupa y decide llamar a la policía. La profesora vuelve a su puesto de trabajo, esperando que todo se trate de una broma o un despiste.

 * * * 

   Diana se encuentra sentada en una silla en algún lugar oscuro, porque abre los ojos y no ve nada a través de la fina venda blanca que le pusieron en el instituto. Aún no sabe cómo la han bajado sin que nadie la viese o se alertase. Le duele mucho la sien del golpe, y se está preguntando para qué la quieren una panda de desconocidos... porque son desconocidos. Empieza a dudar e intentar recordar la cara del chico al que siguió. Piel clara, ojos verdes oscuros y cresta.
   Se dice a sí misma una y otra vez que es estúpida por seguir a un desconocido, estúpida por no haberse quedado en clase como los profesores le tienen dicho y más estúpida aún por no haber llamado a Jandro ha sido despertarse, ya que ahora se estará preocupando y con relativa razón.
   También piensa que si la están buscando o sencillamente todo el mundo cree que ha hecho pellas. Piensa en sus padres, en los preocupados que están si saben ya de su desaparición o lo que estarán cuando nadie llegue a su casa a las 4.
   Se escucha una puerta y Diana empieza a temblar.
   -¿Estás seguro de que era ella? No le veo el mismo cuerpo que tú decías -grita un chico de voz grave.
   -Sí, joder, hazme caso. Es la de Internet, la McTetis.
   Diana piensa que se han equivocado de persona, puesto que ella no tiene ni idea de lo que hablan.
   Alguien le quita la venda en los ojos, y se encuentra con un hombre de alrededor de unos 20 años, con una camiseta blanca lisa, bermudas vaqueras y barba de una semana. Sus ojos claros la penetran hasta el alma.
   -Bueno, pues vamos a comprobar si es la de las tetitas famosas -dice, con una sonrisa y en un tono burlón.
   El chico se abalanzó hacia ella e intentó quitarle la camiseta. Ella forcejeaba sin saber qué hacía ni la razón de sus actos. Al tener las manos atadas, poco pudo hacer y terminó rompiéndole la fina camiseta de tirantes que tenía, dejando a la vista su sujetador de encaje azul. Ella miraba al chico y en su cara se encendió un brillo de lujuria.
   -¡Sí tío, tenías razón, es ella! ¡Lo que voy a disfrutar! -se volvió hacia ella y la desnudó completamente mientras Diana lloraba, de vergüenza e impotencia.

   Continuará...

jueves, 8 de agosto de 2013

Dependencia.

   Sentirte vacía cuando te falta la otra persona. Dar de lado a todos y a todo simplemente por verle sonreír. Maquillarte aunque lo odies para darle el gusto. Sobrellevar los miedos y las inseguridades para que se sienta orgulloso de ti. Superarte día a día para verle feliz. Hacer el idiota simplemente para ver como niega con la cabeza mientras se muerde el labio. Sentir un escalofrío por toda la espalda cuando te habla con su voz más dulce. Estar desganada cuando no está, y estar pensando todo el rato en qué hace y si te estará echando o no de menos. Llevarle la contraria simplemente para picarle. Decir y hacer pastelazos a cada rato porque sabes que le encanta. Dejar de hacer cualquier cosa para darle mi total atención.
   Sonreír y que se me olvide todo al pensar que en poco más de una semana voy a estar entre sus brazos. Sentir cosquilleos por todo el cuerpo al imaginarme sus caricias, sus besos, sus mimos...

   Hola, me llamo Atheris Hispida, y él es mi droga.

lunes, 1 de julio de 2013

Pantera – En plan salvaje (Parte 1).


   En el siglo XXII, cuando los humanos no eran más que desechos de ellos mismos, enjaulados en terrenos tan reducidos que no podían ni vivir, teniendo tantos hijos como deseaban porque eran costeados por los demás, viviendo la vida de otros porque la suya no valía nada, nació Retna. Tenía el cabello negro como la noche, los ojos verdes y piel morena. Ya de pequeña demostraba una constitución atlética, pero sobretodo destacaba por no querer nada de tecnología y por su amor incondicional a la fauna y flora salvaje.
   –¡Maldita niña! ¡Que quiere un perro dice! ¿Es que no estás contenta con tu tablet y tus juegos de realidad virtual? –le gritaba su madre todos los días.
   Nadie la entendía, todos eran unos esclavos del sistema que sólo deseaban ser mejor que el vecino, demostrar cosas que no tenían aunque tuviesen que malvivir por eso. Retna los veía a todos como locos, y cuanto más crecía, más se daba cuenta de que tenía toda la razón y poco a poco estaban suicidando a la raza humana, exterminando con todas las demás. Se dio cuenta de que tenía dos opciones: aguantar allí, sometida al sistema y viendo como la naturaleza fallecía poco a poco, o vivir junto a ella como una sola, siendo salvaje y huyendo de depredadores que desean su sangre. Con tan sólo 14 años, se escapó de casa con la única compañía de un machete y una cantimplora con agua.
   Andó durante días, mendigando y ganando de todo en las calles, pues toda la gente “era buena y le daba todo lo que podía”. Retna sabía que era para salvar su conciencia de malas acciones y pensar “qué buena persona soy, ayudo a quien más lo necesita”, pero le daba igual. Ahora mismo sólo ella y la naturaleza importaban.
   Al fin llegó a un bosque. No era muy grande y la mayoría de los días estaba siendo explotado por industrias madereras, mas a ella no le importaba; era algo bueno para empezar.
   Con unas cuantas ramas y hojas se hizo una choza y una especie de cama. Con un mechero que le donó un yonki hizo una hoguera y asó un filete que le dio un carnicero obeso. El olor hizo que una pantera negra, preciosa y oscura como la noche, se acercase. Retna se asustó, ya que era la primera vez que veía a un animal en un territorio salvaje, lo que ella no sabía es que la pantera tenía mucho más miedo de ella que al revés. Le ofreció un trozo de filete y la pantera lo cogió, cuidadosa, y se alejó un poco. Lo suficiente para que Retna estuviese tranquila y aún se le viese el reflejo de los ojos. Terminó de comérselo, se acercó a Retna y le lamió la mejilla. La pantera se fue sigilosa y veloz, y Retna sonrió como nunca antes. Se terminó la cena y se puso a dormir.
   Ese fue su primer encuentro con un animal salvaje, dándose cuenta de que todos temían al ser humano. Tenían miedo de sus armas asesinas, de sus máquinas destructoras y de su mente perversa. Pero ellos se daban cuenta de que Retna no era como los demás, Retna era un animal más.
   Poco a poco fue acostumbrándose a cazar con las manos y se acostumbró al sabor de la sangre y la amargura de la savia. Se hizo amiga de todos los depredadores y se ayudaban mutuamente.
   Pasaron los años y Retna se había convertido en una de las mejores cazadoras que conocía la selva, pero también un animal muy noble y fiel. Sus sentidos se desarrollaron: oía mucho mejor, su olfato era infalible y cada día veía mejor en la oscuridad. Ahora iba completamente desnuda, sin complejos y sintiendo a la naturaleza en todo su esplendor. Retna estaba muy a gusto con su nueva forma de ser, pero le faltaba algo: un compañero. Aunque ella había estado sola toda su vida y no tenía problemas con ningún animal, quería tener a alguien con el que dormir todas las noches, cazar juntos todos los días y tener descendencia.

   El día del 18 cumpleaños, Retna decidió hacer algo nuevo. Cogió todas sus cosas y se fue a buscar otros lugares. Cogió sus pocas pertenencias y marchó, sigilosa y rápida como una pantera. No sabía a dónde ir y tampoco si los humanos habían terminado por destruir todo territorio virgen que quedase, pero ella no se dio por vencido y buscó durante días. En su camino vio animales que no sabía que existían, pero no se asustó ni temió. Simplemente se sorprendió y estuvo un rato con ellos, aprendiendo cosas nuevas.
   Retna llegó a un lago cristalino que incluso se podía ver el fondo. Había peces de todos los tamaños y colores. Le encantaba el agua, así que no pudo resistirse a bañarse. Dejó sus cosas en la orilla y se metió, disfrutando de lo fresquita que estaba el agua. Entonces, escuchó un ruido y salió a la superficie. Vio un animal que llevaba muchísimo tiempo sin saber de él, así que pocos recuerdos le quedaban. Retna vio a su raza, la humana, a una mujer que estaba tomando el sol, boca abajo. Era verdaderamente hermosa, ya no recordaba lo que sentía al ver a una mujer desnuda. Tenía el pelo pelirrojo y por la cintura. Su piel, al contrario que la de Retna, era muy pálida y parecía de porcelana. Tenía la espalda curva, y las piernas largas y atléticas. No estaba gorda pero tampoco delgada, tenía curvas en la cintura. Entonces se levantó, y Retna la pudo ver bien. Era muy hermosa, tenía los ojos marrones, grandes. Los labios eran rosados y carnosos. Sus mejillas estaban rojas del sol y sus dientes eran blancos como la leche. Las manos eran delicadas y parecía que con un simple golpe se iban a romper. Realmente, era el ser más hermoso que Retna había visto jamás. Sin pensarlo, fue nadando hacia ella. La mujer se sorprendió al verla, y se echó un poco para atrás. Retna no quería asustarla, así que frenó y quedó flotando en el agua. La mujer sonrió y saludó con la mano. Retna se sonrojó, pero no podía apartar la mirada de esos ojos marrones suaves y calientes, que parecía que la abrazaban. Salió del agua y vio que era más alta que la mujer, tenía los pechos más pequeños, su espalda era más ancha y tenía muchos más músculos. La mujer le tocó los abdominales, que los tenía bastante marcados.
   –Tienes cuerpo de hombre –dijo la mujer con una sonrisa. Su voz era dulce y suave, un poco aguda, pero transmitía tranquilidad–, pero eres hermosa –se miraron a los ojos y Retna se sonrojó mucho más–. Me llamo Enia, ¿y tú? –apartó la mano de sus abdominales y se las puso en la espalda, como una niña tímida.
   –Retna –estaba muy sonrojada y nerviosa. Apenas recordaba cómo hablar ya que llevaba meses sin hacerlo. Se dio cuenta de que su voz era mucho más grave y seca que la de Enia, y eso la hizo sentirse en mal lugar–. Tú también... eres... muy hermosa –giró la cabeza, apartando la mirada.
   Enia sonrió, y dijo:
   –Gracias –le levantó la barbilla para que la mirase mientras se mordía un labio. Sus manos estaban calientes y sus dedos eran muy suaves. Era lo más sexy que Retna había visto jamás, y no sabía cómo responder–. ¿De dónde eres? –preguntó con voz infantil.
   –De... –fue entonces cuando Retna se dio cuenta de que no se acordaba de dónde era antes de meterse en el bosque. Se sintió muy mal y volvió a apartar la mirada aunque los dedos de Enia aún la sujetaban– ...no lo sé.
   –¿No sabes de dónde eres? –rió como una niña, de nuevo–. Todos venimos de algún sitio, yo por ejemplo vengo de España, un lugar feo que no me gusta –hizo un puchero–. Este lago no lo considero parte de España, es demasiado bonito –rió y miró al lago–. Este es mi sitio, y si quieres también puede ser el tuyo –miró y acarició el ombligo de Retna, y volvió a sus ojos sin dejar de acariciarla–. Tú también tienes que venir de algún sitio, aunque no tenga nombre.
   –Vengo de un bosque bonito, lleno de animales y plantas salvajes –estaba embobada mirando sus ojos, ni siquiera sabía cómo había sido capaz de hablar.
   –¿Me llevarás? –preguntó con una sonrisa infantil.
   –A ti te llevo a dónde me pidas.
   –Pues ven –cogió a Retna de la mano y la llevó sin mucho problema hasta una arboleda cercana. La sentó en el suelo y ella se sentó encima de sus piernas, agarrándole las manos.
   Retna estaba absorta con su belleza, con su cuerpo de musa y su voz de ángel. Su mente no dejaba de pensar en mil cosas que hacer con ella, dormir todas las noches en su pecho, cuidarla de cualquier peligro y enseñarla a distinguir entre las plantas buenas y las malas. También le llenaría el cielo de estrellas en una noche nublada, le taparía el sol para no oscurecer su hermosa piel, la colmaría de besos y caricias cuando tuviese miedo, y le haría sentir lo que nunca antes nadie la había hecho. Porque ella era un animal salvaje, y lo salvaje siempre es mejor.
   Mientras que estaba sentada encima suya, Retna le puso las manos en su cintura sin apartar la vista de sus ojos marrones. Enia se acercó más a su rostro, y Retna sintió su aliento. Era cálido y suave, olía a menta fresca. Su corazón le iba a mil por hora y cada vez tenía la respiración más agitada. Retna se acercó más. Ansiaba sus labios rosados, que se unían perfectamente con su piel de porcelana. Enia se acercó más, acabando a milímetros la una de la otra. Retna la agarró fuerte por la cintura, pero sin hacerle daño, simplemente la apretaba contra ella para que no se escapara. Enia sonrió y eso hizo que Retna no se pudiese controlar y la besó. Sus labios eran suaves, dulces y su lengua estaba caliente. Su boca tenía el mismo sabor que su aliento. Enia se separó de Retna, dejándola con ganas de más. Sonrió y la empujó, tirándola al suelo y volviéndola a besar, agarrándola esta vez con una mano por la cintura y con la otra en el cuello, suave pero a la vez fiera, con deseos de lujuria. Empezaba a atardecer, y ésta iba a ser una noche perfecta para unión de Retna y Enia.

   Continuará...

miércoles, 26 de junio de 2013

...¿adiós?...

   No quiero volver a verte. Todo este tiempo contigo ha sido un desperdicio, no vales nada. Eres horrible, nunca me había sentido tan mal con nadie. Das asco, estás enferma, pocas personas he conocido que vayan dando más pena que tú. Necesitas el dolor ajeno para ser feliz y no te conformas con nada. Eres demasiado avariciosa y vas a acabar mal, si es que yo no lo consigo. Espero que sufras y que no llegues nunca a nada, porque no eres nada. Sólo eres fachada, bonita y deseosa, sí; pero pura fachada. No te mereces a nadie que te quiera, puesto que tú ni siquiera sabes hacerlo.
   Espero no volver a verte nunca. Adiós.

    Nunca se había sentido tan rota. Vio que realmente tenía mucha razón, pero ella también había dado mucho por todo este tiempo, por todo ese amor y por esa relación que se iba al traste por una disputa. Ella nunca pensó que podía pasar todo eso por "pequeños" fallos tontos. Se dio cuenta de muchas cosas, de muchos errores que, por supuesto, nunca más iba a tener.
   Se aisló completamente y se rapó la parte restante de la cabeza. Rompió toda la ropa que le recordaba a él y cambió dástricamente. Desenchufó el ordenador para no volverlo a encender. Tiró su móvil por el balcón haciéndose mil pedazos. Tintó sus llaves de negro y salió de casa con ellas en la mano, para volver de madrugada. Sus padres la castigaron sin ordenador, pero ella ya lo había desconectado anteriomente así que se rió en sus caras. Ellos la abofetearon y ella rió aún más.
   Lo único bueno que hizo fue centrarse en los estudios, aislándose de todo y metiendo su cabeza, mente y pensamiento únicamente en el saber, las ciencias, saciando su curiosidad. Pero eso sí, dejó de llevarse tan bien con los alumnos y los maestros, los trabajos conjuntos los hacía sola y si se lo prohibían no lo hacía, empezó a reunirse con mala gente a sabiendas, mas le daba igual; ya no le tenía aprecio a su vida, y sólo deseaba hacer lo que nunca antes había podido.
   Se hizo ella sola piercings en las orejas, todos los posibles. También se dilató éstas hasta 4 cm cada una. Todas las tardes se iba con malas compañías a beber y drogarse como nunca antes se imaginó que lo haría. Volvía a las tantas, sin preocuparse de las regañinas o los castigos, pues nada podrían hacerle daño ni sujetarla. No tenía miedo de saltar desde balcón a la calle viviendo en un primero; o salirse volando entre las terrazas. Ya no le temía a la muerte, se había hecho su aliada.

   Volvió a llegar el verano, sacando el curso como una de las mejores macarras que nunca existieron. Por un momento se volvió a conectar a esas páginas que abandonó durante un año entero, dándose cuenta de que la gente colgaba cosas suyas y todo el mundo estaba enterado de su situación. Algunos se preocupaban, a otros le daba igual y otros incluso se alegraban. Ella empezó a hablar con antiguos amigos que enseguida se dieron cuenta de su brutal cambio y de su ausencia. Muchos le pidieron regresar a lo que ella se negó rotundamente.
   Entonces, apareció él. Apareció el que lo inició todo, apareció la persona por la cual había cambiado radicalmente su vida. Apareció y la saludó como si nada hubiese pasado.
   Ella se destrozaba hablando con él, pero tampoco quería parar. Se añoraban mutuamente y él se dio cuenta de que cometió un tremendo error dejándola y destrozándola, sólo se enfadó y él... él tiene muy mal pronto, ambos lo sabían. Se disculpó una y otra vez, hasta que ella accedió a una videollamada y él la vio. Tan cambiada, tan distinta... pero lo que más impactó fue que lloraba, como una niña. Como la niña que realmente era. Nunca antes él la había visto llorar, y ahora le mataba cómo lo hacía. Ella le enseñó en qué la había transformado, que ahora era una persona con corazón de hielo, que ni siente ni quiere sentir. No quiere volver a enamorarse, no quiere volver a depender. Él le dio razones para confiar, pero ella estaba ciega de dolor y rencor. Después de horas y horas, ella se fue sin perdonarle y sin dejar de llorar.

   No se conectó más, a sabiendas de que podía volver a encontrarle y volver a sufrir lo anterior. Cada vez iba a peor, acabando en un hospital por un accidente de coche. Se montó con unos desconocidos e hicieron carreras ilegales, acabando estrellados en la cuneta.
   Ella quedó en coma durante meses, hasta que un día despertó y vio llorando en el sillón a la persona que le había hecho tanto daño. Lo llamó, y él levantó lentamente la cabeza. Se tiró hacia ella llorando y riendo a la vez, disculpándose por todo, lamentándose y rogando clemencia. Ella sonrió por primera vez desde hace más de un año, y le acarició el pelo. Le levantó, se quitó la mascarilla y se besaron por primera vez desde hace mucho.

   Volvió a la vida después de una pesadilla.
   Algo, mientras estaba en coma, la hizo recapacitar y volver a dar amor.

   Quizás fuesen todas las promesas que quedaban por cumplir, quizás fuesen los recuerdos de su vida antes del cambio... o quizás simplemente fuesen sus deseos de encontrar de nuevo la cordura.

martes, 18 de junio de 2013

Propósitos.

   Te dan una meta que no es obligatoria, que tú puedes hacerla si quieres o no. Al primer vistazo y ver su dificultad, piensas "no voy a poder hacerlo", pero de todos modos lo intentas, no tienes nada que perder.
   Empiezas, te equivocas, corriges y vuelves a intentarlo. Cuesta pero no es tan difícil como te pensabas. Poco a poco ya tienes la primera parte del problema hecho. Te sientes orgulloso, mas ahora tienes el problema de no saber cómo seguir. Lo intentas una vez y fallas, tienes miedo de volver a intentarlo. Haces unas pocas cosas y lo dejas.

   Los días pasan y no te has olvidado de ello. Quieres seguir pero no tienes ganas, hasta que un día te vuelves a poner a hacerlo y ¡sorpresa! Lo has terminado  y te ha quedado mucho mejor de lo que esperabas cuando empezabas. Te sientes muchísimo más orgulloso de ti mismo y vas a dárselo a la persona que te lo pidió, deseando que le guste tanto o más que a ti.

   Lo mejor de todo es que has disfrutado verdaderamente con lo que hacías, no pensabas que era una opresión ni una obligación. Sencillamente, un deseo, una meta. Así debería ser todo: un juego, en el que se gana o se pierde y no hay vuelta atrás.


domingo, 26 de mayo de 2013

Goss de Foc - Parte 2

PRIMERA PARTE.
-

   Pasan los días y ninguno sabe nada de ninguno. Ella echa de menos sus caricias, sus besos, sus bromas... le echa de menos a él, pero sabe que va a volver y todo será como siempre, como si nada hubiera pasado. Recuerda todos los momentos que han pasado en esos cuatro años, todas las sonrisas, todas las conversaciones tontas, y por un momento teme que nada de eso fuese verdad sino que él la utilizaba para poder lograr todas las cosas que lograron, para poder tener más dinero y más intimidad para hacer todas esas cosas... "No, él no haría eso", se repite una y otra vez. Sabe que es una tontería, pero ella no deja de comerse la cabeza por paranoias.
   En medio de su monólogo mental y a punto de echarse a llorar, suena el teléfono.
   —¿Quién es? —dice ella, con un tono monótono y sin ganas de hablar con nadie.
   —Le tenemos —contesta una  voz robótica, que se nota desde lejos que está distorsionada.
   —¿Cómo dice? —siente miedo.
   —Tenemos a tu pareja, el independentista ese que intentó matar a nuestro líder —tiene una sonrisa maliciosa en la cara, ella lo nota por el tono de la voz.
   En ese momento se le cae el mundo encima. Le tenían un grupo de... vete a saber tú de qué. Era lo peor que podía pasar, pues ellos no seguían una ley, una orden, nada. Actuaban por actuar y asesinaban sin piedad a cualquiera que se le cruce por delante. 
   Pero entonces, la voz vuelve a hablar:
   —Si quieres volver a verle, tienes que luchar contra nosotros.
   —¿Quiere que luche yo sola contra muchos de vosotros? ¿Estáis locos? Moriremos los dos.
   —No, no, tú sola no —ríe—.  Puedes ayudarte de los súbditos de este cabrón, nos da igual.
   —¿Y eso de qué serviría? —no entiende nada.
   —Serviría para crear el caos en España y todo el mundo sienta miedo. Sería una guerra interna entre dos bandos, dos clanes terroristas poderosos. Nadie se lo esperará y todos se rendirán a nuestros pies.
   —Está bien. Trato hecho.
   —Ya tendrás noticias mías —cuelga.
   Ella se da cuenta de en la guerra en la que se acaba de meter, en que no conoce a nadie del bando de él, en que no tiene armas...
   Está perdida, pero no le importa demasiado. Si detrás de todo esto está él, no se lo piensa dos veces para  ir en su búsqueda.

   1 de junio. 
   Ella ha ido buscando a gente con la que ayudarse, y ha conseguido a pocos. No ha conseguido información ninguna de CIT... tiene pocas cosas en las que buscar, pero ya está lista para irse a Madrid a montar una cruzada entre dos grupos terroristas. No había sido independentista, aunque sí se lo había pensado varias veces pues se daba cuenta de que era lo mejor que podía hacer, ya que era mejor proporcionarle libertad a unos que arrebatársela a otros. Pero ahora lo sabía, ahora sabía que alguien enamorado de la patria tenía al amor de su vida y podía hacerle cualquier cosa —si  es que no se la había hecho ya—. Ahora, luchaba... luchaba per una Catalunya lliure i sense opresio.


viernes, 10 de mayo de 2013

Lokura.

   Pocas veces Nira se había sentido tan feliz. No sabía cómo ni por qué, pero así era. Sonreía sin razón, cada vez se veía más hermosa y ya no era tan borde como lo fue antes. Se encontraba a gusto y, aunque deseaba cambiar algunas cosas, no le importaba demasiado su presencia en ella. Nira iba loca al ordenador para mirar si estaba, cuando a penas llevaban dos días conociéndose. Esa sensación y ese sentimiento le eran familiares, pero decidió dejarlo estar para no cometer los errores del pasado, para no precipitarse de nuevo.
   Ese día se pasó todo el día viéndole. Le era muy extraño esa sensación, puesto que hacía mucho que nadie le daba tanto tiempo ni se preocupaba tanto por ella. Se sentía bien, a gusto con su presencia y sin sentir molestia por algunas cosas que siempre la incordiaban.
   Entonces pasó lo que tenía que pasar. Ella se asustó, no sabía cómo reaccionar puesto que le había impactado demasiado todo aquello, y sucedió demasiado deprisa como para asimilarlo. Pero le dio igual, aceptó el trato y vendió su alma al diablo.

   Ahora, Nira se alegra muchísimo de su elección y cada día le sonríe a la vida como nunca antes lo había hecho, y como nunca antes esperaba hacer.
   Ahora, Nira se está enamorando.

sábado, 4 de mayo de 2013

Como si de un juntar de manos se tratase.

   Estábamos ahí esperando a cualquier cosa. Yo sin saber qué hacer y tú con miedo de mi quehacer. Miramos el atardecer como si no hubiera nadie a nuestro lado, pero se notan nuestras presencias, nuestra atracción, a kilómetros de distancia.
   Ansío besarte, probar tus labios de lujuria y pasión. Esos labios que tanto deseé en todo el tiempo que llevamos conociéndonos. Darte la mano, y susurrarte al oído tu dulce nombre bañado en calor y cariño. Cuidarte como nunca antes te han cuidado y darte el cariño que nunca antes te han ofrecido.
  Y al final, me llamas y eres tú la que te lanzas. Me besas, despacio y con miedo, pero yo te cojo de la cintura y es asombroso la perfección con la que encajan ambas piezas. Me das la mano suavemente y noto que te tiembla, pero no quiero dejar de besarte para calmarte. Es algo que tanto deseé y que tú hayas dado el primer paso, me vuelve loca y hace que te quiera cada vez más.

   Lo hicimos, juntas. Y yo juro por mi vida que te cuidaré como nadie antes lo hizo. Te lo prometo.

miércoles, 3 de abril de 2013

La historia inacabada.

   Todo comenzó el año pasado: Una chica huérfana que vino desde Turbian entró en nuestra clase, pero no recibió mucha aceptación de mis otros compañeros. A mí me pareció muy guapa, con una sonrisa tímida pero sincera. Tenía el pelo mucho más oscuro que el mío –siendo difícil, ya que mi pelo es marrón intensamente oscuro–, unos ojos marrones que se volvían verdes cuando estaba feliz o le daba la luz del Sol. Siempre iba como a ella le gustaba y hacía lo que ella tenía ganas, sin guiarse por nada ni por nadie. No aceptaba las modas. Era muy inteligente y rara era la vez que no llevaba una muñequera.
    Yo fui el primero y el único que entabló una conversación con ella en todo el curso. Nos convertimos en muy buenos amigos, pero yo quería más que eso. Meses más tarde de conocernos, pasábamos todo el día juntos. Mis “amigos” me marginaron por estar con ella, así que no hubo problema para nosotros. Me empecé a enamorar de ella. De su risa, de sus bromas, de su acento, de sus ojos verdes, de sus dientes blancos, de la suavidad de sus manos... No pude evitarlo, y tampoco me arrepiento de haberla querido. Éramos íntimos, lo compartíamos todo. No había secretos entre nosotros.
    Pero hace dos meses, ella empezó a hacer cosas raras: No me esperaba a la salida y a veces yo la veía irse en dirección contraria a su casa, dejó de sacar buenas notas, dejamos de quedar y ya no sonreía. Me preocupé, y cada vez que no me ignoraba le intentaba preguntar qué le pasaba y si yo podía hacer algo por ella. Siempre me contestaba lo mismo: «No necesito ayuda. Sólo me he cansado de todo y de todos. Y tú entras en ese “todos”». Me dolió las primeras veces, pero después de-jó de hacerlo ya que supe que me mentía. Sus ojos se ponían marrones cada vez que me lo decía, por mucha luz diurna que hubiera.

   Hace una semana, cansado de que ella estuviera mal y me ignorase decidí seguirla a la salida del instituto. Ella no me vio en ningún momento del camino, pues yo sabía esconderme donde ella no me viese. Entonces la vi entrar en el cementerio y me sorprendió mucho, porque ella le tiene mucho respeto –y temor– a los espíritus. Aun así la seguí y vi que se iba hacia una parte y no a dar un simple paseo. También la vi desplomarse en el suelo y caer de rodillas a una tumba baja. Acarició la lápida y empezó a llorar, apoyando su cabeza en una especie de bola en cima de la lápida. No hacía nada, sólo lloraba. Esa imagen me hizo perder el autocontrol y correr a abrazarla. Ella, sin mirarme, me abrazó fuerte y lloró en mi hombro. Yo respiré su fragancia una vez más y suspiré, apoyándome en su hombro.

    Nos tiramos mucho rato abrazados, hasta que ella se alejó y me sonrió con el rostro lleno de lágri-mas.

   –Perdón por este tiempo. Sabía que tarde o temprano me encontrarías –confesó, intentando que no se le rompiera la voz.

   –No hace falta que te disculpes –le acaricié la mejilla, retirándole algunas lágrimas. Le besé la frente.

   –Gracias por venir, entonces.

   –No se dan, te dije.

    Estaba deseoso de que me contase todo: De quién era la tumba, por qué me había estado igno-rando, qué había sido de ella... Pero supe que era mejor no preguntar. Supe que era mejor que ella me lo dijese. Y así lo hizo:
    –Es la lápida de mi vida, en sentido metafórico –se giró un poco y la acarició, con los ojos ma-rrones–. Hace dos meses se suicidó la persona que amaba, y yo no hice nada. Lo hizo delante de mí. Cogió un cuchillo y...
   Volvió a llorar. Esta vez fue ella la que se abrazó a mí. Yo la agarré de la cintura con una mano y con la otra le acaricié el pelo. Aún en mi hombro, dijo
   –...cogió un cuchillo y empezó a apuñalarse la tripa al grito de «¡Quiero que todos sepan que eres una malnacida, una asesina! ¡Haré como que tú me mataste! ¡Vivirás el castigo que deberías de haber pagado hace ya mucho tiempo!». Le dije que no sabía a qué se refería, pero sólo se apuñalaba con una sonrisa maléfica, insultándome y escupiendo sangre. Cada vez se apuñalaba más débilmente, y yo le suplicaba que parase, que le amaba, que lo hiciera por mí. Pero no me hacía caso. Entonces se asestó la última puñalada: en el cuello. La poca sangre que le quedaba empezó a manar como si se tratase de una fuente. A los pocos segundo cayó rendido en el suelo, muerto, con un charco de sangre enorme alrededor. No supe qué hacer, así que salí corriendo, dejando todas mis pisadas, huellas y demás estupideces para que la policía pensase que era yo. ¡Pero no fui! ¡No fui yo, Max, tienes que creerme! ¡Créeme! ¡POR FAVOR, CRÉEME!

    Empezó a llorar desconsoladamente y a darme pequeños puñetazos en la espalda, sin fuerza alguna.

   –Te creo –le susurré al oído.

    Dejó de darme puñetazos, pero entre llantos siguió hablando:

    –Y tampoco creo que fuese él. No es ese tipo de personas que se suicida. Llevábamos dos años saliendo y estábamos en nuestro mejor momento, nunca discutíamos y nos llevábamos genial. Nos queríamos, y alguien sintió celos o yo qué sé.

    Ya no lloraba, pero yo le estaba dando vueltas a lo que me había dicho. Pensé en muchas cosas: envenenamiento, hipnotización, ataques psicóticos... pero entonces se me ocurrió:

    –Lira –al pronunciar su nombre se levantó de mi hombro y me miró a los ojos–, ¿y si él no era tu verdadera pareja? Es decir: ¿y si fue alguien que se hizo hacer pasar por él?
    Vi una chispita de luz en sus ojos y eso me animó un poco.

    –Puede... puede que tengas razón. Pero era igual. Era su voz, eran sus ojos, era su pelo... –se giró, se quedó un momento pensativa, mirando al infinito y al cabo de un rato giró la cabeza de nuevo para hablarme–. Pero ahora que lo dices, él tenía un tatuaje en el dorso de la mano derecha, con la que se apuñaló. Yo no se lo vi en ningún momento, pero hasta hora pensé que fue por la sangre que había en todos lados...

    Me imaginé la situación y todo me resultaba demasiado macabro para Lira. Ella no era de esas personas que disfrutan con los cuerpos desmembrados y la sangre. Antes de poder seguir pensando, Lira me interrumpió:

    –Pero... –se mojó un momento los labios– aún no te lo he contado todo. Después de eso, al llegar a mi casa me sentí muy mal y tenía náuseas. Me daba asco a mí misma por lo que había pasado: no le había parado cuando tenía oportunidad, y tampoco sabía a qué se refería con todo. Pensé que yo era todo eso que me decía, que nunca nadie más me querría y que todo era falso. Me arrodillé en el váter y vomité, varias veces, hasta que ya no pude más. Entonces me miré al espejo y me di más asco aún, porque estaba cubierta de sangre y magullada en algunos sitios por la huida.

    »Entré en bulimia, en depresión y no quería ver ni estar con nadie, por eso me portaba tan mal contigo, ya que quería que te olvidases de mí y no sufrieras más. Me cortaba –se subió la mangas y pude ver cicatrices antiguas y no tan antiguas–, hasta que vi que eso era una tontería muy grande. No iba a cambiar nada, y no me sentía mejor haciéndolo.

    »Te empezaba a necesitar pero era demasiado orgullosa para decírtelo. Te he echado muchísimo de menos, pero temía qué pensarías de mí después de todo y si me seguirías queriendo como al principio.

    –Boba... –fue lo único que acerté a decir, pues no me salían las palabras–. El orgullo no sirve para nada...

    –¡Ya lo sé! Pero tampoco quería perderte. Me animaba mucho cuando te preocupabas por mí, por muy mal que te tratase. Sé que soy egoísta, pero ahora que lo sabes todo, te quiero conmigo.

   –Yo estaré contigo –la abracé–.

sábado, 23 de marzo de 2013

Las palabras.

[...]
   —¿Tú puedes describir todo lo que entiendes? —Me miró de soslayo.
   —Por supuesto.
   Elodin señaló calle abajo.
   —¿De qué color es la camisa de ese chico?
   —Azul.
   —¿Qué quiere decir azul? Descríbelo.
   Reflexioné un momento, pero no encontré la forma de describirlo.
   —Entonces, ¿azul es un nombre?
   —Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
   Estaba muy confuso.
   —Sigo sin comprender.
   Elodin me puso una mano en el hombro.
   —Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante. —Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo—. ¡Pero hay otras formas de entender! —gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír—. ¡Mira! —gritó echando la cabeza hacia atrás—. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!

jueves, 21 de marzo de 2013

El sueño.

   Era el viaje de fin de curso, y todos los segundos estábamos en medio de la Sierra de Cazorla, descansando después de dos horas de caminata. Algunos comían, otros charlaban, y otros usaban sus móviles.
   -¡Eh, Jota, vuelve! -grité, viendo que se alejaba.
   -No, espera, que he visto un animal por ahí.
   Se fue corriendo y no me dio tiempo a avisar a nadie, y para asegurarme de lo que hacía, fui detrás de él. Empezó a aflojar el paso, y vi que tenía razón: a cinco metros había un ciervo precioso, con unas astas enormes, con un pelaje que parecía recién lavado... Realmente mereció la pena. Fui andando hasta ponerme detrás de Jota y le susurré:
   -Es bonito, eh. Tenías razón al querer venir.
   -Sí, lo sé -dijo con una sonrisa-. Pero no tenías que haberme seguido.
   -Por si acaso... -giré la cabeza y empecé a andar.
   Me siguió. Íbamos despacio para no asustar al ciervo, y a cada rato mirábamos hacia atrás para ver si estaba, hasta que los árboles no nos dejaban ver más. Llegamos al camino, pero no vimos a nadie cuando se suponía que tenían que estar ahí descansando.
   -No están... -dije, asustada.
   -¡No me digas! -dijo con ironía-. Tenemos que buscarlos.
   -Pueden estar en cualquier parte, Jota.
   -¿Entonces qué hacemos: nos quedamos aquí parados esperando que venga un oso y nos coma, o salimos a buscarlos?
   -Aquí no hay osos, es más: no hay animales demasiado peligrosos -dije sin saber realmente si tenía razón o no-, y es más sensato esperar hasta que se den cuenta de que faltamos.
   -Bueh... tienes razón -le cayó una gota en la cabeza-. Ah, joder, está lloviendo. Busquemos un lugar para refugiarnos.
   Buscamos pero lo único que encontramos fue un gran árbol que protegía un poco, aunque nos mojásemos. Eran ya las ocho de la tarde, estarían a punto de irse. ¿Realmente no se habían dado cuenta de nuestra pérdida?
   -Jota, está resfrescando, ¿no tienes frío?
   Yo llevaba al menos una sudadera, pero él iba en manga corta. Me gustaba, pero iba a enfermar.
   -Tengo la sudadera y la cazadora en la mochila, no pasa nada.
   Es cierto: también llevábamos las mochilas. Pesaba (relativamente) poco, así que no me había dado cuenta de su presencia. Yo ahí sólo llevaba comida y agua.
   Los dos estábamos sentados en el árbol, esperando que viniesen a por nosotros. Hablábamos y decíamos tonterías, para que el tiempo pasase más deprisa. Eran las nueve, y nuestros compañeros ya deberían de estar en nuestro pueblo. Empezaba a hacer mucho frío, así que él se puso la sudadera y yo empecé a tiritar.
   -Si tienes frío puedes coger mi cazadora, está en la mochila -dijo con una sonrisa.
   -Oh, gracias.
   La cogí y me la puse. Olía a él y me encantaba, pero intenté que no se notase demasiado.

   Dejó de llover.
   Las horas pasaban mientras nosotros hablábamos y reíamos. Sin querer estábamos cada vez más juntos, pero supuse que era un acto reflejo porque hacía mucho frío.
   -¿Quieres la chaqueta? -yo estaba bien, pero él tenía que tener bastante frío, pues era la primera vez que le veía tiritar.
   -No, no hace falta. No hace tanto frío -sonrió.
   -Bueno, otra forma de soportar el frío es el calor corporal o el contacto "piel con piel" -dije, con un tono que pareciese de broma aunque yo quería hacerlo.
   Jota levantó los brazos y me hizo una seña con la cabeza de que le abrazase. Me quedé extrañada pues nunca antes le había abrazado ni había visto a nadie que lo hiciera. Él me asintió sonriendo, como diciendo "que no, que no es broma, que tengo frío". Fui y le abracé. Me sentí bastante bien, además de que él me rodeó con un brazo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, con una parte en su cuello, de rodillas; mientras que él estaba sentado con las piernas cruzadas y sujetándome con un brazo por la cintura.
   -Se está así bastante bien, eh -bromeó.
   -La verdad es que sí. ¿Tienes más calor ya?
   -Sí -dijo con una voz débil.
   Con la mano que tenía en mi cintura, empezó a acariciarme ésta. Me sentía muy bien, tanto que tuve un escalofrío. Él lo notó y paró.
   -No hace falta que pares... -dije, muy sonrojada, ocultando el rostro en su pecho.
Sonrió y siguió, me hacía sentir tan bien... Desearía que así fuese todos los días.
   -¿María? -me llamó.
   Levanté la cabeza, y dije:
   -¿Si?
   Pero antes de que me diese tiempo, nuestros labios se juntaron. Sentí una verdadera sensación de placer, pues era lo que estaba deseando desde hacía meses. Nos separamos durante un segundo, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos, esta vez los dos por igual.
   Él me sujetaba fuertemente de la cintura con una mano, como si temiese mi huida; y con la otra me acariciaba suavemente el cuello. Yo estaba como en la posición inicial: abrazándole...

Y sonó el despertador.
El fin de un perfecto sueño, que desearía que se hiciera realidad...

lunes, 18 de marzo de 2013

La atracción de los polos opuestos.

   Y de nuevo, la gran lucha entre el bien y el mal.
   El bien tenía más fuerza, más consistencia. La gente que practicaba el bien era más pura y tenía mucha fuerza en su interior. Pero el mal era más común. De cien personas, en 99 había mal, y en 1 había bien puro. Les ganaba por mayoría, pero no por fuerza.

   Lucharon. Pasaron los días, los meses, los años... y la lucha continuaba sin parar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, ya que eso sería comerse su orgullo y no estaban dispuestos a hacerlo.
   La lucha era encarnizada pero no había sangre. El bien por ser el bien, y el mal por no poder vencer al bien.
   Cada vez que alguien robaba, el mal le asestaba un golpe al bien. Pero cada vez que alguien ayudaba a cruzar la calle a un ciego, el bien lanzaba contra el suelo al mal dejándole sin aliento.


   En nuestros tiempos la lucha sigue, pero en nuestro interior.
   Y sólo ganará, aquella que alimentemos...


martes, 12 de marzo de 2013