En el siglo
XXII, cuando los humanos no eran más que desechos de ellos mismos,
enjaulados en terrenos tan reducidos que no podían ni vivir, teniendo tantos hijos como deseaban porque eran costeados por
los demás, viviendo la vida de otros porque la suya no valía nada,
nació Retna. Tenía el cabello negro como la noche, los ojos
verdes y piel morena. Ya de pequeña demostraba una constitución
atlética, pero sobretodo destacaba por no querer nada de tecnología
y por su amor incondicional a la fauna y flora salvaje.
–¡Maldita
niña! ¡Que quiere un perro dice! ¿Es que no estás contenta con tu
tablet y tus juegos de realidad virtual? –le gritaba su madre todos
los días.
Nadie la
entendía, todos eran unos esclavos del sistema que sólo deseaban
ser mejor que el vecino, demostrar cosas que no tenían aunque
tuviesen que malvivir por eso. Retna los veía a todos como locos, y
cuanto más crecía, más se daba cuenta de que tenía toda la razón
y poco a poco estaban suicidando a la raza humana, exterminando
con todas las demás. Se dio cuenta de que tenía dos opciones: aguantar
allí, sometida al sistema y viendo como la naturaleza fallecía poco
a poco, o vivir junto a ella como una sola, siendo salvaje y huyendo
de depredadores que desean su sangre. Con tan sólo 14 años, se
escapó de casa con la única compañía de un machete y una
cantimplora con agua.
Andó durante
días, mendigando y ganando de todo en las calles, pues toda la gente
“era buena y le daba todo lo que podía”. Retna sabía que
era para salvar su conciencia de malas acciones y pensar “qué
buena persona soy, ayudo a quien más lo necesita”, pero le daba
igual. Ahora mismo sólo ella y la naturaleza importaban.
Al fin llegó
a un bosque. No era muy grande y la mayoría de los días estaba
siendo explotado por industrias madereras, mas a ella no le
importaba; era algo bueno para empezar.
Con unas
cuantas ramas y hojas se hizo una choza y una especie de cama. Con un
mechero que le donó un yonki hizo una hoguera y asó un filete que
le dio un carnicero obeso. El olor hizo que una pantera
negra, preciosa y oscura como la noche, se acercase. Retna se asustó, ya que era la primera vez que veía a un animal en un territorio salvaje, lo
que ella no sabía es que la pantera tenía mucho más miedo de ella
que al revés. Le ofreció un trozo de filete y la pantera lo cogió,
cuidadosa, y se alejó un poco. Lo suficiente para que Retna
estuviese tranquila y aún se le viese el reflejo de los ojos.
Terminó de comérselo, se acercó a Retna y le lamió la mejilla. La
pantera se fue sigilosa y veloz, y Retna sonrió como nunca antes. Se
terminó la cena y se puso a dormir.
Ese fue su
primer encuentro con un animal salvaje, dándose cuenta de que todos
temían al ser humano. Tenían miedo de sus armas asesinas, de sus
máquinas destructoras y de su mente perversa. Pero ellos se daban
cuenta de que Retna no era como los demás, Retna era un animal más.
Poco a poco
fue acostumbrándose a cazar con las manos y se acostumbró al sabor
de la sangre y la amargura de la savia. Se hizo amiga de todos los
depredadores y se ayudaban mutuamente.
Pasaron los
años y Retna se había convertido en una de las mejores cazadoras
que conocía la selva, pero también un animal muy noble y fiel. Sus
sentidos se desarrollaron: oía mucho mejor, su olfato era infalible
y cada día veía mejor en la oscuridad. Ahora iba completamente
desnuda, sin complejos y sintiendo a la naturaleza en todo su
esplendor. Retna estaba muy a gusto con su nueva forma de ser, pero
le faltaba algo: un compañero. Aunque ella había estado sola toda
su vida y no tenía problemas con ningún animal, quería tener a
alguien con el que dormir todas las noches, cazar juntos todos los
días y tener descendencia.
El día del 18
cumpleaños, Retna decidió hacer algo nuevo. Cogió todas sus cosas
y se fue a buscar otros lugares. Cogió sus pocas pertenencias y
marchó, sigilosa y rápida como una pantera. No sabía a
dónde ir y tampoco si los humanos habían terminado por destruir todo
territorio virgen que quedase, pero ella no se dio por vencido y
buscó durante días. En su camino vio animales que no sabía que
existían, pero no se asustó ni temió. Simplemente se sorprendió y
estuvo un rato con ellos, aprendiendo cosas nuevas.
Retna llegó a
un lago cristalino que incluso se podía ver el fondo. Había peces
de todos los tamaños y colores. Le encantaba el agua, así que no
pudo resistirse a bañarse. Dejó sus cosas en la orilla y se metió,
disfrutando de lo fresquita que estaba el agua. Entonces, escuchó un
ruido y salió a la superficie. Vio un animal que llevaba muchísimo
tiempo sin saber de él, así que pocos recuerdos le quedaban. Retna
vio a su raza, la humana, a una mujer que estaba tomando el sol, boca
abajo. Era verdaderamente hermosa, ya no recordaba lo que sentía al
ver a una mujer desnuda. Tenía el pelo pelirrojo y por la cintura.
Su piel, al contrario que la de Retna, era muy pálida y parecía de
porcelana. Tenía la espalda curva, y las piernas largas y atléticas.
No estaba gorda pero tampoco delgada, tenía curvas en la cintura. Entonces se levantó, y Retna la pudo ver bien. Era muy hermosa,
tenía los ojos marrones, grandes. Los labios eran rosados y
carnosos. Sus mejillas estaban rojas del sol y sus dientes eran
blancos como la leche. Las manos eran delicadas y parecía que con un
simple golpe se iban a romper. Realmente, era el ser más hermoso que
Retna había visto jamás. Sin pensarlo, fue nadando hacia ella. La
mujer se sorprendió al verla, y se echó un poco para atrás. Retna
no quería asustarla, así que frenó y quedó flotando en el agua.
La mujer sonrió y saludó con la mano. Retna se sonrojó, pero no
podía apartar la mirada de esos ojos marrones suaves y calientes,
que parecía que la abrazaban. Salió del agua y vio que era más
alta que la mujer, tenía los pechos más pequeños, su espalda era
más ancha y tenía muchos más músculos. La mujer le tocó los
abdominales, que los tenía bastante marcados.
–Tienes
cuerpo de hombre –dijo la mujer con una sonrisa. Su voz era dulce y
suave, un poco aguda, pero transmitía tranquilidad–, pero eres
hermosa –se miraron a los ojos y Retna se sonrojó mucho más–.
Me llamo Enia, ¿y tú? –apartó la mano de sus abdominales y se
las puso en la espalda, como una niña tímida.
–Retna
–estaba muy sonrojada y nerviosa. Apenas recordaba cómo hablar ya
que llevaba meses sin hacerlo. Se dio cuenta de que su voz era mucho
más grave y seca que la de Enia, y eso la hizo sentirse en mal
lugar–. Tú también... eres... muy hermosa –giró la cabeza,
apartando la mirada.
Enia sonrió,
y dijo:
–Gracias –le
levantó la barbilla para que la mirase mientras se mordía un labio.
Sus manos estaban calientes y sus dedos eran muy suaves. Era lo más
sexy que Retna había visto jamás, y no sabía cómo responder–.
¿De dónde eres? –preguntó con voz infantil.
–De... –fue
entonces cuando Retna se dio cuenta de que no se acordaba de dónde
era antes de meterse en el bosque. Se sintió muy mal y volvió a
apartar la mirada aunque los dedos de Enia aún la sujetaban– ...no
lo sé.
–¿No sabes
de dónde eres? –rió como una niña, de nuevo–. Todos venimos de
algún sitio, yo por ejemplo vengo de España, un lugar feo que no me
gusta –hizo un puchero–. Este lago no lo considero parte de
España, es demasiado bonito –rió y miró al lago–. Este es mi
sitio, y si quieres también puede ser el tuyo –miró y acarició
el ombligo de Retna, y volvió a sus ojos sin dejar de
acariciarla–. Tú también tienes que venir de algún sitio, aunque
no tenga nombre.
–Vengo de un
bosque bonito, lleno de animales y plantas salvajes –estaba
embobada mirando sus ojos, ni siquiera sabía cómo había sido capaz
de hablar.
–¿Me
llevarás? –preguntó con una sonrisa infantil.
–A ti te
llevo a dónde me pidas.
–Pues ven
–cogió a Retna de la mano y la llevó sin mucho problema hasta una
arboleda cercana. La sentó en el suelo y ella se sentó encima de
sus piernas, agarrándole las manos.
Retna estaba
absorta con su belleza, con su cuerpo de musa y su voz de ángel. Su
mente no dejaba de pensar en mil cosas que hacer con ella, dormir
todas las noches en su pecho, cuidarla de cualquier peligro y
enseñarla a distinguir entre las plantas buenas y las malas. También
le llenaría el cielo de estrellas en una noche nublada, le taparía
el sol para no oscurecer su hermosa piel, la colmaría de besos y
caricias cuando tuviese miedo, y le haría sentir lo que nunca antes
nadie la había hecho. Porque ella era un animal salvaje, y lo
salvaje siempre es mejor.
Mientras que
estaba sentada encima suya, Retna le puso las manos en su cintura sin
apartar la vista de sus ojos marrones. Enia se acercó más a su
rostro, y Retna sintió su aliento. Era cálido y suave, olía a
menta fresca. Su corazón le iba a mil por hora y cada vez tenía la
respiración más agitada. Retna se acercó más. Ansiaba sus labios
rosados, que se unían perfectamente con su piel de porcelana. Enia
se acercó más, acabando a milímetros la una de la otra. Retna la
agarró fuerte por la cintura, pero sin hacerle daño, simplemente la
apretaba contra ella para que no se escapara. Enia sonrió y eso hizo
que Retna no se pudiese controlar y la besó. Sus labios eran suaves,
dulces y su lengua estaba caliente. Su boca tenía el mismo sabor que
su aliento. Enia se separó de Retna, dejándola con ganas de más.
Sonrió y la empujó, tirándola al suelo y volviéndola a besar,
agarrándola esta vez con una mano por la cintura y con la otra en el
cuello, suave pero a la vez fiera, con deseos de lujuria. Empezaba a
atardecer, y ésta iba a ser una noche perfecta para unión de Retna
y Enia.
Continuará...