Te dan una meta que no es obligatoria, que tú puedes hacerla si quieres o no. Al primer vistazo y ver su dificultad, piensas "no voy a poder hacerlo", pero de todos modos lo intentas, no tienes nada que perder.
Empiezas, te equivocas, corriges y vuelves a intentarlo. Cuesta pero no es tan difícil como te pensabas. Poco a poco ya tienes la primera parte del problema hecho. Te sientes orgulloso, mas ahora tienes el problema de no saber cómo seguir. Lo intentas una vez y fallas, tienes miedo de volver a intentarlo. Haces unas pocas cosas y lo dejas.
Los días pasan y no te has olvidado de ello. Quieres seguir pero no tienes ganas, hasta que un día te vuelves a poner a hacerlo y ¡sorpresa! Lo has terminado y te ha quedado mucho mejor de lo que esperabas cuando empezabas. Te sientes muchísimo más orgulloso de ti mismo y vas a dárselo a la persona que te lo pidió, deseando que le guste tanto o más que a ti.
Lo mejor de todo es que has disfrutado verdaderamente con lo que hacías, no pensabas que era una opresión ni una obligación. Sencillamente, un deseo, una meta. Así debería ser todo: un juego, en el que se gana o se pierde y no hay vuelta atrás.
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