Y de nuevo, la gran lucha entre el bien y el mal.
El bien tenía más fuerza, más consistencia. La gente que practicaba el bien era más pura y tenía mucha fuerza en su interior. Pero el mal era más común. De cien personas, en 99 había mal, y en 1 había bien puro. Les ganaba por mayoría, pero no por fuerza.
Lucharon. Pasaron los días, los meses, los años... y la lucha continuaba sin parar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, ya que eso sería comerse su orgullo y no estaban dispuestos a hacerlo.
La lucha era encarnizada pero no había sangre. El bien por ser el bien, y el mal por no poder vencer al bien.
Cada vez que alguien robaba, el mal le asestaba un golpe al bien. Pero cada vez que alguien ayudaba a cruzar la calle a un ciego, el bien lanzaba contra el suelo al mal dejándole sin aliento.
En nuestros tiempos la lucha sigue, pero en nuestro interior.
Y sólo ganará, aquella que alimentemos...

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