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miércoles, 26 de junio de 2013

...¿adiós?...

   No quiero volver a verte. Todo este tiempo contigo ha sido un desperdicio, no vales nada. Eres horrible, nunca me había sentido tan mal con nadie. Das asco, estás enferma, pocas personas he conocido que vayan dando más pena que tú. Necesitas el dolor ajeno para ser feliz y no te conformas con nada. Eres demasiado avariciosa y vas a acabar mal, si es que yo no lo consigo. Espero que sufras y que no llegues nunca a nada, porque no eres nada. Sólo eres fachada, bonita y deseosa, sí; pero pura fachada. No te mereces a nadie que te quiera, puesto que tú ni siquiera sabes hacerlo.
   Espero no volver a verte nunca. Adiós.

    Nunca se había sentido tan rota. Vio que realmente tenía mucha razón, pero ella también había dado mucho por todo este tiempo, por todo ese amor y por esa relación que se iba al traste por una disputa. Ella nunca pensó que podía pasar todo eso por "pequeños" fallos tontos. Se dio cuenta de muchas cosas, de muchos errores que, por supuesto, nunca más iba a tener.
   Se aisló completamente y se rapó la parte restante de la cabeza. Rompió toda la ropa que le recordaba a él y cambió dástricamente. Desenchufó el ordenador para no volverlo a encender. Tiró su móvil por el balcón haciéndose mil pedazos. Tintó sus llaves de negro y salió de casa con ellas en la mano, para volver de madrugada. Sus padres la castigaron sin ordenador, pero ella ya lo había desconectado anteriomente así que se rió en sus caras. Ellos la abofetearon y ella rió aún más.
   Lo único bueno que hizo fue centrarse en los estudios, aislándose de todo y metiendo su cabeza, mente y pensamiento únicamente en el saber, las ciencias, saciando su curiosidad. Pero eso sí, dejó de llevarse tan bien con los alumnos y los maestros, los trabajos conjuntos los hacía sola y si se lo prohibían no lo hacía, empezó a reunirse con mala gente a sabiendas, mas le daba igual; ya no le tenía aprecio a su vida, y sólo deseaba hacer lo que nunca antes había podido.
   Se hizo ella sola piercings en las orejas, todos los posibles. También se dilató éstas hasta 4 cm cada una. Todas las tardes se iba con malas compañías a beber y drogarse como nunca antes se imaginó que lo haría. Volvía a las tantas, sin preocuparse de las regañinas o los castigos, pues nada podrían hacerle daño ni sujetarla. No tenía miedo de saltar desde balcón a la calle viviendo en un primero; o salirse volando entre las terrazas. Ya no le temía a la muerte, se había hecho su aliada.

   Volvió a llegar el verano, sacando el curso como una de las mejores macarras que nunca existieron. Por un momento se volvió a conectar a esas páginas que abandonó durante un año entero, dándose cuenta de que la gente colgaba cosas suyas y todo el mundo estaba enterado de su situación. Algunos se preocupaban, a otros le daba igual y otros incluso se alegraban. Ella empezó a hablar con antiguos amigos que enseguida se dieron cuenta de su brutal cambio y de su ausencia. Muchos le pidieron regresar a lo que ella se negó rotundamente.
   Entonces, apareció él. Apareció el que lo inició todo, apareció la persona por la cual había cambiado radicalmente su vida. Apareció y la saludó como si nada hubiese pasado.
   Ella se destrozaba hablando con él, pero tampoco quería parar. Se añoraban mutuamente y él se dio cuenta de que cometió un tremendo error dejándola y destrozándola, sólo se enfadó y él... él tiene muy mal pronto, ambos lo sabían. Se disculpó una y otra vez, hasta que ella accedió a una videollamada y él la vio. Tan cambiada, tan distinta... pero lo que más impactó fue que lloraba, como una niña. Como la niña que realmente era. Nunca antes él la había visto llorar, y ahora le mataba cómo lo hacía. Ella le enseñó en qué la había transformado, que ahora era una persona con corazón de hielo, que ni siente ni quiere sentir. No quiere volver a enamorarse, no quiere volver a depender. Él le dio razones para confiar, pero ella estaba ciega de dolor y rencor. Después de horas y horas, ella se fue sin perdonarle y sin dejar de llorar.

   No se conectó más, a sabiendas de que podía volver a encontrarle y volver a sufrir lo anterior. Cada vez iba a peor, acabando en un hospital por un accidente de coche. Se montó con unos desconocidos e hicieron carreras ilegales, acabando estrellados en la cuneta.
   Ella quedó en coma durante meses, hasta que un día despertó y vio llorando en el sillón a la persona que le había hecho tanto daño. Lo llamó, y él levantó lentamente la cabeza. Se tiró hacia ella llorando y riendo a la vez, disculpándose por todo, lamentándose y rogando clemencia. Ella sonrió por primera vez desde hace más de un año, y le acarició el pelo. Le levantó, se quitó la mascarilla y se besaron por primera vez desde hace mucho.

   Volvió a la vida después de una pesadilla.
   Algo, mientras estaba en coma, la hizo recapacitar y volver a dar amor.

   Quizás fuesen todas las promesas que quedaban por cumplir, quizás fuesen los recuerdos de su vida antes del cambio... o quizás simplemente fuesen sus deseos de encontrar de nuevo la cordura.

jueves, 21 de marzo de 2013

El sueño.

   Era el viaje de fin de curso, y todos los segundos estábamos en medio de la Sierra de Cazorla, descansando después de dos horas de caminata. Algunos comían, otros charlaban, y otros usaban sus móviles.
   -¡Eh, Jota, vuelve! -grité, viendo que se alejaba.
   -No, espera, que he visto un animal por ahí.
   Se fue corriendo y no me dio tiempo a avisar a nadie, y para asegurarme de lo que hacía, fui detrás de él. Empezó a aflojar el paso, y vi que tenía razón: a cinco metros había un ciervo precioso, con unas astas enormes, con un pelaje que parecía recién lavado... Realmente mereció la pena. Fui andando hasta ponerme detrás de Jota y le susurré:
   -Es bonito, eh. Tenías razón al querer venir.
   -Sí, lo sé -dijo con una sonrisa-. Pero no tenías que haberme seguido.
   -Por si acaso... -giré la cabeza y empecé a andar.
   Me siguió. Íbamos despacio para no asustar al ciervo, y a cada rato mirábamos hacia atrás para ver si estaba, hasta que los árboles no nos dejaban ver más. Llegamos al camino, pero no vimos a nadie cuando se suponía que tenían que estar ahí descansando.
   -No están... -dije, asustada.
   -¡No me digas! -dijo con ironía-. Tenemos que buscarlos.
   -Pueden estar en cualquier parte, Jota.
   -¿Entonces qué hacemos: nos quedamos aquí parados esperando que venga un oso y nos coma, o salimos a buscarlos?
   -Aquí no hay osos, es más: no hay animales demasiado peligrosos -dije sin saber realmente si tenía razón o no-, y es más sensato esperar hasta que se den cuenta de que faltamos.
   -Bueh... tienes razón -le cayó una gota en la cabeza-. Ah, joder, está lloviendo. Busquemos un lugar para refugiarnos.
   Buscamos pero lo único que encontramos fue un gran árbol que protegía un poco, aunque nos mojásemos. Eran ya las ocho de la tarde, estarían a punto de irse. ¿Realmente no se habían dado cuenta de nuestra pérdida?
   -Jota, está resfrescando, ¿no tienes frío?
   Yo llevaba al menos una sudadera, pero él iba en manga corta. Me gustaba, pero iba a enfermar.
   -Tengo la sudadera y la cazadora en la mochila, no pasa nada.
   Es cierto: también llevábamos las mochilas. Pesaba (relativamente) poco, así que no me había dado cuenta de su presencia. Yo ahí sólo llevaba comida y agua.
   Los dos estábamos sentados en el árbol, esperando que viniesen a por nosotros. Hablábamos y decíamos tonterías, para que el tiempo pasase más deprisa. Eran las nueve, y nuestros compañeros ya deberían de estar en nuestro pueblo. Empezaba a hacer mucho frío, así que él se puso la sudadera y yo empecé a tiritar.
   -Si tienes frío puedes coger mi cazadora, está en la mochila -dijo con una sonrisa.
   -Oh, gracias.
   La cogí y me la puse. Olía a él y me encantaba, pero intenté que no se notase demasiado.

   Dejó de llover.
   Las horas pasaban mientras nosotros hablábamos y reíamos. Sin querer estábamos cada vez más juntos, pero supuse que era un acto reflejo porque hacía mucho frío.
   -¿Quieres la chaqueta? -yo estaba bien, pero él tenía que tener bastante frío, pues era la primera vez que le veía tiritar.
   -No, no hace falta. No hace tanto frío -sonrió.
   -Bueno, otra forma de soportar el frío es el calor corporal o el contacto "piel con piel" -dije, con un tono que pareciese de broma aunque yo quería hacerlo.
   Jota levantó los brazos y me hizo una seña con la cabeza de que le abrazase. Me quedé extrañada pues nunca antes le había abrazado ni había visto a nadie que lo hiciera. Él me asintió sonriendo, como diciendo "que no, que no es broma, que tengo frío". Fui y le abracé. Me sentí bastante bien, además de que él me rodeó con un brazo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, con una parte en su cuello, de rodillas; mientras que él estaba sentado con las piernas cruzadas y sujetándome con un brazo por la cintura.
   -Se está así bastante bien, eh -bromeó.
   -La verdad es que sí. ¿Tienes más calor ya?
   -Sí -dijo con una voz débil.
   Con la mano que tenía en mi cintura, empezó a acariciarme ésta. Me sentía muy bien, tanto que tuve un escalofrío. Él lo notó y paró.
   -No hace falta que pares... -dije, muy sonrojada, ocultando el rostro en su pecho.
Sonrió y siguió, me hacía sentir tan bien... Desearía que así fuese todos los días.
   -¿María? -me llamó.
   Levanté la cabeza, y dije:
   -¿Si?
   Pero antes de que me diese tiempo, nuestros labios se juntaron. Sentí una verdadera sensación de placer, pues era lo que estaba deseando desde hacía meses. Nos separamos durante un segundo, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos, esta vez los dos por igual.
   Él me sujetaba fuertemente de la cintura con una mano, como si temiese mi huida; y con la otra me acariciaba suavemente el cuello. Yo estaba como en la posición inicial: abrazándole...

Y sonó el despertador.
El fin de un perfecto sueño, que desearía que se hiciera realidad...