miércoles, 3 de abril de 2013

La historia inacabada.

   Todo comenzó el año pasado: Una chica huérfana que vino desde Turbian entró en nuestra clase, pero no recibió mucha aceptación de mis otros compañeros. A mí me pareció muy guapa, con una sonrisa tímida pero sincera. Tenía el pelo mucho más oscuro que el mío –siendo difícil, ya que mi pelo es marrón intensamente oscuro–, unos ojos marrones que se volvían verdes cuando estaba feliz o le daba la luz del Sol. Siempre iba como a ella le gustaba y hacía lo que ella tenía ganas, sin guiarse por nada ni por nadie. No aceptaba las modas. Era muy inteligente y rara era la vez que no llevaba una muñequera.
    Yo fui el primero y el único que entabló una conversación con ella en todo el curso. Nos convertimos en muy buenos amigos, pero yo quería más que eso. Meses más tarde de conocernos, pasábamos todo el día juntos. Mis “amigos” me marginaron por estar con ella, así que no hubo problema para nosotros. Me empecé a enamorar de ella. De su risa, de sus bromas, de su acento, de sus ojos verdes, de sus dientes blancos, de la suavidad de sus manos... No pude evitarlo, y tampoco me arrepiento de haberla querido. Éramos íntimos, lo compartíamos todo. No había secretos entre nosotros.
    Pero hace dos meses, ella empezó a hacer cosas raras: No me esperaba a la salida y a veces yo la veía irse en dirección contraria a su casa, dejó de sacar buenas notas, dejamos de quedar y ya no sonreía. Me preocupé, y cada vez que no me ignoraba le intentaba preguntar qué le pasaba y si yo podía hacer algo por ella. Siempre me contestaba lo mismo: «No necesito ayuda. Sólo me he cansado de todo y de todos. Y tú entras en ese “todos”». Me dolió las primeras veces, pero después de-jó de hacerlo ya que supe que me mentía. Sus ojos se ponían marrones cada vez que me lo decía, por mucha luz diurna que hubiera.

   Hace una semana, cansado de que ella estuviera mal y me ignorase decidí seguirla a la salida del instituto. Ella no me vio en ningún momento del camino, pues yo sabía esconderme donde ella no me viese. Entonces la vi entrar en el cementerio y me sorprendió mucho, porque ella le tiene mucho respeto –y temor– a los espíritus. Aun así la seguí y vi que se iba hacia una parte y no a dar un simple paseo. También la vi desplomarse en el suelo y caer de rodillas a una tumba baja. Acarició la lápida y empezó a llorar, apoyando su cabeza en una especie de bola en cima de la lápida. No hacía nada, sólo lloraba. Esa imagen me hizo perder el autocontrol y correr a abrazarla. Ella, sin mirarme, me abrazó fuerte y lloró en mi hombro. Yo respiré su fragancia una vez más y suspiré, apoyándome en su hombro.

    Nos tiramos mucho rato abrazados, hasta que ella se alejó y me sonrió con el rostro lleno de lágri-mas.

   –Perdón por este tiempo. Sabía que tarde o temprano me encontrarías –confesó, intentando que no se le rompiera la voz.

   –No hace falta que te disculpes –le acaricié la mejilla, retirándole algunas lágrimas. Le besé la frente.

   –Gracias por venir, entonces.

   –No se dan, te dije.

    Estaba deseoso de que me contase todo: De quién era la tumba, por qué me había estado igno-rando, qué había sido de ella... Pero supe que era mejor no preguntar. Supe que era mejor que ella me lo dijese. Y así lo hizo:
    –Es la lápida de mi vida, en sentido metafórico –se giró un poco y la acarició, con los ojos ma-rrones–. Hace dos meses se suicidó la persona que amaba, y yo no hice nada. Lo hizo delante de mí. Cogió un cuchillo y...
   Volvió a llorar. Esta vez fue ella la que se abrazó a mí. Yo la agarré de la cintura con una mano y con la otra le acaricié el pelo. Aún en mi hombro, dijo
   –...cogió un cuchillo y empezó a apuñalarse la tripa al grito de «¡Quiero que todos sepan que eres una malnacida, una asesina! ¡Haré como que tú me mataste! ¡Vivirás el castigo que deberías de haber pagado hace ya mucho tiempo!». Le dije que no sabía a qué se refería, pero sólo se apuñalaba con una sonrisa maléfica, insultándome y escupiendo sangre. Cada vez se apuñalaba más débilmente, y yo le suplicaba que parase, que le amaba, que lo hiciera por mí. Pero no me hacía caso. Entonces se asestó la última puñalada: en el cuello. La poca sangre que le quedaba empezó a manar como si se tratase de una fuente. A los pocos segundo cayó rendido en el suelo, muerto, con un charco de sangre enorme alrededor. No supe qué hacer, así que salí corriendo, dejando todas mis pisadas, huellas y demás estupideces para que la policía pensase que era yo. ¡Pero no fui! ¡No fui yo, Max, tienes que creerme! ¡Créeme! ¡POR FAVOR, CRÉEME!

    Empezó a llorar desconsoladamente y a darme pequeños puñetazos en la espalda, sin fuerza alguna.

   –Te creo –le susurré al oído.

    Dejó de darme puñetazos, pero entre llantos siguió hablando:

    –Y tampoco creo que fuese él. No es ese tipo de personas que se suicida. Llevábamos dos años saliendo y estábamos en nuestro mejor momento, nunca discutíamos y nos llevábamos genial. Nos queríamos, y alguien sintió celos o yo qué sé.

    Ya no lloraba, pero yo le estaba dando vueltas a lo que me había dicho. Pensé en muchas cosas: envenenamiento, hipnotización, ataques psicóticos... pero entonces se me ocurrió:

    –Lira –al pronunciar su nombre se levantó de mi hombro y me miró a los ojos–, ¿y si él no era tu verdadera pareja? Es decir: ¿y si fue alguien que se hizo hacer pasar por él?
    Vi una chispita de luz en sus ojos y eso me animó un poco.

    –Puede... puede que tengas razón. Pero era igual. Era su voz, eran sus ojos, era su pelo... –se giró, se quedó un momento pensativa, mirando al infinito y al cabo de un rato giró la cabeza de nuevo para hablarme–. Pero ahora que lo dices, él tenía un tatuaje en el dorso de la mano derecha, con la que se apuñaló. Yo no se lo vi en ningún momento, pero hasta hora pensé que fue por la sangre que había en todos lados...

    Me imaginé la situación y todo me resultaba demasiado macabro para Lira. Ella no era de esas personas que disfrutan con los cuerpos desmembrados y la sangre. Antes de poder seguir pensando, Lira me interrumpió:

    –Pero... –se mojó un momento los labios– aún no te lo he contado todo. Después de eso, al llegar a mi casa me sentí muy mal y tenía náuseas. Me daba asco a mí misma por lo que había pasado: no le había parado cuando tenía oportunidad, y tampoco sabía a qué se refería con todo. Pensé que yo era todo eso que me decía, que nunca nadie más me querría y que todo era falso. Me arrodillé en el váter y vomité, varias veces, hasta que ya no pude más. Entonces me miré al espejo y me di más asco aún, porque estaba cubierta de sangre y magullada en algunos sitios por la huida.

    »Entré en bulimia, en depresión y no quería ver ni estar con nadie, por eso me portaba tan mal contigo, ya que quería que te olvidases de mí y no sufrieras más. Me cortaba –se subió la mangas y pude ver cicatrices antiguas y no tan antiguas–, hasta que vi que eso era una tontería muy grande. No iba a cambiar nada, y no me sentía mejor haciéndolo.

    »Te empezaba a necesitar pero era demasiado orgullosa para decírtelo. Te he echado muchísimo de menos, pero temía qué pensarías de mí después de todo y si me seguirías queriendo como al principio.

    –Boba... –fue lo único que acerté a decir, pues no me salían las palabras–. El orgullo no sirve para nada...

    –¡Ya lo sé! Pero tampoco quería perderte. Me animaba mucho cuando te preocupabas por mí, por muy mal que te tratase. Sé que soy egoísta, pero ahora que lo sabes todo, te quiero conmigo.

   –Yo estaré contigo –la abracé–.

sábado, 23 de marzo de 2013

Las palabras.

[...]
   —¿Tú puedes describir todo lo que entiendes? —Me miró de soslayo.
   —Por supuesto.
   Elodin señaló calle abajo.
   —¿De qué color es la camisa de ese chico?
   —Azul.
   —¿Qué quiere decir azul? Descríbelo.
   Reflexioné un momento, pero no encontré la forma de describirlo.
   —Entonces, ¿azul es un nombre?
   —Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
   Estaba muy confuso.
   —Sigo sin comprender.
   Elodin me puso una mano en el hombro.
   —Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante. —Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo—. ¡Pero hay otras formas de entender! —gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír—. ¡Mira! —gritó echando la cabeza hacia atrás—. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!

jueves, 21 de marzo de 2013

El sueño.

   Era el viaje de fin de curso, y todos los segundos estábamos en medio de la Sierra de Cazorla, descansando después de dos horas de caminata. Algunos comían, otros charlaban, y otros usaban sus móviles.
   -¡Eh, Jota, vuelve! -grité, viendo que se alejaba.
   -No, espera, que he visto un animal por ahí.
   Se fue corriendo y no me dio tiempo a avisar a nadie, y para asegurarme de lo que hacía, fui detrás de él. Empezó a aflojar el paso, y vi que tenía razón: a cinco metros había un ciervo precioso, con unas astas enormes, con un pelaje que parecía recién lavado... Realmente mereció la pena. Fui andando hasta ponerme detrás de Jota y le susurré:
   -Es bonito, eh. Tenías razón al querer venir.
   -Sí, lo sé -dijo con una sonrisa-. Pero no tenías que haberme seguido.
   -Por si acaso... -giré la cabeza y empecé a andar.
   Me siguió. Íbamos despacio para no asustar al ciervo, y a cada rato mirábamos hacia atrás para ver si estaba, hasta que los árboles no nos dejaban ver más. Llegamos al camino, pero no vimos a nadie cuando se suponía que tenían que estar ahí descansando.
   -No están... -dije, asustada.
   -¡No me digas! -dijo con ironía-. Tenemos que buscarlos.
   -Pueden estar en cualquier parte, Jota.
   -¿Entonces qué hacemos: nos quedamos aquí parados esperando que venga un oso y nos coma, o salimos a buscarlos?
   -Aquí no hay osos, es más: no hay animales demasiado peligrosos -dije sin saber realmente si tenía razón o no-, y es más sensato esperar hasta que se den cuenta de que faltamos.
   -Bueh... tienes razón -le cayó una gota en la cabeza-. Ah, joder, está lloviendo. Busquemos un lugar para refugiarnos.
   Buscamos pero lo único que encontramos fue un gran árbol que protegía un poco, aunque nos mojásemos. Eran ya las ocho de la tarde, estarían a punto de irse. ¿Realmente no se habían dado cuenta de nuestra pérdida?
   -Jota, está resfrescando, ¿no tienes frío?
   Yo llevaba al menos una sudadera, pero él iba en manga corta. Me gustaba, pero iba a enfermar.
   -Tengo la sudadera y la cazadora en la mochila, no pasa nada.
   Es cierto: también llevábamos las mochilas. Pesaba (relativamente) poco, así que no me había dado cuenta de su presencia. Yo ahí sólo llevaba comida y agua.
   Los dos estábamos sentados en el árbol, esperando que viniesen a por nosotros. Hablábamos y decíamos tonterías, para que el tiempo pasase más deprisa. Eran las nueve, y nuestros compañeros ya deberían de estar en nuestro pueblo. Empezaba a hacer mucho frío, así que él se puso la sudadera y yo empecé a tiritar.
   -Si tienes frío puedes coger mi cazadora, está en la mochila -dijo con una sonrisa.
   -Oh, gracias.
   La cogí y me la puse. Olía a él y me encantaba, pero intenté que no se notase demasiado.

   Dejó de llover.
   Las horas pasaban mientras nosotros hablábamos y reíamos. Sin querer estábamos cada vez más juntos, pero supuse que era un acto reflejo porque hacía mucho frío.
   -¿Quieres la chaqueta? -yo estaba bien, pero él tenía que tener bastante frío, pues era la primera vez que le veía tiritar.
   -No, no hace falta. No hace tanto frío -sonrió.
   -Bueno, otra forma de soportar el frío es el calor corporal o el contacto "piel con piel" -dije, con un tono que pareciese de broma aunque yo quería hacerlo.
   Jota levantó los brazos y me hizo una seña con la cabeza de que le abrazase. Me quedé extrañada pues nunca antes le había abrazado ni había visto a nadie que lo hiciera. Él me asintió sonriendo, como diciendo "que no, que no es broma, que tengo frío". Fui y le abracé. Me sentí bastante bien, además de que él me rodeó con un brazo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, con una parte en su cuello, de rodillas; mientras que él estaba sentado con las piernas cruzadas y sujetándome con un brazo por la cintura.
   -Se está así bastante bien, eh -bromeó.
   -La verdad es que sí. ¿Tienes más calor ya?
   -Sí -dijo con una voz débil.
   Con la mano que tenía en mi cintura, empezó a acariciarme ésta. Me sentía muy bien, tanto que tuve un escalofrío. Él lo notó y paró.
   -No hace falta que pares... -dije, muy sonrojada, ocultando el rostro en su pecho.
Sonrió y siguió, me hacía sentir tan bien... Desearía que así fuese todos los días.
   -¿María? -me llamó.
   Levanté la cabeza, y dije:
   -¿Si?
   Pero antes de que me diese tiempo, nuestros labios se juntaron. Sentí una verdadera sensación de placer, pues era lo que estaba deseando desde hacía meses. Nos separamos durante un segundo, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos, esta vez los dos por igual.
   Él me sujetaba fuertemente de la cintura con una mano, como si temiese mi huida; y con la otra me acariciaba suavemente el cuello. Yo estaba como en la posición inicial: abrazándole...

Y sonó el despertador.
El fin de un perfecto sueño, que desearía que se hiciera realidad...

lunes, 18 de marzo de 2013

La atracción de los polos opuestos.

   Y de nuevo, la gran lucha entre el bien y el mal.
   El bien tenía más fuerza, más consistencia. La gente que practicaba el bien era más pura y tenía mucha fuerza en su interior. Pero el mal era más común. De cien personas, en 99 había mal, y en 1 había bien puro. Les ganaba por mayoría, pero no por fuerza.

   Lucharon. Pasaron los días, los meses, los años... y la lucha continuaba sin parar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, ya que eso sería comerse su orgullo y no estaban dispuestos a hacerlo.
   La lucha era encarnizada pero no había sangre. El bien por ser el bien, y el mal por no poder vencer al bien.
   Cada vez que alguien robaba, el mal le asestaba un golpe al bien. Pero cada vez que alguien ayudaba a cruzar la calle a un ciego, el bien lanzaba contra el suelo al mal dejándole sin aliento.


   En nuestros tiempos la lucha sigue, pero en nuestro interior.
   Y sólo ganará, aquella que alimentemos...


martes, 12 de marzo de 2013