La puerta se abrió bruscamente. Alguien
entraba gritando.
–¡Cariño! ¡Nos han concedido el préstamo,
completo! Como aval he tenido que poner
básicamente todas nuestras pertenencias, pero bueno ¡qué más nos da si las
vamos a vender! –tenía una sonrisa que no le cabía en la cara.
Nía, que ni de lejos
se esperaba tener en sus manos los 900.000 euros que habían pedido en el banco,
ahora estaba eufórica. Tenía tantas endorfinas en el cuerpo que le salían por
las orejas.
–¡Eso es
maravilloso, Eric! Podemos ir haciendo planes de qué países visitaremos, qué
drogas queremos probar, las locuras que queremos hacer… ¡Novecientos mil euros
dan para bastante!
–Cielo, también
tenemos que tener cuidado con qué hacemos. Ahora las cosas están muy jodidas en
lo que viene a ser el tema judicial y ley, sobre todo para gente como nosotros:
sin contactos y sin dinero.
–Lo sé, amor. Bueno,
¡no pensemos ahora en lo negativo! ¡Pongámonos manos a la obra para prepararlo
todo a la perfección!
Nía fue al
ordenador, a mirar los cientos de archivos que habían guardado para este
momento: documentos llenos de información sobre aduanas, sobre dónde se
encuentra gran parte de la droga retenida por la policía, de cómo salir inmune
de un juicio de cárcel… años y años de recopilación de información, que al fin
darían resultado.
Eric fue a otro
banco diferente a coger los 20.000 euros de los ahorros que habían conseguido –con
mucho esfuerzo– durante toda su vida. Años de pluriempleo, sin vacaciones, sin
apenas vida social… años y años, que al fin serían beneficiosos.
Lo primero que
hicieron fue vender su coche –algo que no le costó casi nada de trabajo, puesto
que lo vendían ridículamente barato– y comprarse una moto para viajar por
Europa. Una Bultaco Metralla MK2 clásica. La pasión de Nía y Eric desde niños
han sido las motos, y él supo muy bien guiarla hacia las mejores motos
existentes.
Después vendieron
todas sus cosas –aunque entrasen en la fianza del préstamo que jamás pagarían–
a un precio decente para no perder demasiado dinero y venderlas en el plazo
máximo de dos días. Los dibujos de Nía volaron en las cinco primeras horas, las
maquetas y proyectos de Eric tardaron más, pero fue lo que trajo todo el dinero
de la venta. Lo único que no vendieron fue el barco, porque nadie estaba
dispuesto a darle todo lo que pedían.
–Cariño, ¿qué vamos
a hacer con el barco? A mí me gusta mucho, pero si no lo vendemos aunque sea
por cinco mil euros, nos lo vamos a comer –Eric no sabía ya qué hacer para
convencer a su mujer de rebajar su precio.
–Está en perfecto
estado, nuevo, lo hemos usado tres años y restaurado este último. ¿Cómo vamos a
tener las narices de venderlo por veinte mil euros menos de lo que nos costó? –ella
no entendía cómo podía querer venderlo tan barato, con lo tacaño que era su
esposo.
Discutieron durante
un rato, llegando a la conclusión de que lo venderían a la mitad si al tercer
día no aparecía ningún comprador. Tuvieron la suerte de que el segundo día
llegó un hombre podrido de dinero y les compró el barco por el doble de su
precio original, siempre y cuando no sacasen nada de lo que ya tuviera dentro.
‹‹Si supiese que hace meses que el barco está vacío… se reiría mucho››, pensaba
para sí Eric, casi sin poder aguantar la risa.
–Dos… tres… cuatro… –a
Nía se le abrieron los ojos como platos.
–¿Qué pasa? –preguntó
Eric, asustado.
–¡Tenemos más de un millón!
Para ser exactos… –revisó las cuentas que llevaba haciendo dos horas, por si
había algún error–, ¡tenemos un millón trescientos mil euros!
–¡Dios mío! Si es
que eres la mejor. Gracias a ti tenemos ese pastón.
–Gracias a ti, por
el crédito –Nía le guiñó un ojo a su esposo, y éste de inmediato supo a qué se
refiere.
Ambos pasaron su
última noche en Barcelona como Nía y Eric. A partir de ese momento comenzaba
una nueva vida para aquella pareja desenfrenada y loca.
Eran las seis de la
mañana y ya estaban partiendo hacia Suiza, el paraíso bancario. Allí meterían
todo su dinero para las drogas, las fiestas, y todas las demás locuras que se
le vayan presentando. Ésta sería ahora su vida, hasta los siguientes diez años
o hasta que se les acabase el dinero; entonces buscarían otras salidas o
sencillamente acabarían con ellos mismos.
Ya en Suiza,
llamaron al camello con el que Eric había estado en contacto durante los cinco
años anteriores, para que le mantuviese informado de todo lo que estaba pasando
con la recompensa de comprar más de cien mil euros en todo tipo de drogas. Tuvo
que hablar Nía, pues era la única que hablaba francés casi a la perfección.
Tras quince minutos de llamada, Eric quiso saber qué había pasado.
–Me ha dicho cómo
está la cosa actualmente: precios, policía y tipo de drogas que hay en el
mercado medianamente asequibles. Me ha dado nombres de camellos de los que no
debemos fiarnos, y menos teniendo tanto dinero encima. También me ha dicho que
él ahora mismo está entre trámites y no puede atendernos. Si nos esperamos dos
días aquí, en Suiza, nos rebajará unas cuantas cosas por los favores que le
hemos hecho en estos cinco años –Nía se paró a pensar si se le olvida algo–.
¡Ah! También me ha dado nombres de prostíbulos en toda Europa donde no debemos
ni pisar.
–¿Por qué? –Preguntó
Eric, curioso, puesto que ellos nunca habían hablado de entrar en ninguno.
–No es porque sean
prostíbulos de mala calidad, sino porque son locales “trampa” –hizo las
comillas con los dedos–, es decir, hay policías infiltrados ahí dentro que nos
la pueden liar. Ya sea por el hecho de estar en un prostíbulo o por llevar
drogas.
–Pues, ¡maravilloso!
–Eric se alegró por lo bien y lo fácil que estaba saliendo todo, y sonrió como
hacía años que no sonreía.
Así fue como Nía y
Eric empezaron su nueva vida. Al principio les costó acostumbrarse a tener que
cambiarse de nombre cada poco tiempo, a tener varios DNIs en la cartera, al
trato de vender y comprar drogas, a huir de la policía…
Pasaron los años de
diversión, como tantísimo habían deseado, pero un día del séptimo año hubo un
problema: Nía tomó heroína de mala calidad, produciéndole sobredosis. La
tuvieron que llevar directamente al hospital y, como la policía no es tonta, no
esperó a que se recuperase para hacerle un interrogatorio. Aun estando en
Bélgica, llamaron a un policía que supiera hablar español para poder hacerle un
interrogatorio al único que podía hablar: Eric.
–Comisario García.
Dieciocho de junio de dos mil cuarenta y dos. Sala de interrogatorios de
Bélgica. Presentes: el acusado, Eric Zoroa; una escolta belga y yo. Muy bien,
empecemos –el comisario se colocó en la silla, con los brazos encima de la mesa
y se inclinó hacia adelante–. Eric, ¿me lo vas a contar todo a la primera o
vamos a tener que pelear? –esbozó una pequeña sonrisa. No tenía acento, así que
Eric supuso que era realmente español.
–Lo diré todo si no
meten a Nía en esto –tenía lágrimas en los ojos, y no era capaz de mirarle.
–No te puedo
prometer nada. Puedo prometer que si ayudas en todo y además nos dices nombres
no envejecerás en la cárcel –tenía una risa burlona, risa que a Eric le daba
arcadas.
–Puedes olvidarte de
nombres –le miró a los ojos, y el comisario pudo ver la pena y la rabia en ellos.
–Muy bien, chico.
Pero quiero que me lo cuentes todo, desde el principio. Al final haremos un
trato. ¿De acuerdo?
–Está bien… –Eric
sorbió fuerte por la nariz para no llorar, y comenzó con la voz un tanto rota–.
Nía y yo nos conocimos en el 2013. Ninguno teníamos la mínima idea de tener
descendencia, así que un día decidimos que cuando yo superase los cuarenta, pediríamos
un crédito millonario –Eric sonrió y meneó la cabeza por los recuerdos–. Y así
fue.
››Cuando cumplí
veinte empezamos a recaudar información: policía, drogas, sitios menos
localizados, lugares donde si te pillan con cantidades altas de droga estás
sólo un día en el calabozo y a tu casa… lo hicimos juntos, todo –miró a los
ojos al comisario y, con una leve sonrisa una lágrima cayó, directa a la mesa–.
Estaba todo perfectamente planeado… aún no entiendo de dónde salió ese maldito
camello –rompió a llorar recordando dónde se encontraba su mujer ahora mismo.
Dejó de hablar y el
comisario lo entendió. Le dio tiempo para respirar e intentar relajarse.
–Hace siete años nos
concedieron el crédito –Eric comenzó a hablar con la cabeza entre los brazos –.
Novecientos mil euros. Cuando llegué a casa con esa pasta metida en la
cartilla, ninguno nos lo podíamos creer. Tardamos una semana, aproximadamente,
en vender todas nuestras cosas, inclusive la casa. En total llegamos al millón
trescientos mil. Fue una alegría enorme… el cinco de mayo pisamos Suiza,
metimos todo el dinero en la cuenta y empezamos a vivir nuestro sueño. Pero no
ha acabado bien… –empezó a llorar de nuevo–. ¡nada bien! –Gritó, golpeando la
mesa. El comisario se asustó pero no temió nada, sólo era un hombre dolorido.
››El verdadero final
de todo esto tendría que haber sido en tres años, muriéndonos juntos. Ya sea en
la cárcel o por una sobredosis extrema de ambos a la vez… ¡pero no! –Volvió a
golpear la mesa–. Un maldito camello estafador tenía que joderlo todo…
Rompió a llorar. Se
agarró el pelo de la cabeza y se culpaba una y otra vez por su esposa, porque
él no estuvo vigilante. Se maldecía, y mucho más al estafador que les vendió
esos gramos.
El comisario salió
de la sala, junto con la escolta.
La policía fue a su
“casa” de Bélgica y encontró ordenadores con toda la información que Eric le había
dicho al comisario. Los confiscaron. García avisó a Eric de que no intentase
nada de lo que ahí tenían escrito, porque podrían salir mal parados.
Meses después,
cuando Nía estaba recuperada, apenas sin secuelas, hubo un juicio. En él se les
declaró culpables a ambos de tráfico de estupefacientes e ilegalidad fiscal,
por no pagar el préstamo y vender la fianza de éste. Fueron condenados a cinco
años de cárcel, que se redujo a tres por la ayuda proporcionada a la policía.
En el último mes de
condena, a Nía le detectaron un cáncer terminal, con una vida máxima de tres
meses con tratamiento médico. Ambos aceptaron y, por buena conducta, salieron
con cargos. Lo primero que hicieron fue ir a un hospital, donde Nía murió dos
meses más tarde. Pero Eric no salió de allí, ni siquiera nadie sabe dónde puede
estar. Hay gente que dice haber visto a un hombre en la sala de espera
repetidos días, buscando por internet un billete a Suiza. Quien le daba
conversación acababa sabiendo la historia de los diez últimos años de la vida
de una pareja que, según muchos, sabían vivir de verdad.

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