–Así que... quieres saber sobre mi Señor, ¿no es así?
–Sí, me gustaría. He escuchado tanto sobre él...
–Bien.
››Mi Señor es un gran hombre. Poca gente hay que se merezca tanto mi respeto como Él. Me cuidaba, me mimaba, me enseñaba... me tenía por y para Sus pies. Pero nunca tuvo una vida fácil, y es algo que siempre me atrajo mucho de él. "¿Qué tengo yo para que un hombre como Él se haya fijado en mí?", me repetía, día tras día, cuando aún estaba entre sus brazos. Cuando no me hacía falta echarle de menos para sentirle cerca...
››Él era un hombre informal, pero a la vez su traje le quedaba como un guante. Siempre fue un hombre de vinilos, gafas redondas y cine clásico. No le gustaban las cosas fáciles. Él era de pensar las cosas pero después abalanzarse hacia un sueño, arrepintiéndose o no después. Muchos fallos tuvimos que corregir, pero ninguno fue en vano. Crecimos juntos, tanto como pareja como personas. Poca gente creía en nosotros, pero yo creía en Él y eso me era suficiente...
››Vivimos muchas cosas juntas, ¿sabe? Fuimos a, prácticamente, todos los sitios que alguien como yo podía imaginar. Pero para Él no era suficiente. Él quería más. Quería llevarme a bosques, parques temáticos, mares, montañas, ríos... para Él mi felicidad nunca era suficiente. Cada vez que sonreía, Él quería mantener esa sonrisa eternamente. Y yo la Suya. No creo que jamás vuelva a ver una sonrisa tan deslumbrante nunca. Era de esas... de esas que con sólo verla, sabías que hasta los hombres más fuertes lloran, y hasta los niños más cobardes vencen sus miedos. No sé si me explico; porque Él no era un hombre que se pudiera explicar con palabras.
››Yo lo amé, lo amé más que a mi vida. Quise darle todo, y espero haberle dado, al menos, la mayor parte. Todos los días intentaba que sonriese... ya no sólo por Él, sino por mí. Yo no era nadie si no le robaba una pequeña parte de su envidiable sonrisa. Yo no era nadie si él no me decía "Te quiero" cada noche y cada mañana. Yo no era nadie entonces, y ahora que no está... soy menos que nadie...
Empecé a llorar, ya no podía aguantarlo más.
–Lo siento, pero no puedo seguir –salí corriendo a mi habitación.
El dolor de recordarle como si fuese ayer cuando aún dormíamos juntos, fue demasiado para mí. Le echaba tanto de menos. Mi vida no era nada si no estaba Él para animarla. Yo no era nada si Él no estaba para hacerme reír en los peores momentos. Estaba destrozada.
Cogí su foto, la que me regaló por mi primer cumpleaños estando juntos. Esa foto guarda tantos recuerdos... la abracé, llorando. Cuando alcé la mirada, lo vi. Lo vi con su traje negro y su corbata roja. Le vi tan guapo y elegante como cuando aún estaba conmigo.
Estiró Su brazo hacia mí, y sin pensarlo lo cogí; y nos fuimos, de la mano, a un lugar donde sí que íbamos a estar juntos para siempre...
jueves, 31 de julio de 2014
jueves, 10 de julio de 2014
El rescate (antiguo)
Érase que se era una princesa encerrada en su propio castillo. Ella quería salir, pero a la vez tenía miedo del exterior. Le era tan desconocido... cada vez que salía de él, algo o alguien le hacía daño, y volvía.
Después de meses y meses, con la única compañía de una araña llamada Paula, alguien llamó a la puerta.
-¿Quién es? -dijo ella, asustada, pues hacia años que nadie venía a buscarla.
-Soy yo.
No dijo nada más. La voz le resultó tan cálida y familiar que no pudo evitar abrirle.
Cuando subió, se dio cuenta de que era un joven príncipe apuesto, con una sonrisa sincera y una mirada que podría iluminar una noche sin luna.
-¿Sabes quién soy? -dijo él, sonriente.
-No, pero me resultas familiar -contestó ella, extrañada.
-Soy aquél que tanto buscabas. El que viste una noche y no te atreviste a saludar. Soy ese chico que ha venido a sacarte del castillo.
-¿Y quién te ha dicho a ti que quiero salir?
-Me lo dicen tus ojos. Ven -le ofrece la mano-, ¿te apetece un paseo?
La princesa aceptó, puesto que se sentía protegida acompañada de aquel príncipe. No tuvo miedo en pisar el césped descalza, después de tanto tiempo.
Aquel príncipe, le enseñó las maravillas del mundo exterior de las cuales ella nunca se había fijado. Se dio cuenta, de que se había perdido muchas cosas encerrada en su castillo... pero no le importó, porque si no hubiese estado allí, jamás se hubiese encontrado con su príncipe.
Pasaron los días, y la princesa cada vez se sentía mejor con su príncipe. Él, iba a buscarla todos los días, e incluso dormían juntos en el jardín. Ella ya no tenía miedo, pues se sentía protegida. Él se sentía feliz con el mero hecho de admiradla. Cada uno le aportaba algo especial al otro, por lo que nunca se podían separar.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Después de meses y meses, con la única compañía de una araña llamada Paula, alguien llamó a la puerta.
-¿Quién es? -dijo ella, asustada, pues hacia años que nadie venía a buscarla.
-Soy yo.
No dijo nada más. La voz le resultó tan cálida y familiar que no pudo evitar abrirle.
Cuando subió, se dio cuenta de que era un joven príncipe apuesto, con una sonrisa sincera y una mirada que podría iluminar una noche sin luna.
-¿Sabes quién soy? -dijo él, sonriente.
-No, pero me resultas familiar -contestó ella, extrañada.
-Soy aquél que tanto buscabas. El que viste una noche y no te atreviste a saludar. Soy ese chico que ha venido a sacarte del castillo.
-¿Y quién te ha dicho a ti que quiero salir?
-Me lo dicen tus ojos. Ven -le ofrece la mano-, ¿te apetece un paseo?
La princesa aceptó, puesto que se sentía protegida acompañada de aquel príncipe. No tuvo miedo en pisar el césped descalza, después de tanto tiempo.
Aquel príncipe, le enseñó las maravillas del mundo exterior de las cuales ella nunca se había fijado. Se dio cuenta, de que se había perdido muchas cosas encerrada en su castillo... pero no le importó, porque si no hubiese estado allí, jamás se hubiese encontrado con su príncipe.
domingo, 13 de abril de 2014
La puerta se abrió bruscamente. Alguien
entraba gritando.
–¡Cariño! ¡Nos han concedido el préstamo,
completo! Como aval he tenido que poner
básicamente todas nuestras pertenencias, pero bueno ¡qué más nos da si las
vamos a vender! –tenía una sonrisa que no le cabía en la cara.
Nía, que ni de lejos
se esperaba tener en sus manos los 900.000 euros que habían pedido en el banco,
ahora estaba eufórica. Tenía tantas endorfinas en el cuerpo que le salían por
las orejas.
–¡Eso es
maravilloso, Eric! Podemos ir haciendo planes de qué países visitaremos, qué
drogas queremos probar, las locuras que queremos hacer… ¡Novecientos mil euros
dan para bastante!
–Cielo, también
tenemos que tener cuidado con qué hacemos. Ahora las cosas están muy jodidas en
lo que viene a ser el tema judicial y ley, sobre todo para gente como nosotros:
sin contactos y sin dinero.
–Lo sé, amor. Bueno,
¡no pensemos ahora en lo negativo! ¡Pongámonos manos a la obra para prepararlo
todo a la perfección!
Nía fue al
ordenador, a mirar los cientos de archivos que habían guardado para este
momento: documentos llenos de información sobre aduanas, sobre dónde se
encuentra gran parte de la droga retenida por la policía, de cómo salir inmune
de un juicio de cárcel… años y años de recopilación de información, que al fin
darían resultado.
Eric fue a otro
banco diferente a coger los 20.000 euros de los ahorros que habían conseguido –con
mucho esfuerzo– durante toda su vida. Años de pluriempleo, sin vacaciones, sin
apenas vida social… años y años, que al fin serían beneficiosos.
Lo primero que
hicieron fue vender su coche –algo que no le costó casi nada de trabajo, puesto
que lo vendían ridículamente barato– y comprarse una moto para viajar por
Europa. Una Bultaco Metralla MK2 clásica. La pasión de Nía y Eric desde niños
han sido las motos, y él supo muy bien guiarla hacia las mejores motos
existentes.
Después vendieron
todas sus cosas –aunque entrasen en la fianza del préstamo que jamás pagarían–
a un precio decente para no perder demasiado dinero y venderlas en el plazo
máximo de dos días. Los dibujos de Nía volaron en las cinco primeras horas, las
maquetas y proyectos de Eric tardaron más, pero fue lo que trajo todo el dinero
de la venta. Lo único que no vendieron fue el barco, porque nadie estaba
dispuesto a darle todo lo que pedían.
–Cariño, ¿qué vamos
a hacer con el barco? A mí me gusta mucho, pero si no lo vendemos aunque sea
por cinco mil euros, nos lo vamos a comer –Eric no sabía ya qué hacer para
convencer a su mujer de rebajar su precio.
–Está en perfecto
estado, nuevo, lo hemos usado tres años y restaurado este último. ¿Cómo vamos a
tener las narices de venderlo por veinte mil euros menos de lo que nos costó? –ella
no entendía cómo podía querer venderlo tan barato, con lo tacaño que era su
esposo.
Discutieron durante
un rato, llegando a la conclusión de que lo venderían a la mitad si al tercer
día no aparecía ningún comprador. Tuvieron la suerte de que el segundo día
llegó un hombre podrido de dinero y les compró el barco por el doble de su
precio original, siempre y cuando no sacasen nada de lo que ya tuviera dentro.
‹‹Si supiese que hace meses que el barco está vacío… se reiría mucho››, pensaba
para sí Eric, casi sin poder aguantar la risa.
–Dos… tres… cuatro… –a
Nía se le abrieron los ojos como platos.
–¿Qué pasa? –preguntó
Eric, asustado.
–¡Tenemos más de un millón!
Para ser exactos… –revisó las cuentas que llevaba haciendo dos horas, por si
había algún error–, ¡tenemos un millón trescientos mil euros!
–¡Dios mío! Si es
que eres la mejor. Gracias a ti tenemos ese pastón.
–Gracias a ti, por
el crédito –Nía le guiñó un ojo a su esposo, y éste de inmediato supo a qué se
refiere.
Ambos pasaron su
última noche en Barcelona como Nía y Eric. A partir de ese momento comenzaba
una nueva vida para aquella pareja desenfrenada y loca.
Eran las seis de la
mañana y ya estaban partiendo hacia Suiza, el paraíso bancario. Allí meterían
todo su dinero para las drogas, las fiestas, y todas las demás locuras que se
le vayan presentando. Ésta sería ahora su vida, hasta los siguientes diez años
o hasta que se les acabase el dinero; entonces buscarían otras salidas o
sencillamente acabarían con ellos mismos.
Ya en Suiza,
llamaron al camello con el que Eric había estado en contacto durante los cinco
años anteriores, para que le mantuviese informado de todo lo que estaba pasando
con la recompensa de comprar más de cien mil euros en todo tipo de drogas. Tuvo
que hablar Nía, pues era la única que hablaba francés casi a la perfección.
Tras quince minutos de llamada, Eric quiso saber qué había pasado.
–Me ha dicho cómo
está la cosa actualmente: precios, policía y tipo de drogas que hay en el
mercado medianamente asequibles. Me ha dado nombres de camellos de los que no
debemos fiarnos, y menos teniendo tanto dinero encima. También me ha dicho que
él ahora mismo está entre trámites y no puede atendernos. Si nos esperamos dos
días aquí, en Suiza, nos rebajará unas cuantas cosas por los favores que le
hemos hecho en estos cinco años –Nía se paró a pensar si se le olvida algo–.
¡Ah! También me ha dado nombres de prostíbulos en toda Europa donde no debemos
ni pisar.
–¿Por qué? –Preguntó
Eric, curioso, puesto que ellos nunca habían hablado de entrar en ninguno.
–No es porque sean
prostíbulos de mala calidad, sino porque son locales “trampa” –hizo las
comillas con los dedos–, es decir, hay policías infiltrados ahí dentro que nos
la pueden liar. Ya sea por el hecho de estar en un prostíbulo o por llevar
drogas.
–Pues, ¡maravilloso!
–Eric se alegró por lo bien y lo fácil que estaba saliendo todo, y sonrió como
hacía años que no sonreía.
Así fue como Nía y
Eric empezaron su nueva vida. Al principio les costó acostumbrarse a tener que
cambiarse de nombre cada poco tiempo, a tener varios DNIs en la cartera, al
trato de vender y comprar drogas, a huir de la policía…
Pasaron los años de
diversión, como tantísimo habían deseado, pero un día del séptimo año hubo un
problema: Nía tomó heroína de mala calidad, produciéndole sobredosis. La
tuvieron que llevar directamente al hospital y, como la policía no es tonta, no
esperó a que se recuperase para hacerle un interrogatorio. Aun estando en
Bélgica, llamaron a un policía que supiera hablar español para poder hacerle un
interrogatorio al único que podía hablar: Eric.
–Comisario García.
Dieciocho de junio de dos mil cuarenta y dos. Sala de interrogatorios de
Bélgica. Presentes: el acusado, Eric Zoroa; una escolta belga y yo. Muy bien,
empecemos –el comisario se colocó en la silla, con los brazos encima de la mesa
y se inclinó hacia adelante–. Eric, ¿me lo vas a contar todo a la primera o
vamos a tener que pelear? –esbozó una pequeña sonrisa. No tenía acento, así que
Eric supuso que era realmente español.
–Lo diré todo si no
meten a Nía en esto –tenía lágrimas en los ojos, y no era capaz de mirarle.
–No te puedo
prometer nada. Puedo prometer que si ayudas en todo y además nos dices nombres
no envejecerás en la cárcel –tenía una risa burlona, risa que a Eric le daba
arcadas.
–Puedes olvidarte de
nombres –le miró a los ojos, y el comisario pudo ver la pena y la rabia en ellos.
–Muy bien, chico.
Pero quiero que me lo cuentes todo, desde el principio. Al final haremos un
trato. ¿De acuerdo?
–Está bien… –Eric
sorbió fuerte por la nariz para no llorar, y comenzó con la voz un tanto rota–.
Nía y yo nos conocimos en el 2013. Ninguno teníamos la mínima idea de tener
descendencia, así que un día decidimos que cuando yo superase los cuarenta, pediríamos
un crédito millonario –Eric sonrió y meneó la cabeza por los recuerdos–. Y así
fue.
››Cuando cumplí
veinte empezamos a recaudar información: policía, drogas, sitios menos
localizados, lugares donde si te pillan con cantidades altas de droga estás
sólo un día en el calabozo y a tu casa… lo hicimos juntos, todo –miró a los
ojos al comisario y, con una leve sonrisa una lágrima cayó, directa a la mesa–.
Estaba todo perfectamente planeado… aún no entiendo de dónde salió ese maldito
camello –rompió a llorar recordando dónde se encontraba su mujer ahora mismo.
Dejó de hablar y el
comisario lo entendió. Le dio tiempo para respirar e intentar relajarse.
–Hace siete años nos
concedieron el crédito –Eric comenzó a hablar con la cabeza entre los brazos –.
Novecientos mil euros. Cuando llegué a casa con esa pasta metida en la
cartilla, ninguno nos lo podíamos creer. Tardamos una semana, aproximadamente,
en vender todas nuestras cosas, inclusive la casa. En total llegamos al millón
trescientos mil. Fue una alegría enorme… el cinco de mayo pisamos Suiza,
metimos todo el dinero en la cuenta y empezamos a vivir nuestro sueño. Pero no
ha acabado bien… –empezó a llorar de nuevo–. ¡nada bien! –Gritó, golpeando la
mesa. El comisario se asustó pero no temió nada, sólo era un hombre dolorido.
››El verdadero final
de todo esto tendría que haber sido en tres años, muriéndonos juntos. Ya sea en
la cárcel o por una sobredosis extrema de ambos a la vez… ¡pero no! –Volvió a
golpear la mesa–. Un maldito camello estafador tenía que joderlo todo…
Rompió a llorar. Se
agarró el pelo de la cabeza y se culpaba una y otra vez por su esposa, porque
él no estuvo vigilante. Se maldecía, y mucho más al estafador que les vendió
esos gramos.
El comisario salió
de la sala, junto con la escolta.
La policía fue a su
“casa” de Bélgica y encontró ordenadores con toda la información que Eric le había
dicho al comisario. Los confiscaron. García avisó a Eric de que no intentase
nada de lo que ahí tenían escrito, porque podrían salir mal parados.
Meses después,
cuando Nía estaba recuperada, apenas sin secuelas, hubo un juicio. En él se les
declaró culpables a ambos de tráfico de estupefacientes e ilegalidad fiscal,
por no pagar el préstamo y vender la fianza de éste. Fueron condenados a cinco
años de cárcel, que se redujo a tres por la ayuda proporcionada a la policía.
En el último mes de
condena, a Nía le detectaron un cáncer terminal, con una vida máxima de tres
meses con tratamiento médico. Ambos aceptaron y, por buena conducta, salieron
con cargos. Lo primero que hicieron fue ir a un hospital, donde Nía murió dos
meses más tarde. Pero Eric no salió de allí, ni siquiera nadie sabe dónde puede
estar. Hay gente que dice haber visto a un hombre en la sala de espera
repetidos días, buscando por internet un billete a Suiza. Quien le daba
conversación acababa sabiendo la historia de los diez últimos años de la vida
de una pareja que, según muchos, sabían vivir de verdad.
jueves, 9 de enero de 2014
Basado en hechos reales.
John era un padre cincuentón, jubilado, sin más preocupaciones que no olvidarse el 1'50€ que cuesta una caña en su bar favorito, el que está en frente de su casa. John, con un hijo de casi 30 años, estaba muy contento con su vida: nunca le había faltado en la mesa un plato para su mujer y su hijo, tiene las dos mejores nietas del mundo, y en unos días hace 30 años casado con la mujer de su vida. Se podría decir que John, ha sido un hombre afortunado.
Un día, mientras John pasaba por la carretera de siempre, de vuelta de una rutinaria visita al médico, se encontró con un aparatoso accidente, al parecer, muy reciente; porque no había señales de que la policía ni la ambulancia hayan estado por allí. John bajó del coche para ver mejor y se encontró con un coche destrozado completamente. «Hay muertos, seguro. Mejor me llevo una manta por... por lo que pueda pasar», pensó,a la vez que cogía la manta azul que utilizaba su hijo para dormir de pequeño.
Al bajar se acercó al coche, que siquiera parecía uno. Sólo era un amasijo de hierros con una especie de chasis blanco, con las ventanas destrozadas. Ni la matrícula era visible. No muy lejos, vio una persona. John se acercó a un paso rápido, por si había una escasa posibilidad de que aún tuviera vida. Cuando estaba a un metro de él, se dio cuenta de que no. Aquel muchacho estaba completamente desfigurado.
–Está tan mal que ni su padre le reconocería –pensó en voz alta, con un nudo en el estómago.
John cogió la manta, la sacudió para estirarla y la echó encima del chico. A lo lejos vio un camión volcado, cuyo dueño (o eso parecía) estaba con un móvil en la oreja. «Estará llamando a una ambulancia, mejor me voy; aquí no pinto nada».
Al llegar a su bar favorito, John le contó al mese lo ocurrido:
–...pobre chaval, Pedro. Estaba jodidamente desfigurado. No sé si era de aquí, de Barcelona o de Suiza. No tenía rasgos y estaba ensangrentado. Ojalá no haya dejado a nadie... –a John se le hizo un nudo en la garganta y no pudo seguir–. Si tú lo hubieras visto, Pedro. Eso no parecía una persona. Ni siquiera sé si debí taparlo, a lo mejor la policía ni lo encuentra... qué pena me da, ¡parecía joven!
Entró la mujer del mese.
–¡Pedro! ¿Te has enterado del accidente? ¡Ha muerto...!
–¡Shhh! –le cortó Pedro a su mujer, señalando a John con los ojos.
Entonces se escuchó una ambulancia, que se para en la casa de John.
John ata cables.
Su hijo hoy iba al pueblo de al lado, a comprar, con su coche blanco.
John salió.
Buscaban a John.
Las piernas de John pesaban más de lo normal.
John se derrumba.
John, llora.
Un día, mientras John pasaba por la carretera de siempre, de vuelta de una rutinaria visita al médico, se encontró con un aparatoso accidente, al parecer, muy reciente; porque no había señales de que la policía ni la ambulancia hayan estado por allí. John bajó del coche para ver mejor y se encontró con un coche destrozado completamente. «Hay muertos, seguro. Mejor me llevo una manta por... por lo que pueda pasar», pensó,a la vez que cogía la manta azul que utilizaba su hijo para dormir de pequeño.
Al bajar se acercó al coche, que siquiera parecía uno. Sólo era un amasijo de hierros con una especie de chasis blanco, con las ventanas destrozadas. Ni la matrícula era visible. No muy lejos, vio una persona. John se acercó a un paso rápido, por si había una escasa posibilidad de que aún tuviera vida. Cuando estaba a un metro de él, se dio cuenta de que no. Aquel muchacho estaba completamente desfigurado.
–Está tan mal que ni su padre le reconocería –pensó en voz alta, con un nudo en el estómago.
John cogió la manta, la sacudió para estirarla y la echó encima del chico. A lo lejos vio un camión volcado, cuyo dueño (o eso parecía) estaba con un móvil en la oreja. «Estará llamando a una ambulancia, mejor me voy; aquí no pinto nada».
Al llegar a su bar favorito, John le contó al mese lo ocurrido:
–...pobre chaval, Pedro. Estaba jodidamente desfigurado. No sé si era de aquí, de Barcelona o de Suiza. No tenía rasgos y estaba ensangrentado. Ojalá no haya dejado a nadie... –a John se le hizo un nudo en la garganta y no pudo seguir–. Si tú lo hubieras visto, Pedro. Eso no parecía una persona. Ni siquiera sé si debí taparlo, a lo mejor la policía ni lo encuentra... qué pena me da, ¡parecía joven!
Entró la mujer del mese.
–¡Pedro! ¿Te has enterado del accidente? ¡Ha muerto...!
–¡Shhh! –le cortó Pedro a su mujer, señalando a John con los ojos.
Entonces se escuchó una ambulancia, que se para en la casa de John.
John ata cables.
Su hijo hoy iba al pueblo de al lado, a comprar, con su coche blanco.
John salió.
Buscaban a John.
Las piernas de John pesaban más de lo normal.
John se derrumba.
John, llora.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
