jueves, 31 de julio de 2014

Mi Señor.

   –Así que... quieres saber sobre mi Señor, ¿no es así? 
   –Sí, me gustaría. He escuchado tanto sobre él... 
   –Bien.


   ››Mi Señor es un gran hombre. Poca gente hay que se merezca tanto mi respeto como Él. Me cuidaba, me mimaba, me enseñaba... me tenía por y para Sus pies. Pero nunca tuvo una vida fácil, y es algo que siempre me atrajo mucho de él. "¿Qué tengo yo para que un hombre como Él se haya fijado en mí?", me repetía, día tras día, cuando aún estaba entre sus brazos. Cuando no me hacía falta echarle de menos para sentirle cerca...
   ››Él era un hombre informal, pero a la vez su traje le quedaba como un guante. Siempre fue un hombre de vinilos, gafas redondas y cine clásico. No le gustaban las cosas fáciles. Él era de pensar las cosas pero después abalanzarse hacia un sueño, arrepintiéndose o no después. Muchos fallos tuvimos que corregir, pero ninguno fue en vano. Crecimos juntos, tanto como pareja como personas. Poca gente creía en nosotros, pero yo creía en Él y eso me era suficiente...
   ››Vivimos muchas cosas juntas, ¿sabe? Fuimos a, prácticamente, todos los sitios que alguien como yo podía imaginar. Pero para Él no era suficiente. Él quería más. Quería llevarme a bosques, parques temáticos, mares, montañas, ríos... para Él mi felicidad nunca era suficiente. Cada vez que sonreía, Él quería mantener esa sonrisa eternamente. Y yo la Suya. No creo que jamás vuelva a ver una sonrisa tan deslumbrante nunca. Era de esas... de esas que con sólo verla, sabías que hasta los hombres más fuertes lloran, y hasta los niños más cobardes vencen sus miedos. No sé si me explico; porque Él no era un hombre que se pudiera explicar con palabras.
   ››Yo lo amé, lo amé más que a mi vida. Quise darle todo, y espero haberle dado, al menos, la mayor parte. Todos los días intentaba que sonriese... ya no sólo por Él, sino por mí. Yo no era nadie si no le robaba una pequeña parte de su envidiable sonrisa. Yo no era nadie si él no me decía "Te quiero" cada noche y cada mañana. Yo no era nadie entonces, y ahora que no está... soy menos que nadie...


   Empecé a llorar, ya no podía aguantarlo más.
   –Lo siento, pero no puedo seguir –salí corriendo a mi habitación.

   El dolor de recordarle como si fuese ayer cuando aún dormíamos juntos, fue demasiado para mí. Le echaba tanto de menos. Mi vida no era nada si no estaba Él para animarla. Yo no era nada si Él no estaba para hacerme reír en los peores momentos. Estaba destrozada.
   Cogí su foto, la que me regaló por mi primer cumpleaños estando juntos. Esa foto guarda tantos recuerdos... la abracé, llorando. Cuando alcé la mirada, lo vi. Lo vi con su traje negro y su corbata roja. Le vi tan guapo y elegante como cuando aún estaba conmigo.
   Estiró Su brazo hacia mí, y sin pensarlo lo cogí; y nos fuimos, de la mano, a un lugar donde sí que íbamos a estar juntos para siempre...

jueves, 10 de julio de 2014

El rescate (antiguo)

   Érase que se era una princesa encerrada en su propio castillo. Ella quería salir, pero a la vez tenía miedo del exterior. Le era tan desconocido... cada vez que salía de él, algo o alguien le hacía daño, y volvía.
   Después de meses y meses, con la única compañía de una araña llamada Paula, alguien llamó a la puerta.
   -¿Quién es? -dijo ella, asustada, pues hacia años que nadie venía a buscarla.
   -Soy yo.
   No dijo nada más. La voz le resultó tan cálida y familiar que no pudo evitar abrirle.
   Cuando subió, se dio cuenta de que era un joven príncipe apuesto, con una sonrisa sincera y una mirada que podría iluminar una noche sin luna.
   -¿Sabes quién soy? -dijo él, sonriente.
   -No, pero me resultas familiar -contestó ella, extrañada.
   -Soy aquél que tanto buscabas. El que viste una noche y no te atreviste a saludar. Soy ese chico que ha venido a sacarte del castillo.
   -¿Y quién te ha dicho a ti que quiero salir?
   -Me lo dicen tus ojos. Ven -le ofrece la mano-, ¿te apetece un paseo?
   La princesa aceptó, puesto que se sentía protegida acompañada de aquel príncipe. No tuvo miedo en pisar el césped descalza, después de tanto tiempo. 
   Aquel príncipe, le enseñó las maravillas del mundo exterior de las cuales ella nunca se había fijado. Se dio cuenta, de que se había perdido muchas cosas encerrada en su castillo... pero no le importó, porque si no hubiese estado allí, jamás se hubiese encontrado con su príncipe.
   Pasaron los días, y la princesa cada vez se sentía mejor con su príncipe. Él, iba a buscarla todos los días, e incluso dormían juntos en el jardín. Ella ya no tenía miedo, pues se sentía protegida. Él se sentía feliz con el mero hecho de admiradla. Cada uno le aportaba algo especial al otro, por lo que nunca se podían separar.
   Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.