PRIMERA PARTE.
-
Pasan los días y ninguno sabe nada de ninguno. Ella echa de menos sus caricias, sus besos, sus bromas... le echa de menos a él, pero sabe que va a volver y todo será como siempre, como si nada hubiera pasado. Recuerda todos los momentos que han pasado en esos cuatro años, todas las sonrisas, todas las conversaciones tontas, y por un momento teme que nada de eso fuese verdad sino que él la utilizaba para poder lograr todas las cosas que lograron, para poder tener más dinero y más intimidad para hacer todas esas cosas... "No, él no haría eso", se repite una y otra vez. Sabe que es una tontería, pero ella no deja de comerse la cabeza por paranoias.
En medio de su monólogo mental y a punto de echarse a llorar, suena el teléfono.
—¿Quién es? —dice ella, con un tono monótono y sin ganas de hablar con nadie.
—Le tenemos —contesta una voz robótica, que se nota desde lejos que está distorsionada.
—¿Cómo dice? —siente miedo.
—Tenemos a tu pareja, el independentista ese que intentó matar a nuestro líder —tiene una sonrisa maliciosa en la cara, ella lo nota por el tono de la voz.
En ese momento se le cae el mundo encima. Le tenían un grupo de... vete a saber tú de qué. Era lo peor que podía pasar, pues ellos no seguían una ley, una orden, nada. Actuaban por actuar y asesinaban sin piedad a cualquiera que se le cruce por delante.
Pero entonces, la voz vuelve a hablar:
—Si quieres volver a verle, tienes que luchar contra nosotros.
—¿Quiere que luche yo sola contra muchos de vosotros? ¿Estáis locos? Moriremos los dos.
—No, no, tú sola no —ríe—. Puedes ayudarte de los súbditos de este cabrón, nos da igual.
—¿Y eso de qué serviría? —no entiende nada.
—Serviría para crear el caos en España y todo el mundo sienta miedo. Sería una guerra interna entre dos bandos, dos clanes terroristas poderosos. Nadie se lo esperará y todos se rendirán a nuestros pies.
—Está bien. Trato hecho.
—Ya tendrás noticias mías —cuelga.
Ella se da cuenta de en la guerra en la que se acaba de meter, en que no conoce a nadie del bando de él, en que no tiene armas...
Está perdida, pero no le importa demasiado. Si detrás de todo esto está él, no se lo piensa dos veces para ir en su búsqueda.
1 de junio.
Ella ha ido buscando a gente con la que ayudarse, y ha conseguido a pocos. No ha conseguido información ninguna de CIT... tiene pocas cosas en las que buscar, pero ya está lista para irse a Madrid a montar una cruzada entre dos grupos terroristas. No había sido independentista, aunque sí se lo había pensado varias veces pues se daba cuenta de que era lo mejor que podía hacer, ya que era mejor proporcionarle libertad a unos que arrebatársela a otros. Pero ahora lo sabía, ahora sabía que alguien enamorado de la patria tenía al amor de su vida y podía hacerle cualquier cosa —si es que no se la había hecho ya—. Ahora, luchaba... luchaba per una Catalunya lliure i sense opresio.
domingo, 26 de mayo de 2013
viernes, 10 de mayo de 2013
Lokura.
Pocas veces Nira se había sentido tan feliz. No sabía cómo ni por qué, pero así era. Sonreía sin razón, cada vez se veía más hermosa y ya no era tan borde como lo fue antes. Se encontraba a gusto y, aunque deseaba cambiar algunas cosas, no le importaba demasiado su presencia en ella. Nira iba loca al ordenador para mirar si estaba, cuando a penas llevaban dos días conociéndose. Esa sensación y ese sentimiento le eran familiares, pero decidió dejarlo estar para no cometer los errores del pasado, para no precipitarse de nuevo.
Ese día se pasó todo el día viéndole. Le era muy extraño esa sensación, puesto que hacía mucho que nadie le daba tanto tiempo ni se preocupaba tanto por ella. Se sentía bien, a gusto con su presencia y sin sentir molestia por algunas cosas que siempre la incordiaban.
Entonces pasó lo que tenía que pasar. Ella se asustó, no sabía cómo reaccionar puesto que le había impactado demasiado todo aquello, y sucedió demasiado deprisa como para asimilarlo. Pero le dio igual, aceptó el trato y vendió su alma al diablo.
Ahora, Nira se alegra muchísimo de su elección y cada día le sonríe a la vida como nunca antes lo había hecho, y como nunca antes esperaba hacer.
Ahora, Nira se está enamorando.
Ese día se pasó todo el día viéndole. Le era muy extraño esa sensación, puesto que hacía mucho que nadie le daba tanto tiempo ni se preocupaba tanto por ella. Se sentía bien, a gusto con su presencia y sin sentir molestia por algunas cosas que siempre la incordiaban.
Entonces pasó lo que tenía que pasar. Ella se asustó, no sabía cómo reaccionar puesto que le había impactado demasiado todo aquello, y sucedió demasiado deprisa como para asimilarlo. Pero le dio igual, aceptó el trato y vendió su alma al diablo.
Ahora, Nira se alegra muchísimo de su elección y cada día le sonríe a la vida como nunca antes lo había hecho, y como nunca antes esperaba hacer.
Ahora, Nira se está enamorando.
sábado, 4 de mayo de 2013
Como si de un juntar de manos se tratase.
Estábamos ahí esperando a cualquier cosa. Yo sin saber qué hacer y tú con miedo de mi quehacer. Miramos el atardecer como si no hubiera nadie a nuestro lado, pero se notan nuestras presencias, nuestra atracción, a kilómetros de distancia.
Ansío besarte, probar tus labios de lujuria y pasión. Esos labios que tanto deseé en todo el tiempo que llevamos conociéndonos. Darte la mano, y susurrarte al oído tu dulce nombre bañado en calor y cariño. Cuidarte como nunca antes te han cuidado y darte el cariño que nunca antes te han ofrecido.
Y al final, me llamas y eres tú la que te lanzas. Me besas, despacio y con miedo, pero yo te cojo de la cintura y es asombroso la perfección con la que encajan ambas piezas. Me das la mano suavemente y noto que te tiembla, pero no quiero dejar de besarte para calmarte. Es algo que tanto deseé y que tú hayas dado el primer paso, me vuelve loca y hace que te quiera cada vez más.
Lo hicimos, juntas. Y yo juro por mi vida que te cuidaré como nadie antes lo hizo. Te lo prometo.
Ansío besarte, probar tus labios de lujuria y pasión. Esos labios que tanto deseé en todo el tiempo que llevamos conociéndonos. Darte la mano, y susurrarte al oído tu dulce nombre bañado en calor y cariño. Cuidarte como nunca antes te han cuidado y darte el cariño que nunca antes te han ofrecido.
Y al final, me llamas y eres tú la que te lanzas. Me besas, despacio y con miedo, pero yo te cojo de la cintura y es asombroso la perfección con la que encajan ambas piezas. Me das la mano suavemente y noto que te tiembla, pero no quiero dejar de besarte para calmarte. Es algo que tanto deseé y que tú hayas dado el primer paso, me vuelve loca y hace que te quiera cada vez más.
Lo hicimos, juntas. Y yo juro por mi vida que te cuidaré como nadie antes lo hizo. Te lo prometo.
miércoles, 3 de abril de 2013
La historia inacabada.
Todo
comenzó el año pasado: Una chica huérfana que vino desde Turbian
entró en nuestra clase, pero no recibió mucha aceptación de mis
otros compañeros. A mí me pareció muy guapa, con una sonrisa
tímida pero sincera. Tenía el pelo mucho más oscuro que el mío
–siendo difícil, ya que mi pelo es marrón intensamente oscuro–,
unos ojos marrones que se volvían verdes cuando estaba feliz o le
daba la luz del Sol. Siempre iba como a ella le gustaba y hacía lo
que ella tenía ganas, sin guiarse por nada ni por nadie. No aceptaba
las modas. Era muy inteligente y rara era la vez que no llevaba una
muñequera.
Yo fui el primero y el único que entabló una conversación con ella
en todo el curso. Nos convertimos en muy buenos amigos, pero yo
quería más que eso. Meses más tarde de conocernos, pasábamos todo
el día juntos. Mis “amigos” me marginaron por estar con ella,
así que no hubo problema para nosotros. Me empecé a enamorar de
ella. De su risa, de sus bromas, de su acento, de sus ojos verdes, de
sus dientes blancos, de la suavidad de sus manos... No pude evitarlo,
y tampoco me arrepiento de haberla querido. Éramos íntimos, lo
compartíamos todo. No había secretos entre nosotros.
Pero hace dos meses, ella empezó a hacer cosas raras: No me esperaba
a la salida y a veces yo la veía irse en dirección contraria a su
casa, dejó de sacar buenas notas, dejamos de quedar y ya no sonreía.
Me preocupé, y cada vez que no me ignoraba le intentaba preguntar
qué le pasaba y si yo podía hacer algo por ella. Siempre me
contestaba lo mismo: «No
necesito ayuda. Sólo me he cansado de todo y de todos. Y tú entras
en ese “todos”». Me dolió
las primeras veces, pero después de-jó de hacerlo ya que supe que
me mentía. Sus ojos se ponían marrones cada vez que me lo decía,
por mucha luz diurna que hubiera.
Hace una semana, cansado de que ella
estuviera mal y me ignorase decidí seguirla a la salida del
instituto. Ella no me vio en ningún momento del camino, pues yo
sabía esconderme donde ella no me viese. Entonces la vi entrar en el
cementerio y me sorprendió mucho, porque ella le tiene mucho respeto
–y temor– a los espíritus. Aun así la seguí y vi que se iba
hacia una parte y no a dar un simple paseo. También la vi
desplomarse en el suelo y caer de rodillas a una tumba baja. Acarició
la lápida y empezó a llorar, apoyando su cabeza en una especie de
bola en cima de la lápida. No hacía nada, sólo lloraba. Esa imagen
me hizo perder el autocontrol y correr a abrazarla. Ella, sin
mirarme, me abrazó fuerte y lloró en mi hombro. Yo respiré su
fragancia una vez más y suspiré, apoyándome en su hombro.
Nos tiramos mucho rato abrazados, hasta que ella se alejó y me
sonrió con el rostro lleno de lágri-mas.
–Perdón por este tiempo. Sabía que tarde o temprano me
encontrarías –confesó, intentando que no se le rompiera la voz.
–No hace falta que te disculpes –le acaricié la mejilla,
retirándole algunas lágrimas. Le besé la frente.
–Gracias por venir, entonces.
–No se dan, te dije.
Estaba deseoso de que me contase todo: De quién era la tumba, por
qué me había estado igno-rando, qué había sido de ella... Pero
supe que era mejor no preguntar. Supe que era mejor que ella me lo
dijese. Y así lo hizo:
–Es la lápida de mi vida, en sentido metafórico –se giró un
poco y la acarició, con los ojos ma-rrones–. Hace dos meses se
suicidó la persona que amaba, y yo no hice nada. Lo hizo delante de
mí. Cogió un cuchillo y...
Volvió a llorar. Esta vez fue ella la que se abrazó a mí. Yo la
agarré de la cintura con una mano y con la otra le acaricié el
pelo. Aún en mi hombro, dijo
–...cogió un cuchillo y empezó a
apuñalarse la tripa al grito de «¡Quiero que todos sepan
que eres una malnacida, una asesina! ¡Haré como que tú me mataste!
¡Vivirás el castigo que deberías de haber pagado hace ya mucho
tiempo!». Le dije que no sabía
a qué se refería, pero sólo se apuñalaba con una sonrisa
maléfica, insultándome y escupiendo sangre. Cada vez se apuñalaba
más débilmente, y yo le suplicaba que parase, que le amaba, que lo
hiciera por mí. Pero no me hacía caso. Entonces se asestó la
última puñalada: en el cuello. La poca sangre que le quedaba empezó
a manar como si se tratase de una fuente. A los pocos segundo cayó
rendido en el suelo, muerto, con un charco de sangre enorme
alrededor. No supe qué hacer, así que salí corriendo, dejando
todas mis pisadas, huellas y demás estupideces para que la policía
pensase que era yo. ¡Pero no fui! ¡No fui yo, Max, tienes que
creerme! ¡Créeme! ¡POR FAVOR, CRÉEME!
Empezó a llorar desconsoladamente y a darme pequeños puñetazos
en la espalda, sin fuerza alguna.
–Te creo –le susurré al oído.
Dejó de darme puñetazos, pero entre llantos siguió hablando:
–Y tampoco creo que fuese él. No es ese tipo de personas que se
suicida. Llevábamos dos años saliendo y estábamos en nuestro mejor
momento, nunca discutíamos y nos llevábamos genial. Nos queríamos,
y alguien sintió celos o yo qué sé.
Ya no lloraba, pero yo le estaba dando vueltas a lo que me había
dicho. Pensé en muchas cosas: envenenamiento, hipnotización,
ataques psicóticos... pero entonces se me ocurrió:
–Lira –al pronunciar su nombre se levantó de mi hombro y me
miró a los ojos–, ¿y si él no era tu verdadera pareja? Es decir:
¿y si fue alguien que se hizo hacer pasar por él?
Vi una chispita de luz en sus ojos y eso me animó un poco.
–Puede... puede que tengas razón. Pero era igual. Era su voz,
eran sus ojos, era su pelo... –se giró, se quedó un momento
pensativa, mirando al infinito y al cabo de un rato giró la cabeza
de nuevo para hablarme–. Pero ahora que lo dices, él tenía un
tatuaje en el dorso de la mano derecha, con la que se apuñaló. Yo
no se lo vi en ningún momento, pero hasta hora pensé que fue por la
sangre que había en todos lados...
Me imaginé la situación y todo me resultaba demasiado macabro
para Lira. Ella no era de esas personas que disfrutan con los cuerpos
desmembrados y la sangre. Antes de poder seguir pensando, Lira me
interrumpió:
–Pero... –se mojó un momento
los labios– aún no te lo he contado todo. Después de eso, al
llegar a mi casa me sentí muy mal y tenía náuseas. Me daba asco a
mí misma por lo que había pasado: no le había parado cuando tenía
oportunidad, y tampoco sabía a qué se refería con todo. Pensé que
yo era todo eso que me decía, que nunca nadie más me querría y que
todo era falso. Me arrodillé en el váter y vomité, varias veces,
hasta que ya no pude más. Entonces me miré al espejo y me di más
asco aún, porque estaba cubierta de sangre y magullada en algunos
sitios por la huida.
»Entré en bulimia, en depresión y no quería ver ni estar con
nadie, por eso me portaba tan mal contigo, ya que quería que te
olvidases de mí y no sufrieras más. Me cortaba –se subió la
mangas y pude ver cicatrices antiguas y no tan antiguas–, hasta que
vi que eso era una tontería muy grande. No iba a cambiar nada, y no
me sentía mejor haciéndolo.
»Te empezaba a necesitar pero era demasiado orgullosa para
decírtelo. Te he echado muchísimo de menos, pero temía qué
pensarías de mí después de todo y si me seguirías queriendo como
al principio.
–Boba... –fue lo único que acerté a decir, pues no me salían
las palabras–. El orgullo no sirve para nada...
–¡Ya lo sé! Pero tampoco quería perderte. Me animaba mucho
cuando te preocupabas por mí, por muy mal que te tratase. Sé que
soy egoísta, pero ahora que lo sabes todo, te quiero conmigo.
–Yo estaré contigo –la abracé–.
sábado, 23 de marzo de 2013
Las palabras.
[...]
—¿Tú puedes describir todo lo que entiendes? —Me miró de soslayo.
—Por supuesto.
Elodin señaló calle abajo.
—¿De qué color es la camisa de ese chico?
—Azul.
—¿Qué quiere decir azul? Descríbelo.
Reflexioné un momento, pero no encontré la forma de describirlo.
—Entonces, ¿azul es un nombre?
—Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
Estaba muy confuso.
—Sigo sin comprender.
Elodin me puso una mano en el hombro.
—Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante. —Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo—. ¡Pero hay otras formas de entender! —gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír—. ¡Mira! —gritó echando la cabeza hacia atrás—. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!
—¿Tú puedes describir todo lo que entiendes? —Me miró de soslayo.
—Por supuesto.
Elodin señaló calle abajo.
—¿De qué color es la camisa de ese chico?
—Azul.
—¿Qué quiere decir azul? Descríbelo.
Reflexioné un momento, pero no encontré la forma de describirlo.
—Entonces, ¿azul es un nombre?
—Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
Estaba muy confuso.
—Sigo sin comprender.
Elodin me puso una mano en el hombro.
—Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante. —Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo—. ¡Pero hay otras formas de entender! —gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír—. ¡Mira! —gritó echando la cabeza hacia atrás—. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!
jueves, 21 de marzo de 2013
El sueño.
Era el viaje de fin de curso, y todos los segundos estábamos en medio de la Sierra de Cazorla, descansando después de dos horas de caminata. Algunos comían, otros charlaban, y otros usaban sus móviles.
-¡Eh, Jota, vuelve! -grité, viendo que se alejaba.
-No, espera, que he visto un animal por ahí.
Se fue corriendo y no me dio tiempo a avisar a nadie, y para asegurarme de lo que hacía, fui detrás de él. Empezó a aflojar el paso, y vi que tenía razón: a cinco metros había un ciervo precioso, con unas astas enormes, con un pelaje que parecía recién lavado... Realmente mereció la pena. Fui andando hasta ponerme detrás de Jota y le susurré:
-Es bonito, eh. Tenías razón al querer venir.
-Sí, lo sé -dijo con una sonrisa-. Pero no tenías que haberme seguido.
-Por si acaso... -giré la cabeza y empecé a andar.
Me siguió. Íbamos despacio para no asustar al ciervo, y a cada rato mirábamos hacia atrás para ver si estaba, hasta que los árboles no nos dejaban ver más. Llegamos al camino, pero no vimos a nadie cuando se suponía que tenían que estar ahí descansando.
-No están... -dije, asustada.
-¡No me digas! -dijo con ironía-. Tenemos que buscarlos.
-Pueden estar en cualquier parte, Jota.
-¿Entonces qué hacemos: nos quedamos aquí parados esperando que venga un oso y nos coma, o salimos a buscarlos?
-Aquí no hay osos, es más: no hay animales demasiado peligrosos -dije sin saber realmente si tenía razón o no-, y es más sensato esperar hasta que se den cuenta de que faltamos.
-Bueh... tienes razón -le cayó una gota en la cabeza-. Ah, joder, está lloviendo. Busquemos un lugar para refugiarnos.
Buscamos pero lo único que encontramos fue un gran árbol que protegía un poco, aunque nos mojásemos. Eran ya las ocho de la tarde, estarían a punto de irse. ¿Realmente no se habían dado cuenta de nuestra pérdida?
-Jota, está resfrescando, ¿no tienes frío?
Yo llevaba al menos una sudadera, pero él iba en manga corta. Me gustaba, pero iba a enfermar.
-Tengo la sudadera y la cazadora en la mochila, no pasa nada.
Es cierto: también llevábamos las mochilas. Pesaba (relativamente) poco, así que no me había dado cuenta de su presencia. Yo ahí sólo llevaba comida y agua.
Los dos estábamos sentados en el árbol, esperando que viniesen a por nosotros. Hablábamos y decíamos tonterías, para que el tiempo pasase más deprisa. Eran las nueve, y nuestros compañeros ya deberían de estar en nuestro pueblo. Empezaba a hacer mucho frío, así que él se puso la sudadera y yo empecé a tiritar.
-Si tienes frío puedes coger mi cazadora, está en la mochila -dijo con una sonrisa.
-Oh, gracias.
La cogí y me la puse. Olía a él y me encantaba, pero intenté que no se notase demasiado.
Dejó de llover.
Las horas pasaban mientras nosotros hablábamos y reíamos. Sin querer estábamos cada vez más juntos, pero supuse que era un acto reflejo porque hacía mucho frío.
-¿Quieres la chaqueta? -yo estaba bien, pero él tenía que tener bastante frío, pues era la primera vez que le veía tiritar.
-No, no hace falta. No hace tanto frío -sonrió.
-Bueno, otra forma de soportar el frío es el calor corporal o el contacto "piel con piel" -dije, con un tono que pareciese de broma aunque yo quería hacerlo.
Jota levantó los brazos y me hizo una seña con la cabeza de que le abrazase. Me quedé extrañada pues nunca antes le había abrazado ni había visto a nadie que lo hiciera. Él me asintió sonriendo, como diciendo "que no, que no es broma, que tengo frío". Fui y le abracé. Me sentí bastante bien, además de que él me rodeó con un brazo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, con una parte en su cuello, de rodillas; mientras que él estaba sentado con las piernas cruzadas y sujetándome con un brazo por la cintura.
-Se está así bastante bien, eh -bromeó.
-La verdad es que sí. ¿Tienes más calor ya?
-Sí -dijo con una voz débil.
Con la mano que tenía en mi cintura, empezó a acariciarme ésta. Me sentía muy bien, tanto que tuve un escalofrío. Él lo notó y paró.
-No hace falta que pares... -dije, muy sonrojada, ocultando el rostro en su pecho.
Sonrió y siguió, me hacía sentir tan bien... Desearía que así fuese todos los días.
-¿María? -me llamó.
Levanté la cabeza, y dije:
-¿Si?
Pero antes de que me diese tiempo, nuestros labios se juntaron. Sentí una verdadera sensación de placer, pues era lo que estaba deseando desde hacía meses. Nos separamos durante un segundo, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos, esta vez los dos por igual.
Él me sujetaba fuertemente de la cintura con una mano, como si temiese mi huida; y con la otra me acariciaba suavemente el cuello. Yo estaba como en la posición inicial: abrazándole...
Y sonó el despertador.
El fin de un perfecto sueño, que desearía que se hiciera realidad...
-¡Eh, Jota, vuelve! -grité, viendo que se alejaba.
-No, espera, que he visto un animal por ahí.
Se fue corriendo y no me dio tiempo a avisar a nadie, y para asegurarme de lo que hacía, fui detrás de él. Empezó a aflojar el paso, y vi que tenía razón: a cinco metros había un ciervo precioso, con unas astas enormes, con un pelaje que parecía recién lavado... Realmente mereció la pena. Fui andando hasta ponerme detrás de Jota y le susurré:
-Es bonito, eh. Tenías razón al querer venir.
-Sí, lo sé -dijo con una sonrisa-. Pero no tenías que haberme seguido.
-Por si acaso... -giré la cabeza y empecé a andar.
Me siguió. Íbamos despacio para no asustar al ciervo, y a cada rato mirábamos hacia atrás para ver si estaba, hasta que los árboles no nos dejaban ver más. Llegamos al camino, pero no vimos a nadie cuando se suponía que tenían que estar ahí descansando.
-No están... -dije, asustada.
-¡No me digas! -dijo con ironía-. Tenemos que buscarlos.
-Pueden estar en cualquier parte, Jota.
-¿Entonces qué hacemos: nos quedamos aquí parados esperando que venga un oso y nos coma, o salimos a buscarlos?
-Aquí no hay osos, es más: no hay animales demasiado peligrosos -dije sin saber realmente si tenía razón o no-, y es más sensato esperar hasta que se den cuenta de que faltamos.
-Bueh... tienes razón -le cayó una gota en la cabeza-. Ah, joder, está lloviendo. Busquemos un lugar para refugiarnos.
Buscamos pero lo único que encontramos fue un gran árbol que protegía un poco, aunque nos mojásemos. Eran ya las ocho de la tarde, estarían a punto de irse. ¿Realmente no se habían dado cuenta de nuestra pérdida?
-Jota, está resfrescando, ¿no tienes frío?
Yo llevaba al menos una sudadera, pero él iba en manga corta. Me gustaba, pero iba a enfermar.
-Tengo la sudadera y la cazadora en la mochila, no pasa nada.
Es cierto: también llevábamos las mochilas. Pesaba (relativamente) poco, así que no me había dado cuenta de su presencia. Yo ahí sólo llevaba comida y agua.
Los dos estábamos sentados en el árbol, esperando que viniesen a por nosotros. Hablábamos y decíamos tonterías, para que el tiempo pasase más deprisa. Eran las nueve, y nuestros compañeros ya deberían de estar en nuestro pueblo. Empezaba a hacer mucho frío, así que él se puso la sudadera y yo empecé a tiritar.
-Si tienes frío puedes coger mi cazadora, está en la mochila -dijo con una sonrisa.
-Oh, gracias.
La cogí y me la puse. Olía a él y me encantaba, pero intenté que no se notase demasiado.
Dejó de llover.
Las horas pasaban mientras nosotros hablábamos y reíamos. Sin querer estábamos cada vez más juntos, pero supuse que era un acto reflejo porque hacía mucho frío.
-¿Quieres la chaqueta? -yo estaba bien, pero él tenía que tener bastante frío, pues era la primera vez que le veía tiritar.
-No, no hace falta. No hace tanto frío -sonrió.
-Bueno, otra forma de soportar el frío es el calor corporal o el contacto "piel con piel" -dije, con un tono que pareciese de broma aunque yo quería hacerlo.
Jota levantó los brazos y me hizo una seña con la cabeza de que le abrazase. Me quedé extrañada pues nunca antes le había abrazado ni había visto a nadie que lo hiciera. Él me asintió sonriendo, como diciendo "que no, que no es broma, que tengo frío". Fui y le abracé. Me sentí bastante bien, además de que él me rodeó con un brazo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, con una parte en su cuello, de rodillas; mientras que él estaba sentado con las piernas cruzadas y sujetándome con un brazo por la cintura.
-Se está así bastante bien, eh -bromeó.
-La verdad es que sí. ¿Tienes más calor ya?
-Sí -dijo con una voz débil.
Con la mano que tenía en mi cintura, empezó a acariciarme ésta. Me sentía muy bien, tanto que tuve un escalofrío. Él lo notó y paró.
-No hace falta que pares... -dije, muy sonrojada, ocultando el rostro en su pecho.
Sonrió y siguió, me hacía sentir tan bien... Desearía que así fuese todos los días.
-¿María? -me llamó.
Levanté la cabeza, y dije:
-¿Si?
Pero antes de que me diese tiempo, nuestros labios se juntaron. Sentí una verdadera sensación de placer, pues era lo que estaba deseando desde hacía meses. Nos separamos durante un segundo, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos, esta vez los dos por igual.
Él me sujetaba fuertemente de la cintura con una mano, como si temiese mi huida; y con la otra me acariciaba suavemente el cuello. Yo estaba como en la posición inicial: abrazándole...
Y sonó el despertador.
El fin de un perfecto sueño, que desearía que se hiciera realidad...
lunes, 18 de marzo de 2013
La atracción de los polos opuestos.
Y de nuevo, la gran lucha entre el bien y el mal.
El bien tenía más fuerza, más consistencia. La gente que practicaba el bien era más pura y tenía mucha fuerza en su interior. Pero el mal era más común. De cien personas, en 99 había mal, y en 1 había bien puro. Les ganaba por mayoría, pero no por fuerza.
Lucharon. Pasaron los días, los meses, los años... y la lucha continuaba sin parar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, ya que eso sería comerse su orgullo y no estaban dispuestos a hacerlo.
La lucha era encarnizada pero no había sangre. El bien por ser el bien, y el mal por no poder vencer al bien.
Cada vez que alguien robaba, el mal le asestaba un golpe al bien. Pero cada vez que alguien ayudaba a cruzar la calle a un ciego, el bien lanzaba contra el suelo al mal dejándole sin aliento.
En nuestros tiempos la lucha sigue, pero en nuestro interior.
Y sólo ganará, aquella que alimentemos...
El bien tenía más fuerza, más consistencia. La gente que practicaba el bien era más pura y tenía mucha fuerza en su interior. Pero el mal era más común. De cien personas, en 99 había mal, y en 1 había bien puro. Les ganaba por mayoría, pero no por fuerza.
Lucharon. Pasaron los días, los meses, los años... y la lucha continuaba sin parar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, ya que eso sería comerse su orgullo y no estaban dispuestos a hacerlo.
La lucha era encarnizada pero no había sangre. El bien por ser el bien, y el mal por no poder vencer al bien.
Cada vez que alguien robaba, el mal le asestaba un golpe al bien. Pero cada vez que alguien ayudaba a cruzar la calle a un ciego, el bien lanzaba contra el suelo al mal dejándole sin aliento.
En nuestros tiempos la lucha sigue, pero en nuestro interior.
Y sólo ganará, aquella que alimentemos...
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