–Así que... quieres saber sobre mi Señor, ¿no es así?
–Sí, me gustaría. He escuchado tanto sobre él...
–Bien.
››Mi Señor es un gran hombre. Poca gente hay que se merezca tanto mi respeto como Él. Me cuidaba, me mimaba, me enseñaba... me tenía por y para Sus pies. Pero nunca tuvo una vida fácil, y es algo que siempre me atrajo mucho de él. "¿Qué tengo yo para que un hombre como Él se haya fijado en mí?", me repetía, día tras día, cuando aún estaba entre sus brazos. Cuando no me hacía falta echarle de menos para sentirle cerca...
››Él era un hombre informal, pero a la vez su traje le quedaba como un guante. Siempre fue un hombre de vinilos, gafas redondas y cine clásico. No le gustaban las cosas fáciles. Él era de pensar las cosas pero después abalanzarse hacia un sueño, arrepintiéndose o no después. Muchos fallos tuvimos que corregir, pero ninguno fue en vano. Crecimos juntos, tanto como pareja como personas. Poca gente creía en nosotros, pero yo creía en Él y eso me era suficiente...
››Vivimos muchas cosas juntas, ¿sabe? Fuimos a, prácticamente, todos los sitios que alguien como yo podía imaginar. Pero para Él no era suficiente. Él quería más. Quería llevarme a bosques, parques temáticos, mares, montañas, ríos... para Él mi felicidad nunca era suficiente. Cada vez que sonreía, Él quería mantener esa sonrisa eternamente. Y yo la Suya. No creo que jamás vuelva a ver una sonrisa tan deslumbrante nunca. Era de esas... de esas que con sólo verla, sabías que hasta los hombres más fuertes lloran, y hasta los niños más cobardes vencen sus miedos. No sé si me explico; porque Él no era un hombre que se pudiera explicar con palabras.
››Yo lo amé, lo amé más que a mi vida. Quise darle todo, y espero haberle dado, al menos, la mayor parte. Todos los días intentaba que sonriese... ya no sólo por Él, sino por mí. Yo no era nadie si no le robaba una pequeña parte de su envidiable sonrisa. Yo no era nadie si él no me decía "Te quiero" cada noche y cada mañana. Yo no era nadie entonces, y ahora que no está... soy menos que nadie...
Empecé a llorar, ya no podía aguantarlo más.
–Lo siento, pero no puedo seguir –salí corriendo a mi habitación.
El dolor de recordarle como si fuese ayer cuando aún dormíamos juntos, fue demasiado para mí. Le echaba tanto de menos. Mi vida no era nada si no estaba Él para animarla. Yo no era nada si Él no estaba para hacerme reír en los peores momentos. Estaba destrozada.
Cogí su foto, la que me regaló por mi primer cumpleaños estando juntos. Esa foto guarda tantos recuerdos... la abracé, llorando. Cuando alcé la mirada, lo vi. Lo vi con su traje negro y su corbata roja. Le vi tan guapo y elegante como cuando aún estaba conmigo.
Estiró Su brazo hacia mí, y sin pensarlo lo cogí; y nos fuimos, de la mano, a un lugar donde sí que íbamos a estar juntos para siempre...
jueves, 31 de julio de 2014
jueves, 10 de julio de 2014
El rescate (antiguo)
Érase que se era una princesa encerrada en su propio castillo. Ella quería salir, pero a la vez tenía miedo del exterior. Le era tan desconocido... cada vez que salía de él, algo o alguien le hacía daño, y volvía.
Después de meses y meses, con la única compañía de una araña llamada Paula, alguien llamó a la puerta.
-¿Quién es? -dijo ella, asustada, pues hacia años que nadie venía a buscarla.
-Soy yo.
No dijo nada más. La voz le resultó tan cálida y familiar que no pudo evitar abrirle.
Cuando subió, se dio cuenta de que era un joven príncipe apuesto, con una sonrisa sincera y una mirada que podría iluminar una noche sin luna.
-¿Sabes quién soy? -dijo él, sonriente.
-No, pero me resultas familiar -contestó ella, extrañada.
-Soy aquél que tanto buscabas. El que viste una noche y no te atreviste a saludar. Soy ese chico que ha venido a sacarte del castillo.
-¿Y quién te ha dicho a ti que quiero salir?
-Me lo dicen tus ojos. Ven -le ofrece la mano-, ¿te apetece un paseo?
La princesa aceptó, puesto que se sentía protegida acompañada de aquel príncipe. No tuvo miedo en pisar el césped descalza, después de tanto tiempo.
Aquel príncipe, le enseñó las maravillas del mundo exterior de las cuales ella nunca se había fijado. Se dio cuenta, de que se había perdido muchas cosas encerrada en su castillo... pero no le importó, porque si no hubiese estado allí, jamás se hubiese encontrado con su príncipe.
Pasaron los días, y la princesa cada vez se sentía mejor con su príncipe. Él, iba a buscarla todos los días, e incluso dormían juntos en el jardín. Ella ya no tenía miedo, pues se sentía protegida. Él se sentía feliz con el mero hecho de admiradla. Cada uno le aportaba algo especial al otro, por lo que nunca se podían separar.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Después de meses y meses, con la única compañía de una araña llamada Paula, alguien llamó a la puerta.
-¿Quién es? -dijo ella, asustada, pues hacia años que nadie venía a buscarla.
-Soy yo.
No dijo nada más. La voz le resultó tan cálida y familiar que no pudo evitar abrirle.
Cuando subió, se dio cuenta de que era un joven príncipe apuesto, con una sonrisa sincera y una mirada que podría iluminar una noche sin luna.
-¿Sabes quién soy? -dijo él, sonriente.
-No, pero me resultas familiar -contestó ella, extrañada.
-Soy aquél que tanto buscabas. El que viste una noche y no te atreviste a saludar. Soy ese chico que ha venido a sacarte del castillo.
-¿Y quién te ha dicho a ti que quiero salir?
-Me lo dicen tus ojos. Ven -le ofrece la mano-, ¿te apetece un paseo?
La princesa aceptó, puesto que se sentía protegida acompañada de aquel príncipe. No tuvo miedo en pisar el césped descalza, después de tanto tiempo.
Aquel príncipe, le enseñó las maravillas del mundo exterior de las cuales ella nunca se había fijado. Se dio cuenta, de que se había perdido muchas cosas encerrada en su castillo... pero no le importó, porque si no hubiese estado allí, jamás se hubiese encontrado con su príncipe.
domingo, 13 de abril de 2014
La puerta se abrió bruscamente. Alguien
entraba gritando.
–¡Cariño! ¡Nos han concedido el préstamo,
completo! Como aval he tenido que poner
básicamente todas nuestras pertenencias, pero bueno ¡qué más nos da si las
vamos a vender! –tenía una sonrisa que no le cabía en la cara.
Nía, que ni de lejos
se esperaba tener en sus manos los 900.000 euros que habían pedido en el banco,
ahora estaba eufórica. Tenía tantas endorfinas en el cuerpo que le salían por
las orejas.
–¡Eso es
maravilloso, Eric! Podemos ir haciendo planes de qué países visitaremos, qué
drogas queremos probar, las locuras que queremos hacer… ¡Novecientos mil euros
dan para bastante!
–Cielo, también
tenemos que tener cuidado con qué hacemos. Ahora las cosas están muy jodidas en
lo que viene a ser el tema judicial y ley, sobre todo para gente como nosotros:
sin contactos y sin dinero.
–Lo sé, amor. Bueno,
¡no pensemos ahora en lo negativo! ¡Pongámonos manos a la obra para prepararlo
todo a la perfección!
Nía fue al
ordenador, a mirar los cientos de archivos que habían guardado para este
momento: documentos llenos de información sobre aduanas, sobre dónde se
encuentra gran parte de la droga retenida por la policía, de cómo salir inmune
de un juicio de cárcel… años y años de recopilación de información, que al fin
darían resultado.
Eric fue a otro
banco diferente a coger los 20.000 euros de los ahorros que habían conseguido –con
mucho esfuerzo– durante toda su vida. Años de pluriempleo, sin vacaciones, sin
apenas vida social… años y años, que al fin serían beneficiosos.
Lo primero que
hicieron fue vender su coche –algo que no le costó casi nada de trabajo, puesto
que lo vendían ridículamente barato– y comprarse una moto para viajar por
Europa. Una Bultaco Metralla MK2 clásica. La pasión de Nía y Eric desde niños
han sido las motos, y él supo muy bien guiarla hacia las mejores motos
existentes.
Después vendieron
todas sus cosas –aunque entrasen en la fianza del préstamo que jamás pagarían–
a un precio decente para no perder demasiado dinero y venderlas en el plazo
máximo de dos días. Los dibujos de Nía volaron en las cinco primeras horas, las
maquetas y proyectos de Eric tardaron más, pero fue lo que trajo todo el dinero
de la venta. Lo único que no vendieron fue el barco, porque nadie estaba
dispuesto a darle todo lo que pedían.
–Cariño, ¿qué vamos
a hacer con el barco? A mí me gusta mucho, pero si no lo vendemos aunque sea
por cinco mil euros, nos lo vamos a comer –Eric no sabía ya qué hacer para
convencer a su mujer de rebajar su precio.
–Está en perfecto
estado, nuevo, lo hemos usado tres años y restaurado este último. ¿Cómo vamos a
tener las narices de venderlo por veinte mil euros menos de lo que nos costó? –ella
no entendía cómo podía querer venderlo tan barato, con lo tacaño que era su
esposo.
Discutieron durante
un rato, llegando a la conclusión de que lo venderían a la mitad si al tercer
día no aparecía ningún comprador. Tuvieron la suerte de que el segundo día
llegó un hombre podrido de dinero y les compró el barco por el doble de su
precio original, siempre y cuando no sacasen nada de lo que ya tuviera dentro.
‹‹Si supiese que hace meses que el barco está vacío… se reiría mucho››, pensaba
para sí Eric, casi sin poder aguantar la risa.
–Dos… tres… cuatro… –a
Nía se le abrieron los ojos como platos.
–¿Qué pasa? –preguntó
Eric, asustado.
–¡Tenemos más de un millón!
Para ser exactos… –revisó las cuentas que llevaba haciendo dos horas, por si
había algún error–, ¡tenemos un millón trescientos mil euros!
–¡Dios mío! Si es
que eres la mejor. Gracias a ti tenemos ese pastón.
–Gracias a ti, por
el crédito –Nía le guiñó un ojo a su esposo, y éste de inmediato supo a qué se
refiere.
Ambos pasaron su
última noche en Barcelona como Nía y Eric. A partir de ese momento comenzaba
una nueva vida para aquella pareja desenfrenada y loca.
Eran las seis de la
mañana y ya estaban partiendo hacia Suiza, el paraíso bancario. Allí meterían
todo su dinero para las drogas, las fiestas, y todas las demás locuras que se
le vayan presentando. Ésta sería ahora su vida, hasta los siguientes diez años
o hasta que se les acabase el dinero; entonces buscarían otras salidas o
sencillamente acabarían con ellos mismos.
Ya en Suiza,
llamaron al camello con el que Eric había estado en contacto durante los cinco
años anteriores, para que le mantuviese informado de todo lo que estaba pasando
con la recompensa de comprar más de cien mil euros en todo tipo de drogas. Tuvo
que hablar Nía, pues era la única que hablaba francés casi a la perfección.
Tras quince minutos de llamada, Eric quiso saber qué había pasado.
–Me ha dicho cómo
está la cosa actualmente: precios, policía y tipo de drogas que hay en el
mercado medianamente asequibles. Me ha dado nombres de camellos de los que no
debemos fiarnos, y menos teniendo tanto dinero encima. También me ha dicho que
él ahora mismo está entre trámites y no puede atendernos. Si nos esperamos dos
días aquí, en Suiza, nos rebajará unas cuantas cosas por los favores que le
hemos hecho en estos cinco años –Nía se paró a pensar si se le olvida algo–.
¡Ah! También me ha dado nombres de prostíbulos en toda Europa donde no debemos
ni pisar.
–¿Por qué? –Preguntó
Eric, curioso, puesto que ellos nunca habían hablado de entrar en ninguno.
–No es porque sean
prostíbulos de mala calidad, sino porque son locales “trampa” –hizo las
comillas con los dedos–, es decir, hay policías infiltrados ahí dentro que nos
la pueden liar. Ya sea por el hecho de estar en un prostíbulo o por llevar
drogas.
–Pues, ¡maravilloso!
–Eric se alegró por lo bien y lo fácil que estaba saliendo todo, y sonrió como
hacía años que no sonreía.
Así fue como Nía y
Eric empezaron su nueva vida. Al principio les costó acostumbrarse a tener que
cambiarse de nombre cada poco tiempo, a tener varios DNIs en la cartera, al
trato de vender y comprar drogas, a huir de la policía…
Pasaron los años de
diversión, como tantísimo habían deseado, pero un día del séptimo año hubo un
problema: Nía tomó heroína de mala calidad, produciéndole sobredosis. La
tuvieron que llevar directamente al hospital y, como la policía no es tonta, no
esperó a que se recuperase para hacerle un interrogatorio. Aun estando en
Bélgica, llamaron a un policía que supiera hablar español para poder hacerle un
interrogatorio al único que podía hablar: Eric.
–Comisario García.
Dieciocho de junio de dos mil cuarenta y dos. Sala de interrogatorios de
Bélgica. Presentes: el acusado, Eric Zoroa; una escolta belga y yo. Muy bien,
empecemos –el comisario se colocó en la silla, con los brazos encima de la mesa
y se inclinó hacia adelante–. Eric, ¿me lo vas a contar todo a la primera o
vamos a tener que pelear? –esbozó una pequeña sonrisa. No tenía acento, así que
Eric supuso que era realmente español.
–Lo diré todo si no
meten a Nía en esto –tenía lágrimas en los ojos, y no era capaz de mirarle.
–No te puedo
prometer nada. Puedo prometer que si ayudas en todo y además nos dices nombres
no envejecerás en la cárcel –tenía una risa burlona, risa que a Eric le daba
arcadas.
–Puedes olvidarte de
nombres –le miró a los ojos, y el comisario pudo ver la pena y la rabia en ellos.
–Muy bien, chico.
Pero quiero que me lo cuentes todo, desde el principio. Al final haremos un
trato. ¿De acuerdo?
–Está bien… –Eric
sorbió fuerte por la nariz para no llorar, y comenzó con la voz un tanto rota–.
Nía y yo nos conocimos en el 2013. Ninguno teníamos la mínima idea de tener
descendencia, así que un día decidimos que cuando yo superase los cuarenta, pediríamos
un crédito millonario –Eric sonrió y meneó la cabeza por los recuerdos–. Y así
fue.
››Cuando cumplí
veinte empezamos a recaudar información: policía, drogas, sitios menos
localizados, lugares donde si te pillan con cantidades altas de droga estás
sólo un día en el calabozo y a tu casa… lo hicimos juntos, todo –miró a los
ojos al comisario y, con una leve sonrisa una lágrima cayó, directa a la mesa–.
Estaba todo perfectamente planeado… aún no entiendo de dónde salió ese maldito
camello –rompió a llorar recordando dónde se encontraba su mujer ahora mismo.
Dejó de hablar y el
comisario lo entendió. Le dio tiempo para respirar e intentar relajarse.
–Hace siete años nos
concedieron el crédito –Eric comenzó a hablar con la cabeza entre los brazos –.
Novecientos mil euros. Cuando llegué a casa con esa pasta metida en la
cartilla, ninguno nos lo podíamos creer. Tardamos una semana, aproximadamente,
en vender todas nuestras cosas, inclusive la casa. En total llegamos al millón
trescientos mil. Fue una alegría enorme… el cinco de mayo pisamos Suiza,
metimos todo el dinero en la cuenta y empezamos a vivir nuestro sueño. Pero no
ha acabado bien… –empezó a llorar de nuevo–. ¡nada bien! –Gritó, golpeando la
mesa. El comisario se asustó pero no temió nada, sólo era un hombre dolorido.
››El verdadero final
de todo esto tendría que haber sido en tres años, muriéndonos juntos. Ya sea en
la cárcel o por una sobredosis extrema de ambos a la vez… ¡pero no! –Volvió a
golpear la mesa–. Un maldito camello estafador tenía que joderlo todo…
Rompió a llorar. Se
agarró el pelo de la cabeza y se culpaba una y otra vez por su esposa, porque
él no estuvo vigilante. Se maldecía, y mucho más al estafador que les vendió
esos gramos.
El comisario salió
de la sala, junto con la escolta.
La policía fue a su
“casa” de Bélgica y encontró ordenadores con toda la información que Eric le había
dicho al comisario. Los confiscaron. García avisó a Eric de que no intentase
nada de lo que ahí tenían escrito, porque podrían salir mal parados.
Meses después,
cuando Nía estaba recuperada, apenas sin secuelas, hubo un juicio. En él se les
declaró culpables a ambos de tráfico de estupefacientes e ilegalidad fiscal,
por no pagar el préstamo y vender la fianza de éste. Fueron condenados a cinco
años de cárcel, que se redujo a tres por la ayuda proporcionada a la policía.
En el último mes de
condena, a Nía le detectaron un cáncer terminal, con una vida máxima de tres
meses con tratamiento médico. Ambos aceptaron y, por buena conducta, salieron
con cargos. Lo primero que hicieron fue ir a un hospital, donde Nía murió dos
meses más tarde. Pero Eric no salió de allí, ni siquiera nadie sabe dónde puede
estar. Hay gente que dice haber visto a un hombre en la sala de espera
repetidos días, buscando por internet un billete a Suiza. Quien le daba
conversación acababa sabiendo la historia de los diez últimos años de la vida
de una pareja que, según muchos, sabían vivir de verdad.
jueves, 9 de enero de 2014
Basado en hechos reales.
John era un padre cincuentón, jubilado, sin más preocupaciones que no olvidarse el 1'50€ que cuesta una caña en su bar favorito, el que está en frente de su casa. John, con un hijo de casi 30 años, estaba muy contento con su vida: nunca le había faltado en la mesa un plato para su mujer y su hijo, tiene las dos mejores nietas del mundo, y en unos días hace 30 años casado con la mujer de su vida. Se podría decir que John, ha sido un hombre afortunado.
Un día, mientras John pasaba por la carretera de siempre, de vuelta de una rutinaria visita al médico, se encontró con un aparatoso accidente, al parecer, muy reciente; porque no había señales de que la policía ni la ambulancia hayan estado por allí. John bajó del coche para ver mejor y se encontró con un coche destrozado completamente. «Hay muertos, seguro. Mejor me llevo una manta por... por lo que pueda pasar», pensó,a la vez que cogía la manta azul que utilizaba su hijo para dormir de pequeño.
Al bajar se acercó al coche, que siquiera parecía uno. Sólo era un amasijo de hierros con una especie de chasis blanco, con las ventanas destrozadas. Ni la matrícula era visible. No muy lejos, vio una persona. John se acercó a un paso rápido, por si había una escasa posibilidad de que aún tuviera vida. Cuando estaba a un metro de él, se dio cuenta de que no. Aquel muchacho estaba completamente desfigurado.
–Está tan mal que ni su padre le reconocería –pensó en voz alta, con un nudo en el estómago.
John cogió la manta, la sacudió para estirarla y la echó encima del chico. A lo lejos vio un camión volcado, cuyo dueño (o eso parecía) estaba con un móvil en la oreja. «Estará llamando a una ambulancia, mejor me voy; aquí no pinto nada».
Al llegar a su bar favorito, John le contó al mese lo ocurrido:
–...pobre chaval, Pedro. Estaba jodidamente desfigurado. No sé si era de aquí, de Barcelona o de Suiza. No tenía rasgos y estaba ensangrentado. Ojalá no haya dejado a nadie... –a John se le hizo un nudo en la garganta y no pudo seguir–. Si tú lo hubieras visto, Pedro. Eso no parecía una persona. Ni siquiera sé si debí taparlo, a lo mejor la policía ni lo encuentra... qué pena me da, ¡parecía joven!
Entró la mujer del mese.
–¡Pedro! ¿Te has enterado del accidente? ¡Ha muerto...!
–¡Shhh! –le cortó Pedro a su mujer, señalando a John con los ojos.
Entonces se escuchó una ambulancia, que se para en la casa de John.
John ata cables.
Su hijo hoy iba al pueblo de al lado, a comprar, con su coche blanco.
John salió.
Buscaban a John.
Las piernas de John pesaban más de lo normal.
John se derrumba.
John, llora.
Un día, mientras John pasaba por la carretera de siempre, de vuelta de una rutinaria visita al médico, se encontró con un aparatoso accidente, al parecer, muy reciente; porque no había señales de que la policía ni la ambulancia hayan estado por allí. John bajó del coche para ver mejor y se encontró con un coche destrozado completamente. «Hay muertos, seguro. Mejor me llevo una manta por... por lo que pueda pasar», pensó,a la vez que cogía la manta azul que utilizaba su hijo para dormir de pequeño.
Al bajar se acercó al coche, que siquiera parecía uno. Sólo era un amasijo de hierros con una especie de chasis blanco, con las ventanas destrozadas. Ni la matrícula era visible. No muy lejos, vio una persona. John se acercó a un paso rápido, por si había una escasa posibilidad de que aún tuviera vida. Cuando estaba a un metro de él, se dio cuenta de que no. Aquel muchacho estaba completamente desfigurado.
–Está tan mal que ni su padre le reconocería –pensó en voz alta, con un nudo en el estómago.
John cogió la manta, la sacudió para estirarla y la echó encima del chico. A lo lejos vio un camión volcado, cuyo dueño (o eso parecía) estaba con un móvil en la oreja. «Estará llamando a una ambulancia, mejor me voy; aquí no pinto nada».
Al llegar a su bar favorito, John le contó al mese lo ocurrido:
–...pobre chaval, Pedro. Estaba jodidamente desfigurado. No sé si era de aquí, de Barcelona o de Suiza. No tenía rasgos y estaba ensangrentado. Ojalá no haya dejado a nadie... –a John se le hizo un nudo en la garganta y no pudo seguir–. Si tú lo hubieras visto, Pedro. Eso no parecía una persona. Ni siquiera sé si debí taparlo, a lo mejor la policía ni lo encuentra... qué pena me da, ¡parecía joven!
Entró la mujer del mese.
–¡Pedro! ¿Te has enterado del accidente? ¡Ha muerto...!
–¡Shhh! –le cortó Pedro a su mujer, señalando a John con los ojos.
Entonces se escuchó una ambulancia, que se para en la casa de John.
John ata cables.
Su hijo hoy iba al pueblo de al lado, a comprar, con su coche blanco.
John salió.
Buscaban a John.
Las piernas de John pesaban más de lo normal.
John se derrumba.
John, llora.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Desaparición. [Parte 1]
Eran las 8:13 y Diana ya llegaba tarde al instituto pero no le importaba. Eran los primeros días, así que los profesores no le daban mucha importancia a los retrasos y a las faltas. 8:14 y ya veía la puerta del instituto así que aceleró un poco y entró con justo cuando sonaba la alarma. A primera hora tenía Biología, por eso había llegado casi corriendo. Entra a la clase con un "perdón" y se sienta en su sitio. La clase va sobre el sistema nervioso humano, así que toda la clase se aburre menos ella.
A las 9:15 termina la clase y Diana sale a mover las piernas. Por el camino, un chico mayor le llama la atención y se da cuenta de que la mira. Él le hace un gesto para que la siga y ella mira a su alrededor distraídamente, y anda tras el chico. La lleva hasta una especie de azotea que Diana no sabía ni que existía; y tampoco sabía qué hacía siguiendo a un desconocido. Allí arriba, alguien se le acerca por detrás sin que le vea y la sujeta. El desconocido al que siguió le venda los ojos y le pone un espaladrapo en la boca, aunque Diana no iba a intentar gritar. Sabía que era inútil, puesto que estaban lejos de cualquier profesor y las clases ya habían empezado. Alguien le golpea la cabeza, haciendo que quede inconsciente en el suelo.
Cuando la profesora de matemáticas se da cuenta de que Diana no está, pero sus cosas sí, pregunta a sus compañeros que si la han visto y todos niegan con la cabeza. Alertada, sale un momento a buscarla y a preguntarle a los demás profesores la habían visto, pero nada. Parece como si se hubiese desvanecido en el aire. Ésta se preocupa y baja a la conserjería a por el número de sus padres y preguntarle si ellos saben algo de ella. Su madre se preocupa y decide llamar a la policía. La profesora vuelve a su puesto de trabajo, esperando que todo se trate de una broma o un despiste.
Diana se encuentra sentada en una silla en algún lugar oscuro, porque abre los ojos y no ve nada a través de la fina venda blanca que le pusieron en el instituto. Aún no sabe cómo la han bajado sin que nadie la viese o se alertase. Le duele mucho la sien del golpe, y se está preguntando para qué la quieren una panda de desconocidos... porque son desconocidos. Empieza a dudar e intentar recordar la cara del chico al que siguió. Piel clara, ojos verdes oscuros y cresta.
Se dice a sí misma una y otra vez que es estúpida por seguir a un desconocido, estúpida por no haberse quedado en clase como los profesores le tienen dicho y más estúpida aún por no haber llamado a Jandro ha sido despertarse, ya que ahora se estará preocupando y con relativa razón.
También piensa que si la están buscando o sencillamente todo el mundo cree que ha hecho pellas. Piensa en sus padres, en los preocupados que están si saben ya de su desaparición o lo que estarán cuando nadie llegue a su casa a las 4.
Se escucha una puerta y Diana empieza a temblar.
-¿Estás seguro de que era ella? No le veo el mismo cuerpo que tú decías -grita un chico de voz grave.
-Sí, joder, hazme caso. Es la de Internet, la McTetis.
Diana piensa que se han equivocado de persona, puesto que ella no tiene ni idea de lo que hablan.
Alguien le quita la venda en los ojos, y se encuentra con un hombre de alrededor de unos 20 años, con una camiseta blanca lisa, bermudas vaqueras y barba de una semana. Sus ojos claros la penetran hasta el alma.
-Bueno, pues vamos a comprobar si es la de las tetitas famosas -dice, con una sonrisa y en un tono burlón.
El chico se abalanzó hacia ella e intentó quitarle la camiseta. Ella forcejeaba sin saber qué hacía ni la razón de sus actos. Al tener las manos atadas, poco pudo hacer y terminó rompiéndole la fina camiseta de tirantes que tenía, dejando a la vista su sujetador de encaje azul. Ella miraba al chico y en su cara se encendió un brillo de lujuria.
-¡Sí tío, tenías razón, es ella! ¡Lo que voy a disfrutar! -se volvió hacia ella y la desnudó completamente mientras Diana lloraba, de vergüenza e impotencia.
Continuará...
A las 9:15 termina la clase y Diana sale a mover las piernas. Por el camino, un chico mayor le llama la atención y se da cuenta de que la mira. Él le hace un gesto para que la siga y ella mira a su alrededor distraídamente, y anda tras el chico. La lleva hasta una especie de azotea que Diana no sabía ni que existía; y tampoco sabía qué hacía siguiendo a un desconocido. Allí arriba, alguien se le acerca por detrás sin que le vea y la sujeta. El desconocido al que siguió le venda los ojos y le pone un espaladrapo en la boca, aunque Diana no iba a intentar gritar. Sabía que era inútil, puesto que estaban lejos de cualquier profesor y las clases ya habían empezado. Alguien le golpea la cabeza, haciendo que quede inconsciente en el suelo.
* * *
Cuando la profesora de matemáticas se da cuenta de que Diana no está, pero sus cosas sí, pregunta a sus compañeros que si la han visto y todos niegan con la cabeza. Alertada, sale un momento a buscarla y a preguntarle a los demás profesores la habían visto, pero nada. Parece como si se hubiese desvanecido en el aire. Ésta se preocupa y baja a la conserjería a por el número de sus padres y preguntarle si ellos saben algo de ella. Su madre se preocupa y decide llamar a la policía. La profesora vuelve a su puesto de trabajo, esperando que todo se trate de una broma o un despiste.
* * *
Se dice a sí misma una y otra vez que es estúpida por seguir a un desconocido, estúpida por no haberse quedado en clase como los profesores le tienen dicho y más estúpida aún por no haber llamado a Jandro ha sido despertarse, ya que ahora se estará preocupando y con relativa razón.
También piensa que si la están buscando o sencillamente todo el mundo cree que ha hecho pellas. Piensa en sus padres, en los preocupados que están si saben ya de su desaparición o lo que estarán cuando nadie llegue a su casa a las 4.
Se escucha una puerta y Diana empieza a temblar.
-¿Estás seguro de que era ella? No le veo el mismo cuerpo que tú decías -grita un chico de voz grave.
-Sí, joder, hazme caso. Es la de Internet, la McTetis.
Diana piensa que se han equivocado de persona, puesto que ella no tiene ni idea de lo que hablan.
Alguien le quita la venda en los ojos, y se encuentra con un hombre de alrededor de unos 20 años, con una camiseta blanca lisa, bermudas vaqueras y barba de una semana. Sus ojos claros la penetran hasta el alma.
-Bueno, pues vamos a comprobar si es la de las tetitas famosas -dice, con una sonrisa y en un tono burlón.
El chico se abalanzó hacia ella e intentó quitarle la camiseta. Ella forcejeaba sin saber qué hacía ni la razón de sus actos. Al tener las manos atadas, poco pudo hacer y terminó rompiéndole la fina camiseta de tirantes que tenía, dejando a la vista su sujetador de encaje azul. Ella miraba al chico y en su cara se encendió un brillo de lujuria.
-¡Sí tío, tenías razón, es ella! ¡Lo que voy a disfrutar! -se volvió hacia ella y la desnudó completamente mientras Diana lloraba, de vergüenza e impotencia.
Continuará...
jueves, 8 de agosto de 2013
Dependencia.
Sentirte vacía cuando te falta la otra persona. Dar de lado a todos y a todo simplemente por verle sonreír. Maquillarte aunque lo odies para darle el gusto. Sobrellevar los miedos y las inseguridades para que se sienta orgulloso de ti. Superarte día a día para verle feliz. Hacer el idiota simplemente para ver como niega con la cabeza mientras se muerde el labio. Sentir un escalofrío por toda la espalda cuando te habla con su voz más dulce. Estar desganada cuando no está, y estar pensando todo el rato en qué hace y si te estará echando o no de menos. Llevarle la contraria simplemente para picarle. Decir y hacer pastelazos a cada rato porque sabes que le encanta. Dejar de hacer cualquier cosa para darle mi total atención.
Sonreír y que se me olvide todo al pensar que en poco más de una semana voy a estar entre sus brazos. Sentir cosquilleos por todo el cuerpo al imaginarme sus caricias, sus besos, sus mimos...
Sonreír y que se me olvide todo al pensar que en poco más de una semana voy a estar entre sus brazos. Sentir cosquilleos por todo el cuerpo al imaginarme sus caricias, sus besos, sus mimos...
Hola, me llamo Atheris Hispida, y él es mi droga.
lunes, 1 de julio de 2013
Pantera – En plan salvaje (Parte 1).
En el siglo
XXII, cuando los humanos no eran más que desechos de ellos mismos,
enjaulados en terrenos tan reducidos que no podían ni vivir, teniendo tantos hijos como deseaban porque eran costeados por
los demás, viviendo la vida de otros porque la suya no valía nada,
nació Retna. Tenía el cabello negro como la noche, los ojos
verdes y piel morena. Ya de pequeña demostraba una constitución
atlética, pero sobretodo destacaba por no querer nada de tecnología
y por su amor incondicional a la fauna y flora salvaje.
–¡Maldita
niña! ¡Que quiere un perro dice! ¿Es que no estás contenta con tu
tablet y tus juegos de realidad virtual? –le gritaba su madre todos
los días.
Nadie la
entendía, todos eran unos esclavos del sistema que sólo deseaban
ser mejor que el vecino, demostrar cosas que no tenían aunque
tuviesen que malvivir por eso. Retna los veía a todos como locos, y
cuanto más crecía, más se daba cuenta de que tenía toda la razón
y poco a poco estaban suicidando a la raza humana, exterminando
con todas las demás. Se dio cuenta de que tenía dos opciones: aguantar
allí, sometida al sistema y viendo como la naturaleza fallecía poco
a poco, o vivir junto a ella como una sola, siendo salvaje y huyendo
de depredadores que desean su sangre. Con tan sólo 14 años, se
escapó de casa con la única compañía de un machete y una
cantimplora con agua.
Andó durante
días, mendigando y ganando de todo en las calles, pues toda la gente
“era buena y le daba todo lo que podía”. Retna sabía que
era para salvar su conciencia de malas acciones y pensar “qué
buena persona soy, ayudo a quien más lo necesita”, pero le daba
igual. Ahora mismo sólo ella y la naturaleza importaban.
Al fin llegó
a un bosque. No era muy grande y la mayoría de los días estaba
siendo explotado por industrias madereras, mas a ella no le
importaba; era algo bueno para empezar.
Con unas
cuantas ramas y hojas se hizo una choza y una especie de cama. Con un
mechero que le donó un yonki hizo una hoguera y asó un filete que
le dio un carnicero obeso. El olor hizo que una pantera
negra, preciosa y oscura como la noche, se acercase. Retna se asustó, ya que era la primera vez que veía a un animal en un territorio salvaje, lo
que ella no sabía es que la pantera tenía mucho más miedo de ella
que al revés. Le ofreció un trozo de filete y la pantera lo cogió,
cuidadosa, y se alejó un poco. Lo suficiente para que Retna
estuviese tranquila y aún se le viese el reflejo de los ojos.
Terminó de comérselo, se acercó a Retna y le lamió la mejilla. La
pantera se fue sigilosa y veloz, y Retna sonrió como nunca antes. Se
terminó la cena y se puso a dormir.
Ese fue su
primer encuentro con un animal salvaje, dándose cuenta de que todos
temían al ser humano. Tenían miedo de sus armas asesinas, de sus
máquinas destructoras y de su mente perversa. Pero ellos se daban
cuenta de que Retna no era como los demás, Retna era un animal más.
Poco a poco
fue acostumbrándose a cazar con las manos y se acostumbró al sabor
de la sangre y la amargura de la savia. Se hizo amiga de todos los
depredadores y se ayudaban mutuamente.
Pasaron los
años y Retna se había convertido en una de las mejores cazadoras
que conocía la selva, pero también un animal muy noble y fiel. Sus
sentidos se desarrollaron: oía mucho mejor, su olfato era infalible
y cada día veía mejor en la oscuridad. Ahora iba completamente
desnuda, sin complejos y sintiendo a la naturaleza en todo su
esplendor. Retna estaba muy a gusto con su nueva forma de ser, pero
le faltaba algo: un compañero. Aunque ella había estado sola toda
su vida y no tenía problemas con ningún animal, quería tener a
alguien con el que dormir todas las noches, cazar juntos todos los
días y tener descendencia.
El día del 18
cumpleaños, Retna decidió hacer algo nuevo. Cogió todas sus cosas
y se fue a buscar otros lugares. Cogió sus pocas pertenencias y
marchó, sigilosa y rápida como una pantera. No sabía a
dónde ir y tampoco si los humanos habían terminado por destruir todo
territorio virgen que quedase, pero ella no se dio por vencido y
buscó durante días. En su camino vio animales que no sabía que
existían, pero no se asustó ni temió. Simplemente se sorprendió y
estuvo un rato con ellos, aprendiendo cosas nuevas.
Retna llegó a
un lago cristalino que incluso se podía ver el fondo. Había peces
de todos los tamaños y colores. Le encantaba el agua, así que no
pudo resistirse a bañarse. Dejó sus cosas en la orilla y se metió,
disfrutando de lo fresquita que estaba el agua. Entonces, escuchó un
ruido y salió a la superficie. Vio un animal que llevaba muchísimo
tiempo sin saber de él, así que pocos recuerdos le quedaban. Retna
vio a su raza, la humana, a una mujer que estaba tomando el sol, boca
abajo. Era verdaderamente hermosa, ya no recordaba lo que sentía al
ver a una mujer desnuda. Tenía el pelo pelirrojo y por la cintura.
Su piel, al contrario que la de Retna, era muy pálida y parecía de
porcelana. Tenía la espalda curva, y las piernas largas y atléticas.
No estaba gorda pero tampoco delgada, tenía curvas en la cintura. Entonces se levantó, y Retna la pudo ver bien. Era muy hermosa,
tenía los ojos marrones, grandes. Los labios eran rosados y
carnosos. Sus mejillas estaban rojas del sol y sus dientes eran
blancos como la leche. Las manos eran delicadas y parecía que con un
simple golpe se iban a romper. Realmente, era el ser más hermoso que
Retna había visto jamás. Sin pensarlo, fue nadando hacia ella. La
mujer se sorprendió al verla, y se echó un poco para atrás. Retna
no quería asustarla, así que frenó y quedó flotando en el agua.
La mujer sonrió y saludó con la mano. Retna se sonrojó, pero no
podía apartar la mirada de esos ojos marrones suaves y calientes,
que parecía que la abrazaban. Salió del agua y vio que era más
alta que la mujer, tenía los pechos más pequeños, su espalda era
más ancha y tenía muchos más músculos. La mujer le tocó los
abdominales, que los tenía bastante marcados.
–Tienes
cuerpo de hombre –dijo la mujer con una sonrisa. Su voz era dulce y
suave, un poco aguda, pero transmitía tranquilidad–, pero eres
hermosa –se miraron a los ojos y Retna se sonrojó mucho más–.
Me llamo Enia, ¿y tú? –apartó la mano de sus abdominales y se
las puso en la espalda, como una niña tímida.
–Retna
–estaba muy sonrojada y nerviosa. Apenas recordaba cómo hablar ya
que llevaba meses sin hacerlo. Se dio cuenta de que su voz era mucho
más grave y seca que la de Enia, y eso la hizo sentirse en mal
lugar–. Tú también... eres... muy hermosa –giró la cabeza,
apartando la mirada.
Enia sonrió,
y dijo:
–Gracias –le
levantó la barbilla para que la mirase mientras se mordía un labio.
Sus manos estaban calientes y sus dedos eran muy suaves. Era lo más
sexy que Retna había visto jamás, y no sabía cómo responder–.
¿De dónde eres? –preguntó con voz infantil.
–De... –fue
entonces cuando Retna se dio cuenta de que no se acordaba de dónde
era antes de meterse en el bosque. Se sintió muy mal y volvió a
apartar la mirada aunque los dedos de Enia aún la sujetaban– ...no
lo sé.
–¿No sabes
de dónde eres? –rió como una niña, de nuevo–. Todos venimos de
algún sitio, yo por ejemplo vengo de España, un lugar feo que no me
gusta –hizo un puchero–. Este lago no lo considero parte de
España, es demasiado bonito –rió y miró al lago–. Este es mi
sitio, y si quieres también puede ser el tuyo –miró y acarició
el ombligo de Retna, y volvió a sus ojos sin dejar de
acariciarla–. Tú también tienes que venir de algún sitio, aunque
no tenga nombre.
–Vengo de un
bosque bonito, lleno de animales y plantas salvajes –estaba
embobada mirando sus ojos, ni siquiera sabía cómo había sido capaz
de hablar.
–¿Me
llevarás? –preguntó con una sonrisa infantil.
–A ti te
llevo a dónde me pidas.
–Pues ven
–cogió a Retna de la mano y la llevó sin mucho problema hasta una
arboleda cercana. La sentó en el suelo y ella se sentó encima de
sus piernas, agarrándole las manos.
Retna estaba
absorta con su belleza, con su cuerpo de musa y su voz de ángel. Su
mente no dejaba de pensar en mil cosas que hacer con ella, dormir
todas las noches en su pecho, cuidarla de cualquier peligro y
enseñarla a distinguir entre las plantas buenas y las malas. También
le llenaría el cielo de estrellas en una noche nublada, le taparía
el sol para no oscurecer su hermosa piel, la colmaría de besos y
caricias cuando tuviese miedo, y le haría sentir lo que nunca antes
nadie la había hecho. Porque ella era un animal salvaje, y lo
salvaje siempre es mejor.
Mientras que
estaba sentada encima suya, Retna le puso las manos en su cintura sin
apartar la vista de sus ojos marrones. Enia se acercó más a su
rostro, y Retna sintió su aliento. Era cálido y suave, olía a
menta fresca. Su corazón le iba a mil por hora y cada vez tenía la
respiración más agitada. Retna se acercó más. Ansiaba sus labios
rosados, que se unían perfectamente con su piel de porcelana. Enia
se acercó más, acabando a milímetros la una de la otra. Retna la
agarró fuerte por la cintura, pero sin hacerle daño, simplemente la
apretaba contra ella para que no se escapara. Enia sonrió y eso hizo
que Retna no se pudiese controlar y la besó. Sus labios eran suaves,
dulces y su lengua estaba caliente. Su boca tenía el mismo sabor que
su aliento. Enia se separó de Retna, dejándola con ganas de más.
Sonrió y la empujó, tirándola al suelo y volviéndola a besar,
agarrándola esta vez con una mano por la cintura y con la otra en el
cuello, suave pero a la vez fiera, con deseos de lujuria. Empezaba a
atardecer, y ésta iba a ser una noche perfecta para unión de Retna
y Enia.
Continuará...
miércoles, 26 de junio de 2013
...¿adiós?...
No quiero volver a verte. Todo este tiempo contigo ha sido un desperdicio, no vales nada. Eres horrible, nunca me había sentido tan mal con nadie. Das asco, estás enferma, pocas personas he conocido que vayan dando más pena que tú. Necesitas el dolor ajeno para ser feliz y no te conformas con nada. Eres demasiado avariciosa y vas a acabar mal, si es que yo no lo consigo. Espero que sufras y que no llegues nunca a nada, porque no eres nada. Sólo eres fachada, bonita y deseosa, sí; pero pura fachada. No te mereces a nadie que te quiera, puesto que tú ni siquiera sabes hacerlo.
Espero no volver a verte nunca. Adiós.
Nunca se había sentido tan rota. Vio que realmente tenía mucha razón, pero ella también había dado mucho por todo este tiempo, por todo ese amor y por esa relación que se iba al traste por una disputa. Ella nunca pensó que podía pasar todo eso por "pequeños" fallos tontos. Se dio cuenta de muchas cosas, de muchos errores que, por supuesto, nunca más iba a tener.
Se aisló completamente y se rapó la parte restante de la cabeza. Rompió toda la ropa que le recordaba a él y cambió dástricamente. Desenchufó el ordenador para no volverlo a encender. Tiró su móvil por el balcón haciéndose mil pedazos. Tintó sus llaves de negro y salió de casa con ellas en la mano, para volver de madrugada. Sus padres la castigaron sin ordenador, pero ella ya lo había desconectado anteriomente así que se rió en sus caras. Ellos la abofetearon y ella rió aún más.
Lo único bueno que hizo fue centrarse en los estudios, aislándose de todo y metiendo su cabeza, mente y pensamiento únicamente en el saber, las ciencias, saciando su curiosidad. Pero eso sí, dejó de llevarse tan bien con los alumnos y los maestros, los trabajos conjuntos los hacía sola y si se lo prohibían no lo hacía, empezó a reunirse con mala gente a sabiendas, mas le daba igual; ya no le tenía aprecio a su vida, y sólo deseaba hacer lo que nunca antes había podido.
Se hizo ella sola piercings en las orejas, todos los posibles. También se dilató éstas hasta 4 cm cada una. Todas las tardes se iba con malas compañías a beber y drogarse como nunca antes se imaginó que lo haría. Volvía a las tantas, sin preocuparse de las regañinas o los castigos, pues nada podrían hacerle daño ni sujetarla. No tenía miedo de saltar desde balcón a la calle viviendo en un primero; o salirse volando entre las terrazas. Ya no le temía a la muerte, se había hecho su aliada.
Volvió a llegar el verano, sacando el curso como una de las mejores macarras que nunca existieron. Por un momento se volvió a conectar a esas páginas que abandonó durante un año entero, dándose cuenta de que la gente colgaba cosas suyas y todo el mundo estaba enterado de su situación. Algunos se preocupaban, a otros le daba igual y otros incluso se alegraban. Ella empezó a hablar con antiguos amigos que enseguida se dieron cuenta de su brutal cambio y de su ausencia. Muchos le pidieron regresar a lo que ella se negó rotundamente.
Entonces, apareció él. Apareció el que lo inició todo, apareció la persona por la cual había cambiado radicalmente su vida. Apareció y la saludó como si nada hubiese pasado.
Ella se destrozaba hablando con él, pero tampoco quería parar. Se añoraban mutuamente y él se dio cuenta de que cometió un tremendo error dejándola y destrozándola, sólo se enfadó y él... él tiene muy mal pronto, ambos lo sabían. Se disculpó una y otra vez, hasta que ella accedió a una videollamada y él la vio. Tan cambiada, tan distinta... pero lo que más impactó fue que lloraba, como una niña. Como la niña que realmente era. Nunca antes él la había visto llorar, y ahora le mataba cómo lo hacía. Ella le enseñó en qué la había transformado, que ahora era una persona con corazón de hielo, que ni siente ni quiere sentir. No quiere volver a enamorarse, no quiere volver a depender. Él le dio razones para confiar, pero ella estaba ciega de dolor y rencor. Después de horas y horas, ella se fue sin perdonarle y sin dejar de llorar.
No se conectó más, a sabiendas de que podía volver a encontrarle y volver a sufrir lo anterior. Cada vez iba a peor, acabando en un hospital por un accidente de coche. Se montó con unos desconocidos e hicieron carreras ilegales, acabando estrellados en la cuneta.
Ella quedó en coma durante meses, hasta que un día despertó y vio llorando en el sillón a la persona que le había hecho tanto daño. Lo llamó, y él levantó lentamente la cabeza. Se tiró hacia ella llorando y riendo a la vez, disculpándose por todo, lamentándose y rogando clemencia. Ella sonrió por primera vez desde hace más de un año, y le acarició el pelo. Le levantó, se quitó la mascarilla y se besaron por primera vez desde hace mucho.
Volvió a la vida después de una pesadilla.
Algo, mientras estaba en coma, la hizo recapacitar y volver a dar amor.
Quizás fuesen todas las promesas que quedaban por cumplir, quizás fuesen los recuerdos de su vida antes del cambio... o quizás simplemente fuesen sus deseos de encontrar de nuevo la cordura.
martes, 18 de junio de 2013
Propósitos.
Te dan una meta que no es obligatoria, que tú puedes hacerla si quieres o no. Al primer vistazo y ver su dificultad, piensas "no voy a poder hacerlo", pero de todos modos lo intentas, no tienes nada que perder.
Empiezas, te equivocas, corriges y vuelves a intentarlo. Cuesta pero no es tan difícil como te pensabas. Poco a poco ya tienes la primera parte del problema hecho. Te sientes orgulloso, mas ahora tienes el problema de no saber cómo seguir. Lo intentas una vez y fallas, tienes miedo de volver a intentarlo. Haces unas pocas cosas y lo dejas.
Los días pasan y no te has olvidado de ello. Quieres seguir pero no tienes ganas, hasta que un día te vuelves a poner a hacerlo y ¡sorpresa! Lo has terminado y te ha quedado mucho mejor de lo que esperabas cuando empezabas. Te sientes muchísimo más orgulloso de ti mismo y vas a dárselo a la persona que te lo pidió, deseando que le guste tanto o más que a ti.
Lo mejor de todo es que has disfrutado verdaderamente con lo que hacías, no pensabas que era una opresión ni una obligación. Sencillamente, un deseo, una meta. Así debería ser todo: un juego, en el que se gana o se pierde y no hay vuelta atrás.
Empiezas, te equivocas, corriges y vuelves a intentarlo. Cuesta pero no es tan difícil como te pensabas. Poco a poco ya tienes la primera parte del problema hecho. Te sientes orgulloso, mas ahora tienes el problema de no saber cómo seguir. Lo intentas una vez y fallas, tienes miedo de volver a intentarlo. Haces unas pocas cosas y lo dejas.
Los días pasan y no te has olvidado de ello. Quieres seguir pero no tienes ganas, hasta que un día te vuelves a poner a hacerlo y ¡sorpresa! Lo has terminado y te ha quedado mucho mejor de lo que esperabas cuando empezabas. Te sientes muchísimo más orgulloso de ti mismo y vas a dárselo a la persona que te lo pidió, deseando que le guste tanto o más que a ti.
Lo mejor de todo es que has disfrutado verdaderamente con lo que hacías, no pensabas que era una opresión ni una obligación. Sencillamente, un deseo, una meta. Así debería ser todo: un juego, en el que se gana o se pierde y no hay vuelta atrás.
domingo, 26 de mayo de 2013
Goss de Foc - Parte 2
PRIMERA PARTE.
-
Pasan los días y ninguno sabe nada de ninguno. Ella echa de menos sus caricias, sus besos, sus bromas... le echa de menos a él, pero sabe que va a volver y todo será como siempre, como si nada hubiera pasado. Recuerda todos los momentos que han pasado en esos cuatro años, todas las sonrisas, todas las conversaciones tontas, y por un momento teme que nada de eso fuese verdad sino que él la utilizaba para poder lograr todas las cosas que lograron, para poder tener más dinero y más intimidad para hacer todas esas cosas... "No, él no haría eso", se repite una y otra vez. Sabe que es una tontería, pero ella no deja de comerse la cabeza por paranoias.
En medio de su monólogo mental y a punto de echarse a llorar, suena el teléfono.
—¿Quién es? —dice ella, con un tono monótono y sin ganas de hablar con nadie.
—Le tenemos —contesta una voz robótica, que se nota desde lejos que está distorsionada.
—¿Cómo dice? —siente miedo.
—Tenemos a tu pareja, el independentista ese que intentó matar a nuestro líder —tiene una sonrisa maliciosa en la cara, ella lo nota por el tono de la voz.
En ese momento se le cae el mundo encima. Le tenían un grupo de... vete a saber tú de qué. Era lo peor que podía pasar, pues ellos no seguían una ley, una orden, nada. Actuaban por actuar y asesinaban sin piedad a cualquiera que se le cruce por delante.
Pero entonces, la voz vuelve a hablar:
—Si quieres volver a verle, tienes que luchar contra nosotros.
—¿Quiere que luche yo sola contra muchos de vosotros? ¿Estáis locos? Moriremos los dos.
—No, no, tú sola no —ríe—. Puedes ayudarte de los súbditos de este cabrón, nos da igual.
—¿Y eso de qué serviría? —no entiende nada.
—Serviría para crear el caos en España y todo el mundo sienta miedo. Sería una guerra interna entre dos bandos, dos clanes terroristas poderosos. Nadie se lo esperará y todos se rendirán a nuestros pies.
—Está bien. Trato hecho.
—Ya tendrás noticias mías —cuelga.
Ella se da cuenta de en la guerra en la que se acaba de meter, en que no conoce a nadie del bando de él, en que no tiene armas...
Está perdida, pero no le importa demasiado. Si detrás de todo esto está él, no se lo piensa dos veces para ir en su búsqueda.
1 de junio.
Ella ha ido buscando a gente con la que ayudarse, y ha conseguido a pocos. No ha conseguido información ninguna de CIT... tiene pocas cosas en las que buscar, pero ya está lista para irse a Madrid a montar una cruzada entre dos grupos terroristas. No había sido independentista, aunque sí se lo había pensado varias veces pues se daba cuenta de que era lo mejor que podía hacer, ya que era mejor proporcionarle libertad a unos que arrebatársela a otros. Pero ahora lo sabía, ahora sabía que alguien enamorado de la patria tenía al amor de su vida y podía hacerle cualquier cosa —si es que no se la había hecho ya—. Ahora, luchaba... luchaba per una Catalunya lliure i sense opresio.
-
Pasan los días y ninguno sabe nada de ninguno. Ella echa de menos sus caricias, sus besos, sus bromas... le echa de menos a él, pero sabe que va a volver y todo será como siempre, como si nada hubiera pasado. Recuerda todos los momentos que han pasado en esos cuatro años, todas las sonrisas, todas las conversaciones tontas, y por un momento teme que nada de eso fuese verdad sino que él la utilizaba para poder lograr todas las cosas que lograron, para poder tener más dinero y más intimidad para hacer todas esas cosas... "No, él no haría eso", se repite una y otra vez. Sabe que es una tontería, pero ella no deja de comerse la cabeza por paranoias.
En medio de su monólogo mental y a punto de echarse a llorar, suena el teléfono.
—¿Quién es? —dice ella, con un tono monótono y sin ganas de hablar con nadie.
—Le tenemos —contesta una voz robótica, que se nota desde lejos que está distorsionada.
—¿Cómo dice? —siente miedo.
—Tenemos a tu pareja, el independentista ese que intentó matar a nuestro líder —tiene una sonrisa maliciosa en la cara, ella lo nota por el tono de la voz.
En ese momento se le cae el mundo encima. Le tenían un grupo de... vete a saber tú de qué. Era lo peor que podía pasar, pues ellos no seguían una ley, una orden, nada. Actuaban por actuar y asesinaban sin piedad a cualquiera que se le cruce por delante.
Pero entonces, la voz vuelve a hablar:
—Si quieres volver a verle, tienes que luchar contra nosotros.
—¿Quiere que luche yo sola contra muchos de vosotros? ¿Estáis locos? Moriremos los dos.
—No, no, tú sola no —ríe—. Puedes ayudarte de los súbditos de este cabrón, nos da igual.
—¿Y eso de qué serviría? —no entiende nada.
—Serviría para crear el caos en España y todo el mundo sienta miedo. Sería una guerra interna entre dos bandos, dos clanes terroristas poderosos. Nadie se lo esperará y todos se rendirán a nuestros pies.
—Está bien. Trato hecho.
—Ya tendrás noticias mías —cuelga.
Ella se da cuenta de en la guerra en la que se acaba de meter, en que no conoce a nadie del bando de él, en que no tiene armas...
Está perdida, pero no le importa demasiado. Si detrás de todo esto está él, no se lo piensa dos veces para ir en su búsqueda.
1 de junio.
Ella ha ido buscando a gente con la que ayudarse, y ha conseguido a pocos. No ha conseguido información ninguna de CIT... tiene pocas cosas en las que buscar, pero ya está lista para irse a Madrid a montar una cruzada entre dos grupos terroristas. No había sido independentista, aunque sí se lo había pensado varias veces pues se daba cuenta de que era lo mejor que podía hacer, ya que era mejor proporcionarle libertad a unos que arrebatársela a otros. Pero ahora lo sabía, ahora sabía que alguien enamorado de la patria tenía al amor de su vida y podía hacerle cualquier cosa —si es que no se la había hecho ya—. Ahora, luchaba... luchaba per una Catalunya lliure i sense opresio.
viernes, 10 de mayo de 2013
Lokura.
Pocas veces Nira se había sentido tan feliz. No sabía cómo ni por qué, pero así era. Sonreía sin razón, cada vez se veía más hermosa y ya no era tan borde como lo fue antes. Se encontraba a gusto y, aunque deseaba cambiar algunas cosas, no le importaba demasiado su presencia en ella. Nira iba loca al ordenador para mirar si estaba, cuando a penas llevaban dos días conociéndose. Esa sensación y ese sentimiento le eran familiares, pero decidió dejarlo estar para no cometer los errores del pasado, para no precipitarse de nuevo.
Ese día se pasó todo el día viéndole. Le era muy extraño esa sensación, puesto que hacía mucho que nadie le daba tanto tiempo ni se preocupaba tanto por ella. Se sentía bien, a gusto con su presencia y sin sentir molestia por algunas cosas que siempre la incordiaban.
Entonces pasó lo que tenía que pasar. Ella se asustó, no sabía cómo reaccionar puesto que le había impactado demasiado todo aquello, y sucedió demasiado deprisa como para asimilarlo. Pero le dio igual, aceptó el trato y vendió su alma al diablo.
Ahora, Nira se alegra muchísimo de su elección y cada día le sonríe a la vida como nunca antes lo había hecho, y como nunca antes esperaba hacer.
Ahora, Nira se está enamorando.
Ese día se pasó todo el día viéndole. Le era muy extraño esa sensación, puesto que hacía mucho que nadie le daba tanto tiempo ni se preocupaba tanto por ella. Se sentía bien, a gusto con su presencia y sin sentir molestia por algunas cosas que siempre la incordiaban.
Entonces pasó lo que tenía que pasar. Ella se asustó, no sabía cómo reaccionar puesto que le había impactado demasiado todo aquello, y sucedió demasiado deprisa como para asimilarlo. Pero le dio igual, aceptó el trato y vendió su alma al diablo.
Ahora, Nira se alegra muchísimo de su elección y cada día le sonríe a la vida como nunca antes lo había hecho, y como nunca antes esperaba hacer.
Ahora, Nira se está enamorando.
sábado, 4 de mayo de 2013
Como si de un juntar de manos se tratase.
Estábamos ahí esperando a cualquier cosa. Yo sin saber qué hacer y tú con miedo de mi quehacer. Miramos el atardecer como si no hubiera nadie a nuestro lado, pero se notan nuestras presencias, nuestra atracción, a kilómetros de distancia.
Ansío besarte, probar tus labios de lujuria y pasión. Esos labios que tanto deseé en todo el tiempo que llevamos conociéndonos. Darte la mano, y susurrarte al oído tu dulce nombre bañado en calor y cariño. Cuidarte como nunca antes te han cuidado y darte el cariño que nunca antes te han ofrecido.
Y al final, me llamas y eres tú la que te lanzas. Me besas, despacio y con miedo, pero yo te cojo de la cintura y es asombroso la perfección con la que encajan ambas piezas. Me das la mano suavemente y noto que te tiembla, pero no quiero dejar de besarte para calmarte. Es algo que tanto deseé y que tú hayas dado el primer paso, me vuelve loca y hace que te quiera cada vez más.
Lo hicimos, juntas. Y yo juro por mi vida que te cuidaré como nadie antes lo hizo. Te lo prometo.
Ansío besarte, probar tus labios de lujuria y pasión. Esos labios que tanto deseé en todo el tiempo que llevamos conociéndonos. Darte la mano, y susurrarte al oído tu dulce nombre bañado en calor y cariño. Cuidarte como nunca antes te han cuidado y darte el cariño que nunca antes te han ofrecido.
Y al final, me llamas y eres tú la que te lanzas. Me besas, despacio y con miedo, pero yo te cojo de la cintura y es asombroso la perfección con la que encajan ambas piezas. Me das la mano suavemente y noto que te tiembla, pero no quiero dejar de besarte para calmarte. Es algo que tanto deseé y que tú hayas dado el primer paso, me vuelve loca y hace que te quiera cada vez más.
Lo hicimos, juntas. Y yo juro por mi vida que te cuidaré como nadie antes lo hizo. Te lo prometo.
miércoles, 3 de abril de 2013
La historia inacabada.
Todo
comenzó el año pasado: Una chica huérfana que vino desde Turbian
entró en nuestra clase, pero no recibió mucha aceptación de mis
otros compañeros. A mí me pareció muy guapa, con una sonrisa
tímida pero sincera. Tenía el pelo mucho más oscuro que el mío
–siendo difícil, ya que mi pelo es marrón intensamente oscuro–,
unos ojos marrones que se volvían verdes cuando estaba feliz o le
daba la luz del Sol. Siempre iba como a ella le gustaba y hacía lo
que ella tenía ganas, sin guiarse por nada ni por nadie. No aceptaba
las modas. Era muy inteligente y rara era la vez que no llevaba una
muñequera.
Yo fui el primero y el único que entabló una conversación con ella
en todo el curso. Nos convertimos en muy buenos amigos, pero yo
quería más que eso. Meses más tarde de conocernos, pasábamos todo
el día juntos. Mis “amigos” me marginaron por estar con ella,
así que no hubo problema para nosotros. Me empecé a enamorar de
ella. De su risa, de sus bromas, de su acento, de sus ojos verdes, de
sus dientes blancos, de la suavidad de sus manos... No pude evitarlo,
y tampoco me arrepiento de haberla querido. Éramos íntimos, lo
compartíamos todo. No había secretos entre nosotros.
Pero hace dos meses, ella empezó a hacer cosas raras: No me esperaba
a la salida y a veces yo la veía irse en dirección contraria a su
casa, dejó de sacar buenas notas, dejamos de quedar y ya no sonreía.
Me preocupé, y cada vez que no me ignoraba le intentaba preguntar
qué le pasaba y si yo podía hacer algo por ella. Siempre me
contestaba lo mismo: «No
necesito ayuda. Sólo me he cansado de todo y de todos. Y tú entras
en ese “todos”». Me dolió
las primeras veces, pero después de-jó de hacerlo ya que supe que
me mentía. Sus ojos se ponían marrones cada vez que me lo decía,
por mucha luz diurna que hubiera.
Hace una semana, cansado de que ella
estuviera mal y me ignorase decidí seguirla a la salida del
instituto. Ella no me vio en ningún momento del camino, pues yo
sabía esconderme donde ella no me viese. Entonces la vi entrar en el
cementerio y me sorprendió mucho, porque ella le tiene mucho respeto
–y temor– a los espíritus. Aun así la seguí y vi que se iba
hacia una parte y no a dar un simple paseo. También la vi
desplomarse en el suelo y caer de rodillas a una tumba baja. Acarició
la lápida y empezó a llorar, apoyando su cabeza en una especie de
bola en cima de la lápida. No hacía nada, sólo lloraba. Esa imagen
me hizo perder el autocontrol y correr a abrazarla. Ella, sin
mirarme, me abrazó fuerte y lloró en mi hombro. Yo respiré su
fragancia una vez más y suspiré, apoyándome en su hombro.
Nos tiramos mucho rato abrazados, hasta que ella se alejó y me
sonrió con el rostro lleno de lágri-mas.
–Perdón por este tiempo. Sabía que tarde o temprano me
encontrarías –confesó, intentando que no se le rompiera la voz.
–No hace falta que te disculpes –le acaricié la mejilla,
retirándole algunas lágrimas. Le besé la frente.
–Gracias por venir, entonces.
–No se dan, te dije.
Estaba deseoso de que me contase todo: De quién era la tumba, por
qué me había estado igno-rando, qué había sido de ella... Pero
supe que era mejor no preguntar. Supe que era mejor que ella me lo
dijese. Y así lo hizo:
–Es la lápida de mi vida, en sentido metafórico –se giró un
poco y la acarició, con los ojos ma-rrones–. Hace dos meses se
suicidó la persona que amaba, y yo no hice nada. Lo hizo delante de
mí. Cogió un cuchillo y...
Volvió a llorar. Esta vez fue ella la que se abrazó a mí. Yo la
agarré de la cintura con una mano y con la otra le acaricié el
pelo. Aún en mi hombro, dijo
–...cogió un cuchillo y empezó a
apuñalarse la tripa al grito de «¡Quiero que todos sepan
que eres una malnacida, una asesina! ¡Haré como que tú me mataste!
¡Vivirás el castigo que deberías de haber pagado hace ya mucho
tiempo!». Le dije que no sabía
a qué se refería, pero sólo se apuñalaba con una sonrisa
maléfica, insultándome y escupiendo sangre. Cada vez se apuñalaba
más débilmente, y yo le suplicaba que parase, que le amaba, que lo
hiciera por mí. Pero no me hacía caso. Entonces se asestó la
última puñalada: en el cuello. La poca sangre que le quedaba empezó
a manar como si se tratase de una fuente. A los pocos segundo cayó
rendido en el suelo, muerto, con un charco de sangre enorme
alrededor. No supe qué hacer, así que salí corriendo, dejando
todas mis pisadas, huellas y demás estupideces para que la policía
pensase que era yo. ¡Pero no fui! ¡No fui yo, Max, tienes que
creerme! ¡Créeme! ¡POR FAVOR, CRÉEME!
Empezó a llorar desconsoladamente y a darme pequeños puñetazos
en la espalda, sin fuerza alguna.
–Te creo –le susurré al oído.
Dejó de darme puñetazos, pero entre llantos siguió hablando:
–Y tampoco creo que fuese él. No es ese tipo de personas que se
suicida. Llevábamos dos años saliendo y estábamos en nuestro mejor
momento, nunca discutíamos y nos llevábamos genial. Nos queríamos,
y alguien sintió celos o yo qué sé.
Ya no lloraba, pero yo le estaba dando vueltas a lo que me había
dicho. Pensé en muchas cosas: envenenamiento, hipnotización,
ataques psicóticos... pero entonces se me ocurrió:
–Lira –al pronunciar su nombre se levantó de mi hombro y me
miró a los ojos–, ¿y si él no era tu verdadera pareja? Es decir:
¿y si fue alguien que se hizo hacer pasar por él?
Vi una chispita de luz en sus ojos y eso me animó un poco.
–Puede... puede que tengas razón. Pero era igual. Era su voz,
eran sus ojos, era su pelo... –se giró, se quedó un momento
pensativa, mirando al infinito y al cabo de un rato giró la cabeza
de nuevo para hablarme–. Pero ahora que lo dices, él tenía un
tatuaje en el dorso de la mano derecha, con la que se apuñaló. Yo
no se lo vi en ningún momento, pero hasta hora pensé que fue por la
sangre que había en todos lados...
Me imaginé la situación y todo me resultaba demasiado macabro
para Lira. Ella no era de esas personas que disfrutan con los cuerpos
desmembrados y la sangre. Antes de poder seguir pensando, Lira me
interrumpió:
–Pero... –se mojó un momento
los labios– aún no te lo he contado todo. Después de eso, al
llegar a mi casa me sentí muy mal y tenía náuseas. Me daba asco a
mí misma por lo que había pasado: no le había parado cuando tenía
oportunidad, y tampoco sabía a qué se refería con todo. Pensé que
yo era todo eso que me decía, que nunca nadie más me querría y que
todo era falso. Me arrodillé en el váter y vomité, varias veces,
hasta que ya no pude más. Entonces me miré al espejo y me di más
asco aún, porque estaba cubierta de sangre y magullada en algunos
sitios por la huida.
»Entré en bulimia, en depresión y no quería ver ni estar con
nadie, por eso me portaba tan mal contigo, ya que quería que te
olvidases de mí y no sufrieras más. Me cortaba –se subió la
mangas y pude ver cicatrices antiguas y no tan antiguas–, hasta que
vi que eso era una tontería muy grande. No iba a cambiar nada, y no
me sentía mejor haciéndolo.
»Te empezaba a necesitar pero era demasiado orgullosa para
decírtelo. Te he echado muchísimo de menos, pero temía qué
pensarías de mí después de todo y si me seguirías queriendo como
al principio.
–Boba... –fue lo único que acerté a decir, pues no me salían
las palabras–. El orgullo no sirve para nada...
–¡Ya lo sé! Pero tampoco quería perderte. Me animaba mucho
cuando te preocupabas por mí, por muy mal que te tratase. Sé que
soy egoísta, pero ahora que lo sabes todo, te quiero conmigo.
–Yo estaré contigo –la abracé–.
sábado, 23 de marzo de 2013
Las palabras.
[...]
—¿Tú puedes describir todo lo que entiendes? —Me miró de soslayo.
—Por supuesto.
Elodin señaló calle abajo.
—¿De qué color es la camisa de ese chico?
—Azul.
—¿Qué quiere decir azul? Descríbelo.
Reflexioné un momento, pero no encontré la forma de describirlo.
—Entonces, ¿azul es un nombre?
—Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
Estaba muy confuso.
—Sigo sin comprender.
Elodin me puso una mano en el hombro.
—Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante. —Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo—. ¡Pero hay otras formas de entender! —gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír—. ¡Mira! —gritó echando la cabeza hacia atrás—. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!
—¿Tú puedes describir todo lo que entiendes? —Me miró de soslayo.
—Por supuesto.
Elodin señaló calle abajo.
—¿De qué color es la camisa de ese chico?
—Azul.
—¿Qué quiere decir azul? Descríbelo.
Reflexioné un momento, pero no encontré la forma de describirlo.
—Entonces, ¿azul es un nombre?
—Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
Estaba muy confuso.
—Sigo sin comprender.
Elodin me puso una mano en el hombro.
—Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante. —Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo—. ¡Pero hay otras formas de entender! —gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír—. ¡Mira! —gritó echando la cabeza hacia atrás—. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!
jueves, 21 de marzo de 2013
El sueño.
Era el viaje de fin de curso, y todos los segundos estábamos en medio de la Sierra de Cazorla, descansando después de dos horas de caminata. Algunos comían, otros charlaban, y otros usaban sus móviles.
-¡Eh, Jota, vuelve! -grité, viendo que se alejaba.
-No, espera, que he visto un animal por ahí.
Se fue corriendo y no me dio tiempo a avisar a nadie, y para asegurarme de lo que hacía, fui detrás de él. Empezó a aflojar el paso, y vi que tenía razón: a cinco metros había un ciervo precioso, con unas astas enormes, con un pelaje que parecía recién lavado... Realmente mereció la pena. Fui andando hasta ponerme detrás de Jota y le susurré:
-Es bonito, eh. Tenías razón al querer venir.
-Sí, lo sé -dijo con una sonrisa-. Pero no tenías que haberme seguido.
-Por si acaso... -giré la cabeza y empecé a andar.
Me siguió. Íbamos despacio para no asustar al ciervo, y a cada rato mirábamos hacia atrás para ver si estaba, hasta que los árboles no nos dejaban ver más. Llegamos al camino, pero no vimos a nadie cuando se suponía que tenían que estar ahí descansando.
-No están... -dije, asustada.
-¡No me digas! -dijo con ironía-. Tenemos que buscarlos.
-Pueden estar en cualquier parte, Jota.
-¿Entonces qué hacemos: nos quedamos aquí parados esperando que venga un oso y nos coma, o salimos a buscarlos?
-Aquí no hay osos, es más: no hay animales demasiado peligrosos -dije sin saber realmente si tenía razón o no-, y es más sensato esperar hasta que se den cuenta de que faltamos.
-Bueh... tienes razón -le cayó una gota en la cabeza-. Ah, joder, está lloviendo. Busquemos un lugar para refugiarnos.
Buscamos pero lo único que encontramos fue un gran árbol que protegía un poco, aunque nos mojásemos. Eran ya las ocho de la tarde, estarían a punto de irse. ¿Realmente no se habían dado cuenta de nuestra pérdida?
-Jota, está resfrescando, ¿no tienes frío?
Yo llevaba al menos una sudadera, pero él iba en manga corta. Me gustaba, pero iba a enfermar.
-Tengo la sudadera y la cazadora en la mochila, no pasa nada.
Es cierto: también llevábamos las mochilas. Pesaba (relativamente) poco, así que no me había dado cuenta de su presencia. Yo ahí sólo llevaba comida y agua.
Los dos estábamos sentados en el árbol, esperando que viniesen a por nosotros. Hablábamos y decíamos tonterías, para que el tiempo pasase más deprisa. Eran las nueve, y nuestros compañeros ya deberían de estar en nuestro pueblo. Empezaba a hacer mucho frío, así que él se puso la sudadera y yo empecé a tiritar.
-Si tienes frío puedes coger mi cazadora, está en la mochila -dijo con una sonrisa.
-Oh, gracias.
La cogí y me la puse. Olía a él y me encantaba, pero intenté que no se notase demasiado.
Dejó de llover.
Las horas pasaban mientras nosotros hablábamos y reíamos. Sin querer estábamos cada vez más juntos, pero supuse que era un acto reflejo porque hacía mucho frío.
-¿Quieres la chaqueta? -yo estaba bien, pero él tenía que tener bastante frío, pues era la primera vez que le veía tiritar.
-No, no hace falta. No hace tanto frío -sonrió.
-Bueno, otra forma de soportar el frío es el calor corporal o el contacto "piel con piel" -dije, con un tono que pareciese de broma aunque yo quería hacerlo.
Jota levantó los brazos y me hizo una seña con la cabeza de que le abrazase. Me quedé extrañada pues nunca antes le había abrazado ni había visto a nadie que lo hiciera. Él me asintió sonriendo, como diciendo "que no, que no es broma, que tengo frío". Fui y le abracé. Me sentí bastante bien, además de que él me rodeó con un brazo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, con una parte en su cuello, de rodillas; mientras que él estaba sentado con las piernas cruzadas y sujetándome con un brazo por la cintura.
-Se está así bastante bien, eh -bromeó.
-La verdad es que sí. ¿Tienes más calor ya?
-Sí -dijo con una voz débil.
Con la mano que tenía en mi cintura, empezó a acariciarme ésta. Me sentía muy bien, tanto que tuve un escalofrío. Él lo notó y paró.
-No hace falta que pares... -dije, muy sonrojada, ocultando el rostro en su pecho.
Sonrió y siguió, me hacía sentir tan bien... Desearía que así fuese todos los días.
-¿María? -me llamó.
Levanté la cabeza, y dije:
-¿Si?
Pero antes de que me diese tiempo, nuestros labios se juntaron. Sentí una verdadera sensación de placer, pues era lo que estaba deseando desde hacía meses. Nos separamos durante un segundo, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos, esta vez los dos por igual.
Él me sujetaba fuertemente de la cintura con una mano, como si temiese mi huida; y con la otra me acariciaba suavemente el cuello. Yo estaba como en la posición inicial: abrazándole...
Y sonó el despertador.
El fin de un perfecto sueño, que desearía que se hiciera realidad...
-¡Eh, Jota, vuelve! -grité, viendo que se alejaba.
-No, espera, que he visto un animal por ahí.
Se fue corriendo y no me dio tiempo a avisar a nadie, y para asegurarme de lo que hacía, fui detrás de él. Empezó a aflojar el paso, y vi que tenía razón: a cinco metros había un ciervo precioso, con unas astas enormes, con un pelaje que parecía recién lavado... Realmente mereció la pena. Fui andando hasta ponerme detrás de Jota y le susurré:
-Es bonito, eh. Tenías razón al querer venir.
-Sí, lo sé -dijo con una sonrisa-. Pero no tenías que haberme seguido.
-Por si acaso... -giré la cabeza y empecé a andar.
Me siguió. Íbamos despacio para no asustar al ciervo, y a cada rato mirábamos hacia atrás para ver si estaba, hasta que los árboles no nos dejaban ver más. Llegamos al camino, pero no vimos a nadie cuando se suponía que tenían que estar ahí descansando.
-No están... -dije, asustada.
-¡No me digas! -dijo con ironía-. Tenemos que buscarlos.
-Pueden estar en cualquier parte, Jota.
-¿Entonces qué hacemos: nos quedamos aquí parados esperando que venga un oso y nos coma, o salimos a buscarlos?
-Aquí no hay osos, es más: no hay animales demasiado peligrosos -dije sin saber realmente si tenía razón o no-, y es más sensato esperar hasta que se den cuenta de que faltamos.
-Bueh... tienes razón -le cayó una gota en la cabeza-. Ah, joder, está lloviendo. Busquemos un lugar para refugiarnos.
Buscamos pero lo único que encontramos fue un gran árbol que protegía un poco, aunque nos mojásemos. Eran ya las ocho de la tarde, estarían a punto de irse. ¿Realmente no se habían dado cuenta de nuestra pérdida?
-Jota, está resfrescando, ¿no tienes frío?
Yo llevaba al menos una sudadera, pero él iba en manga corta. Me gustaba, pero iba a enfermar.
-Tengo la sudadera y la cazadora en la mochila, no pasa nada.
Es cierto: también llevábamos las mochilas. Pesaba (relativamente) poco, así que no me había dado cuenta de su presencia. Yo ahí sólo llevaba comida y agua.
Los dos estábamos sentados en el árbol, esperando que viniesen a por nosotros. Hablábamos y decíamos tonterías, para que el tiempo pasase más deprisa. Eran las nueve, y nuestros compañeros ya deberían de estar en nuestro pueblo. Empezaba a hacer mucho frío, así que él se puso la sudadera y yo empecé a tiritar.
-Si tienes frío puedes coger mi cazadora, está en la mochila -dijo con una sonrisa.
-Oh, gracias.
La cogí y me la puse. Olía a él y me encantaba, pero intenté que no se notase demasiado.
Dejó de llover.
Las horas pasaban mientras nosotros hablábamos y reíamos. Sin querer estábamos cada vez más juntos, pero supuse que era un acto reflejo porque hacía mucho frío.
-¿Quieres la chaqueta? -yo estaba bien, pero él tenía que tener bastante frío, pues era la primera vez que le veía tiritar.
-No, no hace falta. No hace tanto frío -sonrió.
-Bueno, otra forma de soportar el frío es el calor corporal o el contacto "piel con piel" -dije, con un tono que pareciese de broma aunque yo quería hacerlo.
Jota levantó los brazos y me hizo una seña con la cabeza de que le abrazase. Me quedé extrañada pues nunca antes le había abrazado ni había visto a nadie que lo hiciera. Él me asintió sonriendo, como diciendo "que no, que no es broma, que tengo frío". Fui y le abracé. Me sentí bastante bien, además de que él me rodeó con un brazo. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, con una parte en su cuello, de rodillas; mientras que él estaba sentado con las piernas cruzadas y sujetándome con un brazo por la cintura.
-Se está así bastante bien, eh -bromeó.
-La verdad es que sí. ¿Tienes más calor ya?
-Sí -dijo con una voz débil.
Con la mano que tenía en mi cintura, empezó a acariciarme ésta. Me sentía muy bien, tanto que tuve un escalofrío. Él lo notó y paró.
-No hace falta que pares... -dije, muy sonrojada, ocultando el rostro en su pecho.
Sonrió y siguió, me hacía sentir tan bien... Desearía que así fuese todos los días.
-¿María? -me llamó.
Levanté la cabeza, y dije:
-¿Si?
Pero antes de que me diese tiempo, nuestros labios se juntaron. Sentí una verdadera sensación de placer, pues era lo que estaba deseando desde hacía meses. Nos separamos durante un segundo, nos miramos a los ojos y volvimos a besarnos, esta vez los dos por igual.
Él me sujetaba fuertemente de la cintura con una mano, como si temiese mi huida; y con la otra me acariciaba suavemente el cuello. Yo estaba como en la posición inicial: abrazándole...
Y sonó el despertador.
El fin de un perfecto sueño, que desearía que se hiciera realidad...
lunes, 18 de marzo de 2013
La atracción de los polos opuestos.
Y de nuevo, la gran lucha entre el bien y el mal.
El bien tenía más fuerza, más consistencia. La gente que practicaba el bien era más pura y tenía mucha fuerza en su interior. Pero el mal era más común. De cien personas, en 99 había mal, y en 1 había bien puro. Les ganaba por mayoría, pero no por fuerza.
Lucharon. Pasaron los días, los meses, los años... y la lucha continuaba sin parar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, ya que eso sería comerse su orgullo y no estaban dispuestos a hacerlo.
La lucha era encarnizada pero no había sangre. El bien por ser el bien, y el mal por no poder vencer al bien.
Cada vez que alguien robaba, el mal le asestaba un golpe al bien. Pero cada vez que alguien ayudaba a cruzar la calle a un ciego, el bien lanzaba contra el suelo al mal dejándole sin aliento.
En nuestros tiempos la lucha sigue, pero en nuestro interior.
Y sólo ganará, aquella que alimentemos...
El bien tenía más fuerza, más consistencia. La gente que practicaba el bien era más pura y tenía mucha fuerza en su interior. Pero el mal era más común. De cien personas, en 99 había mal, y en 1 había bien puro. Les ganaba por mayoría, pero no por fuerza.
Lucharon. Pasaron los días, los meses, los años... y la lucha continuaba sin parar. Ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, ya que eso sería comerse su orgullo y no estaban dispuestos a hacerlo.
La lucha era encarnizada pero no había sangre. El bien por ser el bien, y el mal por no poder vencer al bien.
Cada vez que alguien robaba, el mal le asestaba un golpe al bien. Pero cada vez que alguien ayudaba a cruzar la calle a un ciego, el bien lanzaba contra el suelo al mal dejándole sin aliento.
En nuestros tiempos la lucha sigue, pero en nuestro interior.
Y sólo ganará, aquella que alimentemos...
martes, 12 de marzo de 2013
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